La militancia timonea en el final del viaje

Francisco Olivera
Francisco Olivera LA NACION
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4 de abril de 2015  

Luis Etchevehere acababa de levantarse para ir al baño y un comensal aprovechó esa ausencia para observar que notaba al líder de la Rural extremadamente crítico del Gobierno. La frontalidad no está entre las grandes virtudes empresariales. Jorge Brito, banquero y anfitrión del almuerzo, defendió a su invitado: explicó que era entendible esa postura porque, entre otras razones, las bases de la entidad agropecuaria, molestas desde hace tiempo con la situación económica, le estaban metiendo presión. En realidad, toda la mesa coincidía en el diagnóstico de las cosas, aunque divergieran tanto en el tratamiento como en el modo de expresarse: ése era el espíritu del encuentro que, el lunes, convocó al Grupo de los Seis en la sede de Adeba, la asociación que reúne a bancos de capital privado nacional.

La charla fue amable. Se buscaba, entre otros objetivos, apaciguar los ánimos después de algunas diferencias que salieron a la superficie este año, como el rechazo que expresó hace dos meses la Cámara de la Construcción, que conduce Juan Chediak, a emitir un comunicado en el que lamentaban la muerte de Nisman. Una fisura a la que en su momento contribuyeron recomendaciones hechas a las cámaras desde el Ministerio de Planificación y la Jefatura de Gabinete. No hay nada más persuasivo para un hombre de negocios que la llamada de un funcionario. De ese almuerzo recomponedor salió entonces la intención de que cada uno de esos seis sectores confeccionara en los próximos días un informe que expusiera claramente qué herencia encontrará el próximo gobierno.

Casi toda la conversación giró alrededor de las posibilidades de los candidatos para las próximas elecciones presidenciales. Dibujos en el aire: las encuestas no arrojan todavía definiciones, aunque los empresarios tiendan últimamente a confundir lo que pasa con lo que quisieran que ocurra. Hablaban de la oportunidad Macri, de no subestimar la capacidad de convocatoria de Massa, de la posibilidad de que Cristina Kirchner prefiriera fortalecerse desde el llano, cuando una objeción de Carlos de la Vega, presidente de la Cámara de Comercio, despertó a varios de un baldazo: "¿Y si gana Scioli?".

Los dejó pensando. Hasta ahora, la mayoría de las corporaciones ha decidido esperar, no invertir un centavo y aguantar los eventuales desencuentros con el Gobierno hasta que el panorama se aclare. La propia Unión Industrial Argentina (UIA) viene celebrando los últimos feriados: ¿qué mejor que suspender sus reuniones de los martes y, así, alargar los tiempos para decidir quién sucederá a Héctor Méndez en la conducción, algo que en otro contexto ya habría estado resuelto? Se verá después de las primarias, con el diario del lunes. Si la Argentina es impredecible, razonan los industriales, más vale no agregar complicaciones.

Nunca estuvo tan claro qué es lo que no quiere el establishment. Y esos temores coinciden con un gobierno dispuesto a recuperar protagonismo a través de lo que mejor hace: una construcción narrativa de los acontecimientos. En ese código, hay que interpretar la inhabilitación que el Banco Central le aplicó el miércoles a Gabriel Ribisich, presidente del Citibank, por haber negociado con un fondo buitre. El kirchnerismo quiso ser despectivo en los gestos: Ribisich recibió la llamada de Alejandro Vanoli , líder del Banco Central, recién en la noche del miércoles, minutos después de la difusión del comunicado que explicaba la medida. En el universo del poder kirchnerista, Vanoli no es más que un leal mensajero o ejecutor de lo que se decide en el Ministerio de Economía. Más un militante que un interlocutor.

La jugada cumplió su cometido. Desde entonces, el Citibank no logra dar con una reacción coordinada ni entender qué tipo de amenaza tiene enfrente: si el Gobierno irá por el banco, si se propone nombrarle un interventor o si le quitará la licencia para operar. El comité interno de crisis analizó alternativas y advirtió que todos los canales de comunicación con la Casa Rosada estaban rotos. Tanto, que llegó a analizar como mediadores a dos baluartes del Consejo de las Américas: la norteamericana Susan Segal, presidenta de esa entidad, o el empresario argentino Gerardo Werthein.

Ese desconcierto parte de un malentendido. No es que el kirchnerismo haya resuelto últimamente ubicar entre sus enemigos a Ribisich o a Gabriel Martino, presidente del HSBC, sino que eligió despedirse combatiendo a dos símbolos fuertes en una sociedad como la argentina: un banco inglés y otro norteamericano. Aunque, de acuerdo con los resultados, sea poco lo que logró obtener del sector financiero en beneficio de los consumidores. Según cifras del Banco Mundial, el crédito interno al sector privado cayó el año pasado a 14% del PBI, el nivel más bajo de la región y muy lejos, por ejemplo, del 20,5% con que Carlos Menem dejó la presidencia. Los bancos emergen, si se leen los balances, como los grandes triunfadores de la década ganada.

Axel Kicillof prefiere apaciguar esa inconsistencia estructural del modelo con embestidas episódicas. Y sus últimos pasos en el ministro de Economía indican incluso que, acompañe o no en la fórmula a Scioli, pretende un triunfo del proyecto en las elecciones. A eso parecen encaminarse dos iniciativas propias, como la reconfiguración de la tarjeta SUBE para dar descuentos a unos 5 millones de usuarios perfectamente identificados y el Plan Hogar, con el que pretende subsidiar las garrafas.

Detenerse unos minutos en la trama operativa de esos lanzamientos devela quién fue el autor. Augusto Costa, secretario de Comercio y hombre de Kicillof, resolvió citar a las cadenas de supermercados para acordar los beneficios de la tarjeta; Nicolás Arceo, director de YPF, también leal al ministro y virtual conductor del área energética, delineó a su vez el plan para el gas, que ya empieza a desencadenar aumentos y quejas en el público.

Nelson Sombra, el camporista que pisa fuerte en Economía
Nelson Sombra, el camporista que pisa fuerte en Economía Crédito: Facebook Nelson Sombra

Arceo condujo el martes una extensa reunión en la oficina 801 del Ministerio de Planificación para impartir las primeras instrucciones. Se hizo entre las 15 y pasadas las 20, y estuvieron Mariana Matranga, secretaria de Energía, y sus compañeros del ministerio o YPF: Gastón Ghioni, Cecilia Gaschinsky, Lucas Porcelli, Ianina Bak, Pablo Pérez y Lara Bersten. El encuentro fue tan cerrado que no pudo entrar ni el mozo, obligado a dejar el mate y el café en la oficina antes del inicio. El pasmoso respeto con que Matranga trata desde hace algunos días a Nelson Sombra, un afiliado a La Cámpora que acaba de ser designado director del Plan Hogar, confirma el nuevo reparto de atribuciones. Sombra es, como Vanoli, un militante: se presenta en su Facebook con un fondo que exhibe una enorme foto de Néstor Kirchner atravesada por una frase: "El viento que todo empuja".

Ellos serán de, aquí a octubre, los nexos con el establishment. Incondicionales ungidos en el último tramo de un proyecto formateado a partir de íconos, algo incomprensible para empresarios habituados a interpretarlo con traductores que, por lo pronto, desconocen ese lenguaje.

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