
La música de las esferas
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Unas semanas atrás, la NASA reveló una grabación con una "música extraña" que escuchó el equipo del Apolo X en mayo de 1969, durante el sobrevuelo a la cara oscura de la Luna, sin ningún contacto de radio con la Tierra. "¿Escuchás eso? Ese silbido...", se le oye decir a Eugene Cernan en la grabación. Los astronautas describieron esos sonidos como agudos, y aunque hay quien afirma que no pudieron ser sino interferencias de las radios del módulo lunar y el módulo de comando, esta explicación fue puesta en duda por el astronauta Al Worden, comandante del módulo de comando del Apolo XV: "La lógica me dice que si algo se registró allí, debe haber algo allí". Una vez más, se impone evocar a los antiguos, que hace más de dos mil años hablaron de "la música de las esferas".
Fue Pitágoras el primero en afirmar que cada esfera celeste produce el sonido de un proyectil al cortar el aire. Todos esos sonidos se combinaban, según el filósofo, en una armonía formidable no perceptible para el oído humano. Platón declaró, luego, que los astros ejecutan la mejor de las canciones, y tiempo después, el filósofo romano Cicerón (100 a.C) imaginó a un hombre viajando, en sueños, al espacio exterior y extasiándose con los sonidos que se originaban en las órbitas celestes. En el Renacimiento, Kepler, astrónomo nacido en 1571, sostuvo que los planetas emiten sonidos, más o menos agudos según sean mayores o menores sus velocidades, y hasta compuso seis melodías que se correspondían con los seis planetas del sistema solar conocidos hasta entonces. La combinación de estas melodías generaba distintos acordes, uno de los cuales daba el sonido que produjo el universo en su comienzo, y otro, el sonido que emitirá el universo en su música final. En el siglo XX, el compositor inglés Gustav Holst escribió una música para los planetas de nuestro sistema.
Hoy la astrofísica, para describir las energías del universo, habla de "frecuencias", "resonancias", "vibraciones" y de "análisis armónico". Y también vale recordar que en 1998 la NASA envió un satélite al espacio, el Transition Region and Coronal Explorer, que encontró evidencias de música cósmica originada en los cuerpos celestes. Según este descubrimiento, la tradicional "música de las esferas" consiste en un ultrasonido solar que interpreta una partitura formada por ondas 300 veces más profundas que el sonido de las más profundas vibraciones audibles para el oído humano, con una frecuencia de 100 milihertz en períodos de 10 segundos. Es curioso notar que así como Pitágoras comparó al sonido celestial con el que hace un proyectil a su paso, Platón, en su libro República, comparó esa música estelar con ocho sirenas que lanzaban al cosmos su estridente voz en un mismo tono, agudísimo y admirable.
"¿Escuchás eso? ¿Ese silbido?... Es realmente una música rara..." Así describió el astronauta Eugene Cernan los sonidos que oyó al sobrevolar la cara oscura de la Luna. El 11 de diciembre de 1972, Cernan sería el último hombre en abandonar la superficie de la Luna, al finalizar las misiones bautizadas con el nombre del dios griego de la música y la belleza: Apolo. ¿Cómo no recordar, entonces, al gran matemático, filósofo y místico Pitágoras, que hace 2500 años declaró que el Sol, la Luna y los planetas emiten un "único zumbido" basado en su revolución orbital?
Los antiguos, por tanto, tal vez no eran tan ignorantes como algunos todavía suponen. El Premio Nobel de Química Linus Pauling descubrió que la Gran Pirámide es una representación a macroescala de la molécula del agua, mientras que otros premios Nobel expertos en física cuántica, Schrödinger, Heisenberg y Bohr, concluyeron que para llegar a comprender el misterio del universo es necesario adentrarse en los Vedas, textos sagrados de la India de más de 3000 años de antigüedad: "La teoría cuántica no les parecerá ridícula a quienes hayan leído los Vedas", escribió Heisenberg, célebre formulador del principio de incertidumbre. A su vez, Schrödinger afirmó que al universo se lo puede entender en "clave cuántica" si se estudia el vedanta (la filosofía contenida en los Vedas). Mientras que Bohr confió: "Yo me sumerjo en los Upanishads para hacer preguntas". Los Upanishads son parte de los textos védicos.
Por último, si "la música teológica del cielo" (Rubén Darío) en verdad existe, esto probaría la existencia de un Gran Músico que orquestó la ingente armonía del cosmos (del griego kosmos, "orden", de cuya palabra se deriva "cosmética", ya que si hay orden y armonía, hay belleza, es decir, razón de ser, o sentido). Al respecto, con un lenguaje moderno, el astrofísico británico Sir Fred Hoyle, acuñador del término "Big Bang", dijo sugestivamente que la existencia de algo tan magnífico como el átomo de carbono supone la existencia de un "súper intelecto". Imaginar que el universo se formó por casualidad, añadió, es como creer que un tornado podría armar y hacer funcionar un Boeing 707 al arrasar un basurero con los restos de ese avión.
Pero la poesía siempre dice mejor las cosas, porque... "poeta, tú nada explicas, pero por ti, todas las cosas se vuelven comprensibles". Así, el poeta griego Sikelianós resumió estas cuestiones con dos versos mágicos: "Le dije al almendro: «¡Hermano, háblame de Dios!» / Y el almendro floreció". Brevísimo y elocuente poema que aquí podemos traducir de este modo: "Le dije al universo: «¡Hermano, háblame de Dios!». Y el universo resonó con la rara, excelsa y primordial... música de las esferas".
El autor es profesor de filosofía y escritor
Sebastián Dozo Moreno




