La polarización electoral y el voto de los mercados

Fernando Laborda
Fernando Laborda LA NACION
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9 de agosto de 2019  • 00:56

Los actos de cierre de campaña de los últimos días mostraron dos obsesiones comunes en el macrismo y en el kirchnerismo. La primera fue seguir apostando a la polarización. La segunda, persuadir al mismo porcentaje del electorado que, en 2015, fue decisivo para darle a Mauricio Macri el triunfo ante Daniel Scioli en la segunda vuelta presidencial.

Por distintas razones, tanto a Macri como a Alberto Fernández y Cristina Kirchner les conviene la polarización. Al actual presidente, porque sabe que algunos de los terceros candidatos en discordia, como Roberto Lavagna , José Luis Espert o Juan Gómez Centurión pueden dar albergue a ciudadanos que en las últimas dos elecciones nacionales se inclinaron por Cambiemos y que hoy no ocultan distintos niveles de desencanto con el Gobierno. Al kirchnerismo, también le conviene la polarización porque, creyéndose adelante en las encuestas de intención de voto, deberá forzar un acercamiento hacia el umbral del 45 por ciento de los votos en octubre, algo que no logrará sin votos prestados.

En lo que sí se han diferenciado macristas y kirchneristas a la hora de salir a buscar a esos votantes decisivos fue en su mensaje. Macri exhortó al miedo a volver al pasado, pero también a la paciencia. Concretamente, ha intentado persuadir a sus antiguos votantes hoy desencantados de que, a la larga, el esfuerzo rendirá sus frutos. Lo ejemplificó con una obra pública emblemática, como el canal aliviador del arroyo Maldonado que, tras un largo proceso de construcción, terminó con las inundaciones que afligieron durante décadas a los vecinos de Juan B. Justo y Santa Fe.

El kirchnerismo, en cambio, apuesta a convencer a esos mismos electores a partir de la supuesta insensibilidad de Macri. Alberto Fernández insistió en que el actual gobierno ha sido una "fábrica de pobreza" y la expresidenta jugó con la idea de la multiplicación de las bolsas de dormir en las calles, tal vez descuidando que podía ser contrapuesta con la imagen de los bolsos llenos de dólares que buscó ocultar en un convento su exfuncionario José López.

Lo cierto es que, a juicio de no pocos analistas, será el nivel de rechazo hacia Macri y hacia Cristina Kirchner el que terminará definiendo la elección presidencial. Se tratará, tal como lo sugirió tiempo atrás el asesor macrista Jaime Durán Barba , de un campeonato para definir al menos malo. Cuánto ayudará la presencia de Alberto Fernández en el primer término de la fórmula a enmascarar el liderazgo de la exmandataria es una de las preguntas clave.

En definitiva, si tarde o temprano, los votantes avanzan hacia una irremediable polarización, el interrogante capital pasará por el componente de rechazo hacia Macri y hacia el kirchnerismo que anide en quienes opten este domingo por las terceras fuerzas electorales. En la Casa Rosada, se tiende a creer que los votantes de Lavagna y de Espert deberían estar mayoritariamente más cerca del actual presidente que de su antecesora, y esta hipótesis despeja parcialmente la preocupación que supone la posibilidad de perder en las PASO ante el kirchnerismo.

De ahí que una derrota en las primarias por tres puntos o menos, con Fernández no superando los 40 puntos sería festejada por el Gobierno. También por los mercados, que votarán el lunes con los resultados del domingo.

"Un escenario de virtual empate o una derrota de Macri por escaso margen en las PASO habilitaría un rally al alza de acciones y bonos argentinos", pronostica Mariano Sardáns, CEO de la gerenciadora de patrimonios FDI. Explica que en un mundo con tasas cercanas a cero o negativas como el que se viene, es lógico que los mercados emergentes y la Argentina aparezcan como una oportunidad para los inversores, una vez que se despejen las incógnitas políticas.

¿Pero qué ocurriría, en cambio, si este domingo la fórmula kirchnerista se impusiera por una diferencia de seis puntos o más y superara con claridad los 40 puntos (43 a 37, por ejemplo)? Es probable, de acuerdo con economistas consultados, que los mercados también voten y que la tensión derive en una mayor presión cambiaria y en un incremento del riesgo país, aun cuando nadie pueda asegurar que la elección esté totalmente definida.

Un escenario como ese pondría una vez más a prueba la capacidad del Banco Central para administrar el tipo de cambio hasta octubre y contener la dolarización de carteras mediante la suba de tasas, la venta de dólares a futuro y el eventual desprendimiento de reservas. Y también pondrá a prueba a los actores políticos, ya que, ante esta eventualidad, las miradas se dirigirán principalmente al discurso de Alberto Fernández en la misma noche del domingo, en tanto que unos y otros podrían empezar a tender puentes hacia Lavagna.

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