La película Parásitos, afín al ojo porteño

Fernando García
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1 de febrero de 2020  

Parásitos , del director coreano Bong Joon-ho (1969), es una de las películas más anticipadas por la cinefilia porteña durante 2019. La ansiedad es una de las marcas de época de los consumos culturales y, para muchos, se hace imposible seguir el calendario de estrenos de la cartelera argentina. Así, Parásitos se ha estado viendo descargada y pirateada antes de llegar a las salas de cine y convertirse, desde el 23 de enero, en un fenómeno de boca en boca que puede suturar esa distancia entre el cine de autor y el así llamado cine industrial; entre el culto concentrado de la cinefilia y el puro entretenimiento de los fenómenos "pochocleros". Parásitos atrae tanto por el background de su director y la calidad de una escuela, la coreana. Pero, por otro lado, no deja de ser una comedia negra con un sutil trasfondo social. Y esta parece ser una característica muy arraigada en el ojo porteño, cuyas raíces remiten directamente a la influencia del neorrealismo italiano en el gusto local. Feos, sucios y malos traducida a una estética que está en sus antípodas pero que no rehúye a sus postulados. Tanto Parásitos como la japonesa Un asunto de familia (se puede ver en Netflix) exploran zonas poco vistas de sociedades sobre las que leemos, sobre todo, noticias acerca de innovaciones tecnológicas y visitas del futuro inminente al presente.

Sin caer en el spoiler, una manía de los consumos culturales que expresa rasgos de cierto infantilismo, hay que decir que Parásitos cuenta en espejo la vida de una familia de clase baja, habitante de un semisótano, y otra muy acomodada que mora en un enclave modernista de Seúl. La primera parasita a la segunda y de ahí el explícito nombre de la película.

Si bien las circunstancias no son las mismas, no puede evitarse que la película coreana lleve a la relectura de Rabia , la novela de Sergio Bizzio publicada por primera vez en Barcelona en 2004 y reeditada en Buenos Aires por Interzona cuatro veces, la última en 2011. Allí también dos personajes. que podríamos llamar con inexactitud proletarios, parasitan una mansión de la Belle Époque porteña. Hay cambios en la arquitectura y el desarrollo y desenlace no son los mismos, pero en ambas están presentes las tensiones sociales y cierto miedo atávico de la burguesía. ¿Qué hay en el sótano o la mansarda? El fantasma de la buhardilla bien puede ser un desclasado que succiona la riqueza de la casa como una garrapata.

En ninguno de los dos casos se trata de okupas tal como se los conoce, sino que hay, sobre todo en Parásitos, un trabajo de reinvención de la identidad. Para habitar el nuevo espacio los personajes tienen que convertirse en algo distinto.

En este punto, el atractivo de Parásitos a ojos argentinos arrastra, además del impacto neorrealista (¿una especie de inconsciente cinematográfico?), la huella de Roberto Arlt como narrador de una ciudad despiadada. Nadie diría que se va a ver la película coreana con la novela de Bizzio y los arquetipos arltianos en mente, pero en el arte la polinización es un efecto comprobable. Los Kim, la familia neodickensiana de Bong Joon-ho, participa de esa "política del batacazo" que Beatriz Sarlo indica en Una modernidad periférica: Buenos Aires 1920 y 1930 (ese ensayo sobre el que hay que volver y volver y volver) para los personajes de Arlt. No son inventores demenciales como Astier o Erdosain, pero los Kim, con ritmo oriental, se reinventan a sí mismos para pegar el salto que los saque de una cotidianidad miserable. Así como narrativas metaliterarias encuentran rápidamente el adjetivo "borgeano" sin importar de donde vengan, hay algo definitivamente "arltiano" en esta revisión coreana y contemporánea del neorrealismo. Ni hay que aclarar que el mismo Arlt había nacido en Flores, el barrio que la comunidad coreana eligió para migrar a Buenos Aires. Quizás la historia de Parásitos sea tan pregnante al ojo porteño por eso mismo: hace rato que en nuestra cartografía deberíamos escribir "Flores Seúl" en esa zona de la ciudad.

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