
La plaza del Congreso y el respeto social
Por Pepe Eliaschev Para LA NACION
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Los muros hablan rotundamente. Las letras, algo despintadas con el paso del tiempo, indican que la furia dejó su rastro devastador. Impertérritas demostraciones de que esa protesta turbulenta era más acuciante que la noción del respeto por un sitio teóricamente cargado de significaciones respetables.
Si el Congreso nacional estuvo a punto de ser violado e incendiado en las lúgubres jornadas de diciembre de 2001, hoy permanece -como fiel testimonio de la degradación civil de los argentinos- el penoso espectáculo de la plaza del Congreso, simbólico kilómetro cero del sistema vial argentino y espacio lacerado por años de caudalosas cataratas de ira militante y desidia civil.
La plaza del Congreso debería ser, junto a la Plaza de Mayo y a la plaza Lavalle, un escenario de respeto social. Son espacios públicos literalmente asociados a la sede de las instituciones civiles, en los cuales anida y se hace patente el proyecto irrealizado de una Argentina democrática, representativa y federal, un país que alguna vez resolvió gobernarse en cumplimiento de la noción central de división de los poderes.
Delimitada por la avenida Entre Ríos y las calles Hipólito Yrigoyen, Luis Sáenz Peña y Rivadavia, la plaza es un amplio y luminoso espacio urbano que rodea al bello y hoy vilipendiado monumento de homenaje a la Asamblea General de 1813 (llamado también a los dos Congresos). Aunque parezca mentira, fue reciclada íntegramente entre 1996 y 1997, durante la gestión capitalina de Fernando de la Rúa, y hoy es una ruina que no será fácil revertir. Registro de ese remodelamiento es el mástil con la bandera argentina, emplazado en el extremo este de la plaza y a cuyo pie todavía sobrevive una placa recordatoria con la firma del entonces jefe de gobierno de la Ciudad.
Impotente y librado al vandalismo disfrazado de transgresión ideológica, el lugar que debería representar la supremacía indomable de la soberanía popular es ahora una fotografía fiel del populismo realmente existente. Impresionan la mugre y el abandono.
Los graffiti que se leen en los laterales del monumento central son, sin necesidad de una exégesis detallada, un listado de nuestros patéticos exabruptos: "Haga patria, mate un político", "El pueblo ya los juzgó", o "Por el feriado de Carnaval que nos sacaron los milicos. Firmado: Los Murgueros" son algunos de los aportes de la creatividad cacerolera al acervo de nuestra historia.
Con un enrejado que no sirve para nada porque tiene la puerta abierta y carece de custodia, la escalinata es un espacio abierto para hacer cualquier cosa con el monumento y el resultado está a la vista.
Rejas hay en todo el perímetro de no menos de 35.000 metros cuadrados, pero la gente las pasa por arriba y hace picnic o juega al fútbol sobre esas tierras apelmazadas.
Por de pronto, las víctimas primeras son las más indefensas: de modo sistemático han ido desapareciendo las plantas y en los rincones más preciados la confiscación es flagrante. Frente al teatro Liceo, en la dividida plaza Lorea, junto a la estatua a José Manuel de Estrada, el espacio suele ser un inapropiado y naturalmente sucio canil, rodeado de bolsas de basura, pilas de cartones y un grupo de seres humanos en harapos que allí sobreviven, a la intemperie, protegiéndose de las inclemencias con un folklórico fogón.
En el otro lateral de la plaza Lorea, junto a la estatua donde se recuerda desde siempre a Mariano Moreno, han sido arrancadas y robadas 11 de las 12 placas de bronce emplazadas a lo largo de las décadas en los homenajes al día del periodista.
El gomero histórico, junto a la estatua del fundador de La Gaceta, ha vuelto a ser cavado en sus raíces por las ratas, pese a que en 1997, el gobierno de Gran Bretaña había ayudado al de la Ciudad de Buenos Aires a iniciar un programa de fertilización subterránea de las raíces de todas las especies más importantes del patrimonio arbóreo porteño. Era un esquema que debía aplicarse durante cuatro años, pero sólo tuvo vigencia uno.
Hoy se sabe que los árboles más añosos y valiosos de Buenos Aires pueden morir sus muertes mudas y sordas porque nadie los salvará.
