La Odisea en tiempos de #Homero 2019

Débora Vázquez
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30 de junio de 2019  

En ese mamotreto excepcional que es el Borges de Bioy Casares, dice Borges: "Si se comparan las escenas de violencia de Homero con las de Faulkner o Sartre, se ve que a Homero, aunque sabía describir bien ese tipo de escenas, la violencia no le gustaba; lo que le gustaba eran las reuniones de mucha gente para comer y oír música: lo que le gustaba era la civilización".

Después de haber leído la Ilíada es difícil comulgar con esta versión tan pacifista de Homero. Lo que se me ocurre es que Borges, al opinar esto, tendría más bien en mente al Homero de la Odisea. Porque Borges, es sabido, prefería la Odisea antes que la Ilíada y por sobre todos los héroes griegos lo prefería a Odiseo.

Se podría afirmar que Odiseo -el hombre polytropos, es decir, el de muchos senderos, artificios, mañas, ardides o tretas, el hombre precavido, ingenioso y astuto, el hombre capaz de persuadir a los demás con su discurso- es el héroe más importante de Occidente. Y también podría alegarse que tiene algunos puntos en común con Dante, el protagonista de La Divina Comedia. Los dos son adultos, se encuentran perdidos y, con la esperanza de regresar a una mujer -que en cierto modo representa el hogar y también la patria- son capaces de descender al mismo infierno. Sin embargo, la travesía que emprende cada uno es bien distinta.

La Odisea es una suerte de viaje en una aerolínea low cost: el viaje es incómodo y hay infinidad de escalas. Tantas son esas escalas que un trayecto que debería haber durando un par de semanas le lleva a Odiseo diez años. Las escalas desde ya no son en Atenas, Esparta o Creta, que vendrían a ser las París, Madrid y Nueva York de la época, sino en islas ignotas y quiméricas. Mala idea de Odiseo la de enemistarse con Poseidón, el dios del mar y los océanos, en tiempos en que el transporte marítimo era el único medio para recorrer largas distancias. Pero en fin, así empiezan los grandes libros, con una gran dificultad.

La Odisea es también un viaje para mí. Un viaje a los tiempos en que leí este libro por primera vez en la Facultad de Letras. En aquella época las literaturas clásicas se cursaban en el primer año y fueron, como dicen los franceses, " un coup de foudre"; es decir un flechazo, un amor a primera vista. Mi profesora se llamaba Nora Andrade. Era de un castaño variable según el bimestre, tenía un leve seseo y fumaba más de lo que tosía. Ante las preguntas torpes practicaba una sonrisa compasiva. Hablaba intercalando términos en griego como si no tuvieran traducción. Su inteligencia no estaba herida de soberbia. Tenía debilidad por los troyanos y un gato que, creo, se llamaba Catulo. Enseñó literaturas clásicas toda su vida y hoy duerme en el Olimpo.

De la mano de esa mujer conocí el corazón de los griegos. En ese momento me fascinó la Ilíada antes que la Odisea. Posiblemente porque la estudiamos primero, pero si tengo que ser franca, creo que fue porque la Odisea era lo que le gustaba a la mayoría, lo más popular. Y a los dieciocho años, claro, uno aspira a ser distinto.

Cuando Odiseo desembarca en Ítaca, llega cambiado. Si un viaje en avión de doce horas nos deja desencajados, imaginemos lo que sería uno en barco que duró diez años. Por eso su mujer no lo reconoce. Y la verdad, sería injusto culparla. Pensemos que Penélope no lo veía hacía veinte años, porque a los diez años del viaje de regreso hay que sumarles los otros diez años que éste pasó en Troya; y además porque Odiseo estaba disfrazado de mendigo, un detalle no menor.

Este primer encuentro de Odiseo con Penélope me recuerda al personaje de El coronel Chabert de la novela homónima de Balzac, que tampoco es reconocido por su esposa al regresar de las guerras napoleónicas. Sin embargo la situación del pobre Chabert es bastante más dramática: su mujer, que lo había dado por muerto y se había vuelto a casar, no tenía ninguna intención de reconocerlo. En otras palabras, la llegada de Odiseo a Ítaca no es fácil, pero podría haber sido peor.

Lo importante es que todo concluye bien. Que no es poco, porque los que acabamos de terminar de leer -o releer- la Ilíada por Twitter venimos medio golpeados. No hace falta que recuerde que los cantos 23 y 24 rondan alrededor de dos funerales, el de Patroclo y el de Héctor.

En suma, valen la pena los viajes, valen la pena los clásicos y vale la pena la lectura colectiva de Homero por Twitter. Porque como dijo en alguna oportunidad Borges, nuestro Homero del Río de la Plata: "Los que empezaron a pensar y los que, quizá, pensaron todo, fueron los griegos".

Texto leído en la Biblioteca Nacional el 21/6 en un evento organizado por Pablo Maurette para celebrar el fin de la lectura por Twitter de la Ilíada y el comienzo de la de la Odisea el 1/7.

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