La lógica perversa del chivo emisario

Fernando Ortega
Fernando Ortega PARA LA NACION
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14 de junio de 2013  

Según René Girard, lo sagrado es producto de la violencia: la violencia humana se autolimita y se oculta a sí misma generando lo sagrado. La pieza esencial de ese mecanismo es el sacrificio del chivo emisario o expiatorio, que transforma el peligrosísimo "todos contra todos", que conduciría hacia la aniquilación de un grupo social, en un "todos contra uno". A la víctima se la elige por ciertos rasgos que la predestinan (ser extranjero, padecer alguna enfermedad "maldita"), y todos se ponen de acuerdo en designarla como culpable de la crisis que se padece. ¿Lo es realmente? No importa en absoluto, lo que importa es que "funciona" porque todos nos hemos convencido (y/o nos han convencido) de que lo es.

Gracias a mecanismos de este tipo las sociedades arcaicas lograban sobrevivir, evacuando en el ámbito religioso del culto, en el que se ofrecía el sacrificio, la violencia "buena" (ya que salvaba al grupo de perecer) descargada sobre el chivo expiatorio designado y reconocido como culpable. La religión aparece entonces para proteger el frágil edificio de esa violencia "benéfica". En épocas religiosas sacrales de la humanidad, la justificación del sacrificio recaía sobre el dios que lo exigía, y que quedaba identificado así con la violencia. Los humanos, proyectando sobre la divinidad su propia violencia, lograban ocultarla a sí mismos y de este modo perpetuarla, aunque limitándola. En épocas secularizadas, como la modernidad occidental, el mecanismo aún funciona, porque lo absoluto sigue vigente en encarnaciones y figuras no religiosas, sino seculares: raza, poder, dinero; la diferencia es que ahora genera no ya lo sagrado, sino más violencia, que se hace cada vez más difícil de contener. De allí el peligro de una "escalada hacia los extremos", de una guerra absoluta, de la que habla Girard en su libro sobre Clausewitz.

Podría hacerse una lectura de la historia -no sólo, pero también de la argentina- a la luz de las fecundas teorías de Girard. Comprenderíamos mejor la peligrosidad de los mecanismos sacrificiales que se suceden inexorablemente desde distintas y hasta opuestas orientaciones ideológicas, siempre con el mismo resultado. Esto ocurre porque hasta ahora no hemos sido capaces de tomar la decisión conjunta de transitar otro camino para resolver nuestras diferencias, nuestros conflictos, nuestros antagonismos. Al no hacerlo, podemos poner en marcha, como aprendices de brujo, fuerzas y mecanismos destructivos que, una vez desencadenados, nos sobrepasen y nos devasten.

El mecanismo del chivo emisario posee la obvia perversidad de ofrecer una cierta pacificación y una reconquista aparente de dominio por parte de la sociedad sobre su propio destino, a costa de la persecución o eliminación violenta de quien es señalado como responsable, que bien puede ser un individuo, un grupo o un pueblo entero, como enseña trágicamente la historia.

Según Girard, la eficacia y la vigencia de este mecanismo se cifran en el hecho de que permanece ignorado, por el auto-ocultamiento que le es esencial. De allí la importancia que adquiere, para superarlo, no sólo el hecho de señalarlo, de revelarlo, sino también el de analizar profundamente esos mecanismos victimales violentos, para intentar desmontarlos, deconstruirlos, y abrir el camino hacia una resolución racional de las crisis, en conformidad con las exigencias de la verdadera justicia, una justicia que será más justicia si consigue liberarse de lógicas violentas. Ella podría favorecer el florecimiento de lo que está más allá de la justicia, pero que depende de ella como su condición necesaria: el ascenso hacia una real amistad social en torno a un bien común posible, que nos atraiga como tarea conjunta.

No parece que estemos orientados en esa dirección. Se está produciendo, día tras día, una "escalada hacia los extremos", de un lado y del otro, una "rivalidad mimética" donde las diferencias quedan anuladas en una imitación peligrosa, hecha a la vez de fascinación y de odio, que se extiende y se intensifica progresivamente, y que puede derivar en una espiral incontrolable de violencia. Es necesario no sólo saber, sino también creer que se transita con enorme facilidad de la guerra verbal a los hechos violentos concretos: si bien lo sabemos, muchas veces no queremos creer en ello. Debemos buscar la posibilidad de pensar diferentemente la situación crítica, de encontrar otra racionalidad para superar aquella que se nutre con la lógica violenta de los chivos expiatorios y que oculta el dato esencial: el de la responsabilidad compartida, cada cual en su medida, a veces por acción y muchas más por omisión.

Parecemos estar atrapados, tanto unos como otros, en la lógica irresponsable -adolescente- que busca expulsar hacia otros tiempos y/o hacia otros actores la culpa de lo que nos sucede hoy y aquí. Hasta que no tomemos la decisión de asumir como sociedad toda la responsabilidad de la situación, la lógica de los chivos emisarios nos impondrá, nos guste o no, su implacable mecanismo sacrificial, en cuyo horizonte reinará siempre, con la última palabra, la violencia y no la justicia.

Salir de allí no es fácil, pero no es imposible y además vale la pena. Para que sea una realidad, haría falta cumplir algunos requisitos.

Se trataría, por una parte, de superar una racionalidad "esteticista" que no tolera bajo ningún concepto asumir la "fealdad" de lo negativo (errores, fracasos, pecados) y que por eso necesita expulsarla proyectando esa fealdad sobre supuestos responsables, que son transformados así en chivos expiatorios (una variante posible de esta racionalidad es su versión "victimal", que consiste en autodesignarse chivo expiatorio, difamado por perseguidores que tal vez no lo sean). Por otra parte, implicaría también "humanizar" la racionalidad propia de la impaciencia "profética", que busca separar el trigo de la cizaña antes de tiempo, y que también favorece la persecución de chivos emisarios. Imprescindible para el momento de señalar y denunciar la corrupción, la racionalidad profética pide un complemento "sapiencial" que, sin renunciar a las exigencias de la ética, no haga imposible la convivencia real de seres imperfectos, como lo somos todos los humanos. Se necesita también, por último, superar la racionalidad del resentimiento, buscando una salida no violenta a ese sentimiento nocivo que engendra violencia mimética y que contagia con facilidad a todo el cuerpo social.

Habría que buscar juntos una salida por lo alto, para evitar la apocalíptica "escalada hacia los extremos" de la violencia. Para Girard, la reconciliación sería posible sólo mediante una renuncia a la rivalidad mimética, rompiendo el ciclo de la venganza y las represalias, y abriéndonos a una nueva racionalidad que integre valores como el del amor fraterno, incluido el amor al enemigo. Entrando de corazón en ese ámbito afectivo, el del amor grande, creativo y generoso, la racionalidad respira y se purifica, y sus obras, comenzando por las de la justicia, escapan a la lógica de la violencia y se hacen constructoras de paz social, dando a cada uno lo suyo. Manteniendo viva en nuestro corazón la diferencia entre el bien y el mal, y esforzándonos en la práctica seria y responsable de la ley y del bien común, podremos decir, esperanzada y aunadamente, que hay futuro.

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