La pureza de la decepción

Silvia Hopenhayn
Silvia Hopenhayn PARA LA NACION
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4 de febrero de 2016  • 23:40

El comienzo de esta novela es tan tierno como patético. Actualiza los vínculos combinando las nuevas tecnologías con las veleidades de la soledad.

En el principio, está la madre. En este caso, la voz de la madre, al teléfono. Su hija, Purity Tyler, la protagonista, mejor llamada Pip, (guiño con el personaje de la maravillosa novela de Dickens, Grandes Expectativas) la escucha con la paciencia de quien llama bien dispuesto al desconsuelo de su interlocutor. Pip, recipiente y receptora, -ella fue quien llamó- intenta comprenderla un rato para que su madre descanse de andar pensando, y eslabone un relato en vez de atragantarse con el silencio (o su contrincante, el grito). Para que la voz le salga del cuerpo y deje de molestarla un rato. Pip la llama amorosamente desde su trabajo preguntándole cómo está, sabiendo ya que no está nada bien. Su madre seguirá destilando quejas durante algunas páginas, pequeños alaridos del alma que sólo su hija es capaz de escuchar. Ella, a quien su madre ni siquiera le contó la verdadera historia de su padre. Porque se la esconde, la entierra. Pero Pip percibe la debilidad (propia y ajena) con una agudeza que mete miedo, y al mismo tiempo, cuida de esa debilidad. No es dañina más que consigo misma, y a veces.

Así empieza la novela de Jonathan Franzen, Pureza (Ed. Salamandra), nueva apuesta realista del autor norteamericano, que ata los cabos sueltos del presente para tejer sus sólidas historias de decepción. Más allá de su lectura crítica de la realidad actual (concentradas en su personaje Andreas Wolf, "un megalomaníaco autista con perturbaciones sexuales"), Jonathan Franzen, consigue que la ternura y la inteligencia hagan buenas migas. Y en esa intersección, la verdad se convierte en un alivio.

El comienzo de esta novela es tan tierno como patético. Actualiza los vínculos combinando las nuevas tecnologías con las veleidades de la soledad

Ocurre también en las anteriores novelas de Franzen, Las correcciones, atravesada por dos temas cruciales de nuestra época: la enfermedad y el dinero. Como dice el crítico y escritor español, José María Guelbenzu, a propósito de ese libro: "El mundo está mal hecho y debe ser corregido en todos nosotros, pero estamos hechos de correcciones y desquiciados por ellas." Le siguió Libertad, ubicada en el trazado borroneado, impreciso y necesario de lo moral y lo amoral. Y en Pureza, su tercera entrega (en esta misma línea), los personajes, -por lo general seres decepcionados de sí mismos-, logran recobrar alguna creencia. Como si el propio Franzen hubiese necesitado una purga de sus decepciones. Un sosiego, o más que eso, un vislumbre. Y esa llamita aparece en Pip. Precioso personaje que inaugura la novela, escuchando pacientemente a su madre.

Pip es una okupa en Oakland que debe 130 mil dólares, no sabe nada de su vida, y sin embargo puede consolar a los que tienen dinero y saben demasiado. Por eso llama a su madre, para calmarla de sus misterios. Franzen, en ese primer diálogo de la novela, consigue el punto justo de lo más dulce y desahuciado de una relación entre madre e hija.

Dice la madre: "Me está traicionando mi cuerpo otra vez. Creo que mi vida no es más que un largo proceso de traiciones del cuerpo." Y luego le cuenta que ahora se le está cerrando el ojo izquierdo (verdadero guiño corporal…). La hija contesta con tierna astucia: "A mí también me pasa a veces". "¿De verdad?", le responde la madre, ilusionada con una conversación que comienza a no tener fin. Pip no duda en continuarla: mejor el insomnio que la parálisis del párpado. Y así se renueva el infinito intercambio especular.

Este despunte de la novela es el comienzo de una larguísima peripecia de Pip (unas 700 páginas, que compiten con las 672 de Libertad y las superadas 700 de Las correcciones), que incluyen otros intercambios, amorosos o mediáticos, también relacionados con las nuevas tecnologías, como la asociación Sunlight Project -especie de Wikileaks- cuyo líder se refugia en Bolivia, protegido por Evo Morales, y entra en relación con Pip.

Franzen consigue un retrato agudo de la desconexión en tiempos de internet. Incluye en la novela elementos del presente que a veces sorprenden por su proximidad. Como si la ficción quisiera hacerse cargo de lo que cotidianamente consumimos. Estevia o "Breaking Bad" (ambas presentes en la historia).

Quizá sea ésta una limitación del autor, su pretensión de la novela como mundo, como realidad, resistiéndose a la propia realidad del lenguaje que genera otros mundos.

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