Reseña: Las mil y una vidas de las canciones, de Abel Gilbert y Martín Liut (Comp.)

La música, bajo el signo del cambio
Fernando García
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9 de junio de 2019  

¿Alguien recuerda la publicidad de un champú en la que la modelo agitaba el largo, sedoso pelo largo mientras hacía el gesto de rockear una guitarra eléctrica con "Should I Stay or Should I Go", el tema de The Clash? Es bastante reciente, de hecho. La modelo era nada menos que Tini Stoessel: antes una cantante infantil conocida como "Violeta", ahora un proyecto de estrella pop argentina. ¿De qué manera el único hit de radio y disco de uno de los más afilados grupos ingleses de punk rock puede denotar soltura y largo en el cabello cuando quienes estaban arriba y abajo del escenario lo llevaban o bien cortísimo o ya rígido, empinado en una cresta mohawk? La conclusión es que "Should I Stay or Should I Go" ha recorrido un largo camino, el suficiente para que una multinacional cosmética lo encuentre ahora atractivo, sus valores pendencieros invertidos en un selectivo target de feminidad, y dócil, listo para usar. La canción sigue siendo la misma, no se le ha cambiado una sola nota, pero significa otra cosa.

De este tipo de recorridos se ocupa Las mil y una vidas de las canciones, la antología de ensayos compilada por Abel Gilbert y Martín Liut, que realizan con este volumen un necesario aporte a la música popular desde los estudios culturales. El libro, surgido a partir de los intereses de un grupo de investigación en la Universidad Nacional de Quilmes, ilumina zonas de tránsito, usos sociales y políticos de canciones emblemáticas que van desde la fundacional "Aurora", de Héctor Panizza, apropiada por el Estado como canción de la bandera, hasta la testimonial "Todavía cantamos" del trovador Víctor Heredia, lingua franca de las hinchadas de fútbol argentinas, o la cumbia "No me arrepiento de este amor" que llevó la voz dulce de Gilda de los clubes bailables tropicales al balcón presidencial. Ópera, tango, folclore, canción, rock y cumbia atraviesan la compilación y dan forma a una espina dorsal de los sonidos que se inscribieron en la memoria popular argentina en los siglos XX y XXI.

Los autores provienen en general del campo académico y se aplican con rigor a descripciones musicológicas para indagar en la estructura de las canciones. Esa pertenencia delimita necesariamente los textos, que consiguen mejores resultados narrativos cuando enfocan a las canciones como inscripciones sociales. Los mejores ejemplos de esta dinámica se dan en los ensayos firmados por Gilbert para "Hay un niño en la calle" (Tejada Gómez, 1967) y "Todavía cantamos" (Heredia, 1980). El primero utiliza la pieza de folclore como un téster que registra una sensibilidad similar en otras áreas de la cultura argentina: un feeling que atraviesa el cine (Favio), la pintura (Berni), la literatura (Lamborghini) y hasta la televisión (Hijitus). El devenir de "Hay un niño en la calle" es también el de la izquierda cultural y las mutaciones del progresismo artístico del nuevo cancionero a Calle 13. En el segundo, hay un seguimiento obsesivo sobre el destino de una melodía que parece arrebatada a su autor casi en el instante en el que fue creada, como si le hubiera pertenecido apenas un poco.

El interés en cada uno de los capítulos es desparejo, de acuerdo al caso de estudio o la destreza para narrar el nomadismo de signo de las canciones. Resulta así mucho más atractivo repasar la continua reescritura de "Cambalache" que enfocar el desvío de "Gente que no", de rabioso himno underground a nexo entre la cumbia villera y el punk, y su leve legitimación a doble banda en la unión de Pablo Lescano y Fidel Nadal. Este es el libro, al fin, donde se entiende de qué forma el folclore académico de Alberto Ginastera pudo terminar disparado desde el sintetizador Korg de Keith Emerson en pleno auge del rock progresivo. Cuando el pelo sí era largo y se movía de un lado a otro.

Las mil y una vidas de las canciones

Por Abel Gilbert y Martín Liut (comps.)

Gourmet Musical. 262 páginas. $ 490

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