
La sociedad villera
Por Carlos Eduardo Libedinsky Para LA NACION
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Los datos del último censo confirman las presunciones. La población total de la Capital Federal ha disminuido en diez años más del 10 por ciento y simultáneamente la población marginal en la misma área ha aumentado en más del 120 por ciento. Estos números corroboran ampliamente la tendencia que ya habíamos pronosticado y publicado en LA NACION, antes que esta evolución (¿o involución?) de la ciudad se produjera. Efectivamente, la arquitectura de desechos, a la que generalmente la subocupada matrícula de arquitectos permanece indiferente, es la única que ha crecido significativamente en nuestro país.
Ahora bien ¿quiénes habitan esa arquitectura efímera de residuos que conforma la denominada tipología villera? Fueron hasta el momento grupos exógenos generalmente trasplantados a la ciudad sin los recursos para adquirir una vivienda formal y sin pertenencia a estructuras sindicalizadas o partidarias que les permitieran acceder a alguno de los planes de vivienda que periódicamente los gobiernos han pergeñado.
Señas de identidad
Los habitantes de ese tipo de habitación comparten tres características propias, dos positivas y una negativa. Las positivas son el haber construido sus moradas con sus propias manos utilizando la impresionante energía animal del homo faber constructor de su nido, generadora de una laboriosidad y solidaridad inimaginables, y el haberlas fabricado con desechos en una rudimentaria acción de reciclaje de residuos. La característica negativa, si bien humanamente comprensible, tiene notas delictuales consistentes en haber construido invadiendo terrenos ajenos, menoscabando el más elemental derecho de propiedad.
No obstante, la identidad cultural de los villeros, salvo en los aspectos de vivienda, no difirió demasiado hasta el momento de la de los habitantes formales de la urbe.
Pocos niños marginales llevan nombres tradicionalmente usados en el campo o entre las clases populares de nuestro país, sino más bien se llaman Jonathan, Elizabeth o con el nombre de algún personaje favorito de la televisión. Los extravagantes calzados deportivos que se ven entre sus habitantes son de las mismas marcas y modelos que los que se usan muchos integrantes de los country clubs . Es cierto que prácticamente no hay libros en las viviendas villeras, pero esto no es de ninguna manera característica particular de la población marginal. Se observa en cambio una parafernalia electrónica sorprendentemente actualizada e incluso antenas parabólicas de TV satelital.
Por otro lado, las ambiciones de muchas jóvenes villeras son claramente burguesas. Hay numerosas chicas flacas, pero, en gran parte, no por desnutrición sino por anorexia generada por las tipologías femeninas reputadas como exitosas por los medios. Es más, Grisel Pérez Ponce, joven villera, logra ganar el difundidísimo concurso televisivo de modelos "Super M 02", con un jurado encabezado por el conocido agente de modelos Ricardo Piñeiro.
Obviamente, ni estos ejemplos ni los que siguen pueden configurar generalizaciones absolutas, pero son indicios extraídos de los datos de la realidad de un entorno mayoritariamente sumergido.
Código ético
Pero ¿los villeros son buena o mala gente? En la pendular información de los medios, en donde las persecuciones de la policía a los delincuentes acaban casi inexorablemente cuando éstos se internan en las villas y desaparecen dentro de ellas sin que nadie señale dónde se esconden, daría la impresión de que constituyen una asociación perversa. En cambio, cuando, antes de las elecciones, se oye la voz de ciertos políticos en campaña, ensalzando la virtud de los honestos trabajadores a los que la sociedad no da ocasión de acceso a una vivienda digna, semejan indefensos virtuosos.
Es evidente que ambas concepciones son parciales y por lo tanto falsas. En la sociedad villera, como en cualquier otra, la población es honesta en su mayoría e incluye también sectores delictivos. No obstante, su propia conformación original ha generado una conciencia de que es perversa en los siguientes aspectos:
- Aunque a veces es transgredido, hay un pacto social villero tácito, según el cual la villa alberga a los delincuentes y como contraparte recibe la "protección" de no ser víctima de sus actividades delictivas (siempre que no los denuncie).
- Hay una conciencia implícita de que al villero no le corresponde pagar electricidad ni red de televisión ni servicios de obras sanitarias ni impuestos y que puede "colgarse" impunemente de la red de cualquier suministro.
- Se supone que hay una superestructura de "Estado benefactor" al que se puede exigir que convalide sus pretendidos derechos y los auxilie en la emergencia aguda.
¿Sería concebible que una población con este pacto social alternativo perdurara con una identidad cultural semejante a la de las estructuras formales de la sociedad? En los últimos años han comenzado a exteriorizarse productos culturales que responden a un segmento de la idiosincrasia villera y a los que habría que prestar atención.
Entendemos que el más significativo es la cumbia villera. Han aparecido grupos musicales exitosos que habitan las villas y que han generado letras muy semejantes a la poesía anarcopunk inglesa o a las letras de los raperos norteamericanos. En efecto, el éxito del CD Cop Killer ("Asesino de policías"), de Ice-T, a mediados de los años 90, se condice con el de Arriba las manos , del conjunto local Los Pibes Chorros. Tanto en un caso como en el otro, los temas expresados son: orgullo de la identidad marginal, rebeldía indiscriminada, sexo soez, apología del alcohol y la droga, resistencia a la autoridad y exhortaciones contra la policía. Llamativamente, el CD que contiene los temas "Llegaron los pibes chorros", "El pibito ladrón" y otros descarnadamente obscenos tiene la imagen de Cristo en la portada.
Buenos ladrones
A esta taxativa expresión literario-musical de al menos un sector proveniente de la vivienda marginal (que la sociedad ha recogido aparentemente con una sonrisa, meneando las caderas y sin sobresaltos) se han sumado síntomas menores. Por ejemplo, un cóctel marginal, la "mezcladita", que se suele pedir orgullosamente en las bailantas, consistente en vodka y una mezcla de muchas bebidas (originalmente, los restos de los vasos abandonados). Otra bebida identificatoria es una "birra" que no se vende en otro lugar que en las bailantas de cumbia villera, y cuya marca es Diosa Tropical.
Por último, durante la investigación de desechos urbanos que estamos desarrollando hemos escuchado una particular interpretación del vía crucis de tres cruces que se desarrolla para Pascua en algunas villas. Es cierto que la presencia de los dos ladrones flanqueando a Cristo no es una variable original de la representación. No obstante, me impresionó la interpretación de una familia de villeros, cartoneros honestos y creyentes, que atribuyeron la presencia de los ladrones a que "los chorros son buenos".
Debo reconocer que en mi ingenuidad les pregunté: "¿Se referirán al buen ladrón que se arrepintió?" "No, los dos eran buenos y más digno el otro, que no se achicó ante la parca."
Estas y otras expresiones alternativas dentro del segmento que más crece habitacionalmente, en nuestra ciudad y en el mundo, configuran un tema de análisis para incluir en la comprensión e interpretación de su cultura, ya que la inclusión de los sectores marginales debe constituir prioridad ineludible de la actual coyuntura.




