
La pirotecnia y sus riesgos
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UNA vez más, las fiestas de fin de año han traído consigo el ingrato acompañamiento del abuso de la pirotecnia que, a modo de gravísima secuela, provoca numerosas molestias y accidentes.
Dichos excesos aparentan ser una endemia imposible de controlar, lo cual no es cierto. Encarrilado dentro de límites razonables y prudentes, el tradicional uso de los fuegos artificiales hasta podría ser considerados -no sin cierta tolerancia-, como una vistosa modalidad de celebración de esas festividades; pero su empleo en forma desmesurada y carente de consideración suele convertirlo en un flagelo que atenta contra la integridad física y la tranquilidad de la población.
Desde los primeros días del mes actual, el inopinado y contundente estampido de los artefactos explosivos puestos al alcance de niños, adolescentes e incluso adultos -petardismo a ultranza que ni siquiera respeta las horas destinadas al descanso-, provocó sobresaltos y situaciones riesgosas. Tal como si quisiesen mofarse de quienes no comparten su ruidosa afición, los responsables de tales descontroles volvieron a hacer gala, con total impunidad, de sus comportamientos negligentes y antisociales.
Hay, sin duda, artefactos pirotécnicos legalmente fabricados, de buena calidad y autorizados por los organismos competentes. Sin embargo, nadie estaría en condiciones de asegurar que llegado el momento de utilizarlos sus usuarios acatarán las precauciones sugeridas por los fabricantes y por las autoridades. En definitiva, es bien sabido que al encender la mecha de un cohete, ese artefacto se convierte en un ingobernable proyectil, cuyo destino final es una incógnita.
Dos criaturas murieron abrasadas, después de que una cañita voladora incendió el rancho en el cual vivían, en un barrio modesto de la ciudad de Santiago del Estero. Entre tanto, 551 personas debieron ser atendidas en centros asistenciales de casi todo el país -179 de ellas en nosocomios porteños-, hasta el amanecer de ayer. Esa cantidad fue algo inferior a la de la misma fecha del año último. Sin embargo, sigue siendo alarmante que ya fuese por imprudencia en el manejo o por empleo de fuegos artificiales de procedencia clandestina y, por ende, de baja calidad o directamente por negligencia ajena, la mayor parte de esos percances haya sido consecuencia del empleo de la pirotecnia.
En ninguna parte como en las salas de guardia es posible comprobar de manera tan descarnada cuáles son los resultados de esa inveterada proclividad a desvirtuar sanos y cordiales festejos mediante el descomedido y agresivo empleo de artefactos explosivos.
Hasta la actualidad han caído en saco roto las sensatas advertencias acerca de los riesgos inherentes a tan peligrosa costumbre e incluso han fracasado cuantas acciones fueron emprendidas para circunscribirla, por lo menos, a términos que disminuyen sus amenazas.
La reiteración del alerta acerca de las causas y los efectos de esa seria realidad en modo alguno apunta a empañar la natural alegría emanada de las fiestas que, por excelencia, convocan a vivirlas en el seno de las familias y a compatirlas con los amigos. Se trata, en cambio, de un llamamiento a la sensatez y a la reflexión, exclusivamente guiado por la transparente intención de que el desaforado uso de la pirotecnia no empañe las celebraciones de quienes se resisten a admitir que puede ser factor productor de desgracias irreparables y, asimismo, motivo para tardías lamentaciones.




