La mirada del fotógrafo
Todos los que tenemos amigos fotógrafos, profesionales o amateurs, sabemos que ellos observan de otra manera lo que miramos de manera distraída e incluso atenta los que carecemos del don del encuadre. Gracias a los fotógrafos, podemos advertir que lo invisible está en todas partes. Ciudades y personas, umbrales urbanos o atardeceres campestres, protestas sociales y el vuelo de un ave no sólo representan hechos para los fotógrafos; adquieren además un estatus de parábola visual sobre formas impuras, procesos en el espacio e índices incalculables de la acción. Los archivos fotográficos, como las bibliotecas públicas, son organismos vivos.
Trabajando en la calle con fotógrafos, supe que pocas personas saben dar indicaciones a los otros mejor que ellos. Con un gesto de la mano, un movimiento preciso o algunas palabras igual de precisas, sugieren la postura que los retratados deben asumir para afrontar la toma fotográfica. Ayudan a veces (tarea inverosímil) a olvidarnos de nosotros mismos. Tal vez por eso los fotógrafos son las víctimas preferidas de los matones a sueldo de los poderosos que, no sólo no piden permiso, sino que exigen que se les pida permiso para “robarles” la imagen.
“Me dediqué a la fotografía porque lo inexplicable de mis emociones encontraron lugar en imágenes que me atravesaron en ir viviendo la vida –cuenta Irupé Tentorio, fotógrafa profesional-. La fotografía me mostró el estado de contemplación, lo onírico, la construcción de la memoria y la oportunidad de resignificar la vida misma y sus detalles. Me mostró que es posible la suspensión del tiempo, sin perder libertad.” ¿No escribió John Berger que las fotografías testimonian una elección humana en una situación determinada? La libertad y la fotografía van juntas.
Muchos asociamos momentos personales con libros. Se puede decir: “Leí Las relaciones peligrosas después de separarme” o “Rayuela marcó mi adolescencia”. También pasa con canciones, con viajes y con comidas. Sin embargo, son las fotos las que fijan de manera concisa los momentos sociales. Una imagen pone en foco intimidades múltiples y contradictorias. Si nos sentimos defraudados, rompemos las fotos de un crápula, así como, cuando amamos, enmarcamos con cuidado las imágenes de los seres queridos (que también podrían romperse llegado el caso).
Frente a la pantalla de la computadora o del celular, las inevitables selfies y las historias infinitas (con filtros) de Instagram me parecen por momentos la prehistoria de la fotografía. Es un sentimiento parecido al que tenía cuando una tía o un primo encontraban en un placar o una baulera una caja de zapatos con fotos de familia. Había que huir. El “fotografíelo usted mismo” hace estragos y una sucesión interminable de momentos privados no se convierte en acontecimiento público por más comentarios comedidos que se acumulen en redes sociales.
“Los medios sociales generan likes pero la memoria es corta”, dice Hernán Zenteno, fotoperiodista en LA NACION. Su padre hizo fotos célebres y Hernán creció entre revistas y archivos. “En el fondo de la casa había pilas de revistas y negativos y copias -cuenta-. Me fascinaba revisar todo, descubrir cosas. Mi primer interés fue por el lenguaje y la cámara era un misterio. Como todo misterio, me atrajo. Creo que lo que es viral no es icónico y lo que es icónico no siempre es realmente representativo del momento histórico.”
Signo de libertad, misterio mudo y últimamente un pasatiempo para “desfilar” en pantallas de celulares y computadoras, las fotos inolvidables están guardadas en la memoria personal más que en las de las máquinas, en álbumes con títulos o en cajas de zapatos con los momentos fotografiables de una familia. En bautismos, cumpleaños, Navidades en el patio de la casa (si no llovía a cántaros) y las vacaciones en el mar o en las sierras, cuando posábamos para el ojo humano situado apenas detrás del ojo de la cámara.











