La lección que Escocia le dio a toda Europa

Andrew Graham-Yooll
Andrew Graham-Yooll PARA LA NACION
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27 de septiembre de 2014  

Hace poco más de una semana Escocia le dio a Europa una lección de democracia y tolerancia. La victoria del "no" a la independencia fue también una lección de que no estamos en tiempos de partir países, aunque sí en tiempos de cambios.

Veremos cómo influye el resultado del referéndum en la campaña de los catalanes, entre otros. Pero lo que acaba de pasar en el Reino Unido es un buen tiro por elevación para toda Europa, la notificación escocesa a las grandes metrópolis que deberán superar su resaca histórica de superioridad.

Un pequeño país que no llega a los seis millones de habitantes ha señalado que hay que lograr un federalismo moderno. En el Reino que sigue Unido el calendario político se acelera, con elecciones parlamentarias a más tardar en octubre de 2015. Tanto el conservador primer ministro David Cameron como el opositor jefe laborista Ed Miliband tienen que prepararse para un cambio inevitable: la construcción de una nueva sociedad política.

Otra noticia para Londres es que si bien la causa de los escoceses independentistas ha sido derrotada, los "euro escépticos" de Inglaterra verán enfriar su campaña para retirar a la isla de la Unión Europea. Para una Escocia independiente (y aun la autónoma que sigue vigente) la UE era imprescindible. El entusiasmo europeísta escocés, sin embargo, chocaba con la interna de cómo aceptar a un nuevo minimiembro con el riesgo de perder a Inglaterra poco después. Ahí es donde más se revelará al mundo si es posible que los jerarcas políticos de Westminster, negociando con el establishment de Edimburgo, pueden lograr esa nueva sociedad que se les está reclamando en temas de salud, educación, cultura y finanzas.

Escocia lleva más de tres siglos de unión dentro del Reino Unido, por lo que sus productos sociales y económicos no son fáciles de desmantelar. Eso en parte le dio la victoria al "no". El rey de la familia de los Estuardo, James II (1633-1701) de Inglaterra e Irlanda, entonces James VII de Escocia, logró la unión en 1685, anulada en 1688 con su derrocamiento, pero restablecida en 1707. Hoy, la monarquía seguirá vigente. Isabel II queda como jefa de Estado con base en Londres y sucursal en el palacio de Holyroodhouse, en Edimburgo.

Desde la creación del Parlamento escocés, en julio de 1999, bajo el gobierno laborista del escocés Tony Blair, se fue avanzando hacia una cuasi independencia. Cameron, el actual primer ministro en Londres, trató de mejorar las relaciones cuando aseguró, en 2005, que no se opondría a un control total del presupuesto por parte del Parlamento escocés, si su partido lo aprobaba. Es difícil leer el peso de esa promesa dado que el partido conservador gobernante tiene un solo diputado por Escocia, contra 41 laboristas, dentro de un total de 59 escoceses en Londres. El laborismo confía en una victoria electoral en 2015. Luego del conocido resultado de la votación, los dos partidos principales competirán por ver cuál es más generoso con Escocia.

La secesión propuesta por el nacionalismo escocés comenzó con el partido fundado en 1928. Su objetivo fue la independencia. En décadas más recientes, el nacionalismo atrajo un número sustancial de laboristas y de jóvenes. La explotación del petróleo en el Mar del Norte en los años 70 alentó el independentismo, que veía a Escocia como fuente de una energía y de una riqueza en la que no participaba porque se administraba desde Londres.

Las variables especulativas del voto en Escocia representaban para muchos jóvenes uno de los mojones más significativos desde la Segunda Guerra Mundial, que habían conocido por boca de sus padres y abuelos. La juventud de hoy no tiene memoria propia del siglo XX, porque no había nacido o porque se les pasó de largo, especialmente a las nuevas generaciones del norte europeo. El referendo de la semana pasada le prometía a esa juventud, no sólo en Escocia, sino también en buena parte del norte del bloque continental, la base de su propia revolución: la que ellos querían para lograr una nueva nación.

En vísperas del 18 se percibía la sensación de oportunidad de ser directores y actores en su propio gran cambio. Todavía está por calcularse cuánto se perdió de todo eso con el "no".

De todos modos, la idea de que la independencia escocesa inspirara a los jóvenes y le diera mayor potencial a la participación juvenil del resto del norte de Europa sigue vigente ahora, quizá sin política, pero traducida a la actividad. Las nuevas generaciones escocesas querían ver una revolución cultural de la que participaría toda Europa.

Edimburgo es la Ciudad Festival del Viejo Continente, al margen de ser la capital del país autónomo. Desde 1947, es escenario de un festival mundialmente conocido "como una plataforma para el florecimiento del espíritu humano". Comenzó como un ejercicio de clásicos, pero en su primera edición fue "invadido" por ocho compañías de teatro formadas por jóvenes actores. Así surgió el festival "paralelo" o fringe. En julio y agosto de cada año toda la ciudad es un festival, con ferias de libros, ciencias, arte y comedia. La inmensa Glasgow, ciudad con un pasado de pobreza y destitución, fue capital cultural de Europa en 1990 y desde entonces no ha dejado de desarrollarse en el arte y las nuevas industrias.

Eso mismo hacía que mucha juventud viera a los dos grandes y furiosamente competitivos centros urbanos como escenario de un nuevo swinging sixties, que trajo Europa a Londres en los años 60. Eso no se va a anular ahora por un simple "no" político. Hay demasiados jóvenes empeñados en un cambio.

El autor es escritor y periodista, ex director del diario The Buenos Aires Herald

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