La manada: los riesgos de deshumanizarnos

Bernardo Stamateas
Bernardo Stamateas PARA LA NACION
La manada: los riesgos de deshumanizarnos
La manada: los riesgos de deshumanizarnos Crédito: Shutterstock
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20 de febrero de 2020  • 00:23

Todos los seres humanos formamos parte de diversos grupos. Somos seres gregarios y evolucionamos como sociedad en un medio grupal. El grupo le permite al individuo adoptar una identidad social compartida, construir roles y disfrutar de una cierta interdependencia. El grupo, ya sea de estudiantes, de profesionales, de amigos, etc., permite una interacción de manera regular y constituirse hacia un objetivo común, sin que por ello sus integrantes pierdan sus diferencias personales.

Todos conocemos la importancia del trabajo en equipo. Nadie llega a la cima en soledad. Por lo general, se llega con un grupo. Nos necesitamos unos a otros, nos curamos estando juntos.

Existen grupos que no son estáticos, se crean en un determinado momento y, luego de cumplir ciertos objetivos, se disuelven. Mientras que otros perduran en el tiempo. Lo cierto es que todos construyen una "cohesión grupal" que suele tener lugar a través de las actividades en común, la amistad, los objetivos o, incluso, cierta búsqueda de recompensa.

Algunas reflexiones al respecto:

La manada deshumaniza. Cuando se construye una masa, se desdibuja la individualidad y se pierde la responsabilidad. Es como si el "yo" se diluyese en lo grupal. Por esa razón, uno es capaz de hacer en grupo lo que jamás se atrevería a hacer de manera individual. Los estudiosos del fenómeno grupal explican que "la masa tiende a su nivel primitivo". Es decir, que actúa impulsivamente sin utilizar la razón la mayoría de las veces. Surge un líder y luego aparecen la mano derecha del líder y los observadores participantes.

Muchas personas con trastornos de personalidad hallan en la manada el sentido de su existencia. Como resultado, se sienten omnipotentes. La masa tiende a sentirse todopoderosa.

Así como algunas personas logran construirse con un objetivo noble (colaborar con los demás, ser solidarios, etc.), muchos que experimentan algún tipo de trastorno construyen manadas con el fin de destruir al otro. Es así como la manada arma un "yo grupal" que arremete bajo actos impulsivos, percibiendo al otro como alguien extraño a su mismo grupo y proyectando en él o en ella sus odios, sus frustraciones y sus anhelos de destrucción.

Esto es lo que sucede cuando ciertos grupos persiguen y discriminan a una persona. Proyectan sus propias sombras y frustraciones en el otro, dedicándose entonces a acosar con el fin de destruir justamente aquello que ellos mismos poseen pero no pueden ver.

Conclusiones finales:

1. La falta de límites construye "anomia". Como hemos dicho en más de una oportunidad, los límites no limitan sino que liberan. Los padres debemos transmitirles a nuestros hijos el "sí" a lo bueno y el "no" a lo malo, pues son dos palabras que establecen límites. Un límite no tiene como finalidad que uno se comporte bien, sino permitirnos guardar internamente esos dos términos mencionados y utilizarlos con uno mismo.

2. La cultura de la inmediatez produce una ausencia de la idea de futuro. Cuando una persona vive solo en el aquí y en el ahora y no planifica, no piensa en el mañana, pierde de vista la consecuencia de los actos del futuro. Denominamos a esto "historizar" y consiste en armar un puente entre el presente y el futuro. Ayudemos a nuestros hijos a tomar buenas decisiones hoy pero también a pensar en las consecuencias futuras de dichas decisiones.

3. Desarrollar empatía. Esta consiste en colocarse en los zapatos del otro. Enseñemos a nuestros hijos a pensar: "¿Cómo me sentiría si me dijeran lo que yo le dije a otro?". La capacidad de empatizar nos permite construir actitudes de respeto hacia los demás. En psicología decimos: "A menos empatía, más maldad".

4. El consumo nos resta control de nuestros actos. Los padres deberíamos siempre estar atentos a las "previas" que se realizan en los propios hogares. Muchos chicos creen que emborracharse significa divertirse y persiguen así la ilusión de la felicidad durante las 24 horas, con la creencia de que viven una alegría sin límites.

5. La cultura de la imagen nos lleva a ser espectadores pasivos de los hechos generando falta de compromiso con la realidad. Nuestros hijos necesitan tres regalos: ser mirados, ser oídos y ser acariciados.

Los hechos tristes que nos tocan vivir como país nos conducen a todos a reflexionar, a mirar hacia adentro para recuperar valores como el amor, la empatía y el respeto a fin de construir entre todos una mejor sociedad.

Si tenés alguna inquietud, podés escribirme a Bernardoresponde@gmail.com

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