La revolución de la intimidad
Además de grandes hechos, la crónica puede también narrar los pliegues de mundos privados y personales
1 minuto de lectura'
Del año 2000 a la actualidad, el periodismo narrativo argentino ensanchó los límites de su objeto y su método y desarrolló gran interés en las materias de la intimidad y la vida cotidiana. De ese proceso da cuenta la selección de crónicas íntimas que conforman Los atrevidos, una antología concebida como reunión de textos de las últimas dos décadas de cronistas nacidos o residentes en la Argentina, pero también como reivindicación de los medios que publicaron e impulsaron el periodismo de la intimidad y la vida cotidiana -muchos de ellos extintos?, como La Mujer de Mi Vida, Latido, TXT, Debate, El Guardián, Crítica de la Argentina y el suplemento ADN Cultura, entre muchos otros.
Desandando el camino de su condición efímera, en el proceso de reunir los textos me encontré con algunos hitos de esa primera etapa de la crónica íntima en medios de gran tirada: "Hotel de señoritas", de 2001, experiencia pionera de periodismo de rol local en un hotel de Palermo habitado por travestis (de Jonathan Rovner para el suplemento Radar), o la columna "Te cuento mi análisis", de 2005, que narraba el devenir por distintos divanes de varios escritores, publicada en La Mujer de Mi Vida, cuando los consultorios yacían vallados, antes de la replicación del discurso psi en medios masivos.
Este movimiento de autores puso en jaque las voces rectoras de la organización de los cuerpos, como la industria farmacológica (en "El humanitario negocio de alquilar tu cuerpo para el progreso de la ciencia", de Leonardo Faccio para Etiqueta Negra) o la represión del deseo en los adultos mayores (en "La irreverente vida sexual de una señora mayor", de Esther Díaz para "Mundos Íntimos", sección de Clarín). Volcados temáticamente sobre sí mismos, los cronistas realizaron trabajo de campo etnográfico sobre una cartografía propia y conocida.
Así, abrieron el relato periodístico a materias como la ensoñación y la introspección; habilitaron el ingreso de la experimentación formal a la prensa gráfica de masas a través de recursos temáticos (vida sexual, adicciones, traumas), retóricos (la enumeración caótica: el ritmo pegajoso de la mente, el monólogo por asociación libre, la digresión, la confesión) y enunciativos (el libre juego entre cronista personaje y la biografía pública del autor). Son "los anormales", en el sentido foucaultiano del término; son también descendientes de aquellos "incorregibles" que han aparecido en los márgenes de las técnicas modernas de encauzamiento.
No amar, desear en la vejez, tener una enfermedad mental o un desorden descripto por la psiquiatría, aquí se deshacen de la connotación de "trastorno" y hasta pueden alentar significaciones positivas a partir del deslumbramiento, la atracción, la empatía y la identificación con modelos extraños del ser. "Inmersión", para estos cronistas, significa estar ahí hasta mimetizarse con las paredes o las piedras, en busca de la invisibilidad o personificando un rol en la historia, para que la trama fluya sin impostaciones ni adulteraciones. El desafío fue mayor cuando -en los textos de Cicco y de Martín Rejtman- hubo que narrar el encierro, desde una habitación de hotel o en la casa propia durante un rito religioso, para que se plasme -por la negativa- el mundo exterior.
Las familias reformulan, aquí, sus requisitos y dogmas: en los textos de Laura Ramos, Juan Forn, Eduardo Berti e Hinde Pomeraniec se contradice la cláusula de amor sin mesura hacia los propios; se habilita a recordar con claroscuros, lejos del tributo, saldando cuentas en público para que las heridas empiecen a cerrarse en la medida en que lo indecible se nombra. "Autorretrato" y "genealogía" implican, en este libro, un descenso a los infiernos del pasado para que la vergüenza o el dolor transmuten en un aullido de liberación.
En contacto con una foto propia (Ana María Shua), o entre el espanto y la devoción ante una maestra arpía (Nicola Costantino), o en nostálgica aprensión a la vida de pueblo (Leila Guerriero), o sin sorpresa al revivir el hostigamiento deseante de sus agresores (Daniel Molina), todos ellos son conscientes de que la paradoja y la contradicción son sus mejores armas narrativas para que se recree todo lo complejo y enrevesado que puede ser el núcleo de sentidos que organiza -restituye, posibilita- el devenir de una vida cualquiera.
Compilador de Los atrevidos. Crónicas íntimas de la Argentina (Marea Editorial), de próxima aparición
Julián Gorodischer