Junto al Pensador, de Auguste Rodin, había una cica de casi un siglo de vida, pero de estas plantas perennes, con aspecto de palmera y siempre verdes, sobrevive hoy sólo una. Junto a ella, la fuente del centro de la plaza está quebrada y vacía. Ni un solo macetero está desprovisto de los consabidos graffiti.
Canteros inexistentes son hoy marrones trechos de tierra polvorienta o barrosa según el clima. Los bancos de madera aún intactos son minoría: en muchos han desaparecido tablones y soportes.
La fuente principal de la plaza del Congreso, que funcionó normalmente hasta comienzos de 2001, exhibe hoy plásticos y botellas vacías, esos símbolos de la decadencia urbana, objetos que se reproducen sin cesar en un damero de calles y veredas convertidos por los porteños en sumideros a cielo abierto. Varios caballos de esa fuente ya perdieron sus metálicas colas, víctimas del sistemático saqueo de bronce que padece la ciudad desde hace dos años. Los chorros de agua, desde luego, no funcionan.
El mundo vegetal, sin embargo, persiste en su natural modo de fotosintetizar a pesar de las furias humanas. Brotan plátanos, florecen las tipas y aquellos arbustos que han logrado sobrevivir a la incuria del hombre, estallaron no bien llegó la primavera, acompañados por las candorosas coronas de novia, que nunca entendieron qué significaba que se fueran "todos".
Esparcimiento y descontrol
En su magro y penoso presente, la plaza del Congreso expresa, como la foto inapelable de una vejez indigna, el estado cultural de la Argentina. En ella se refugian los fines de semana centenares de vecinos del centro y sur de la ciudad que, desde luego, tienen muchos menos espacios verdes que sus compatriotas del norte de Buenos Aires.
Pero el resultado registra, de hecho, el desprecio explícito por las instituciones, manifestado en la permisividad mercantilista con que el Gobierno de la Ciudad ha tolerado que imponentes publicidades comerciales (la provincia de Córdoba o juegos oficiales de azar, por ejemplo) emitan señales inciviles desde medianeras que dominan el espacio. En la esquina de Rivadavia y Callao la otrora elegante confitería del Molino es hoy apenas el soporte de siete enormes bastidores para las gigantografías comerciales.
En el palacio comunal no parece haber voluntad para impedir que la organización que preside Hebe de Bonafini avance sobre la plaza, a la altura de Hipólito Yrigoyen, entre Virrey Cevallos y Luis Sáenz Peña: allí las Madres de Plaza de Mayo han levantado una feria comercial que dudosamente tenga autorización. Incluyendo una calesita que no tiene nada que ver con la armonía ni con el diseño original de este espacio verde. Feria y calesita funcionan a todo vapor los fines de semana, alterando de modo incurable el propósito y el sentido de la plaza del Congreso, devenida en espacio de supervivencia para incontables buhoneros que venden desde zapatos hasta revistas y desde controles remotos hasta remeras. No falta, desde luego, un ejemplo de nuestra tentación nacional y popular: sobre Cevallos, entre Rivadavia e Yrigoyen, una atareada parrilla con mesas y sillas, minuciosamente acordonada y techada, atiende a los parroquianos de la feria de las Madres, perfumando con su aroma a chorizo el centro cívico político de la representación democrática del pueblo y colaborando con entusiasmo para que el lugar anochezca repleto de más basura y degradación.
Sobre Hipólito Yrigoyen, entre Solís y Cevallos, a metros del Senado, una decena de personas ya han levantado, sobre la vereda, unas carpas hechas con plásticos, chapas y lonas: en esos ámbitos duermen y piden limosna.
Ventana abierta a un pasado reciente aún en vigencia y en donde la emotividad desaforada demostró ser más poderosa que las herramientas humanas y superiores de la inteligencia civil, la plaza del Congreso exhibe, como una desagradable herida abierta, todo lo que anda mal y cada vez peor en Buenos Aires.
El autor es periodista. Su anterior serie de columnas sobre urbanismo metropolitano en LA NACION fue editada como libro en Sobrevivir en Buenos Aires (Planeta, 1996).





