
La verdad, el bien y la belleza
Por Antonio M. Battro
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Howard Gardner, el destacado psicólogo y educador de Harvard ha dedicado su último libro a La mente disciplinada. Lo que todo estudiante debería comprender. (The disciplined mind: What all students should understand , New York, Simon & Schuster, 1999). Mediante el análisis de tres casos bien seleccionados relativos a la búsqueda de la verdad (Darwin y la teoría de la evolución), del bien (y su contrapartida el mal y el drama del holocausto) y la belleza (una obra de Mozart, Las bodas de Fígaro) el autor analiza algunos procedimientos para seleccionar las "cuestiones esenciales" o "temas generativos" como disparadores del proceso de comprensión del alumno. Estos ejercicios de comprensión sobre el significado de la verdad, del bien y de la belleza son ciertamente muy recomendables y forman parte de un proyecto educativo apasionante a cargo del equipo de investigadores de Harvard. Una de las conclusiones del estudio de Gardner es que "debemos aceptar la ruda realidad. Se puede ser inteligente sin ser moral, creativo pero no ético, sensible a las emociones y no usar esta sensibilidad al servicio de los demás. Debemos aceptar que se puede reconocer la verdad pero mantenerse ciego frente a la belleza y la bondad". Ante esta situación, que todos conocemos y padecemos, el educador tiene la responsabilidad de integrar las tres dimensiones trascendentes de la verdad, el bien y la belleza en un proceso constructivo que irá siempre más allá de la enseñanza formal. Un aprendizaje basado en la necesidad de comprender no es una receta con éxito asegurado. Es más, nadie puede afirmar que sea transferible de una escuela a otra, de una cultura a otra. Hay en todo lugar y tiempo una tensión permanente entre dos polos: entre la extensión y la profundidad de los conocimientos impartidos, entre los beneficios utilitarios de la instrucción y el crecimiento intelectual por sí mismo, entre una educación uniforme y centralizada y otra individualizada y diferencial, entre una educación pública o privada, entre una tendencia que ignora o fusiona las disciplinas y otra que enfatiza el dominio por parte del alumno de una determinada disciplina, entre quienes minimizan las evaluaciones y quienes se basan en exámenes rigurosos, entre aquellos que desean bajar las exigencias y los que buscan la excelencia, entre una educación que hace alarde de la tecnología y otra que enfatiza la dimensión humanística. Gardner comparte, por una parte, el pensamiento liberal y progresista que favorece la profundidad sobre la extensión, la construcción sobre la acumulación, la búsqueda del conocimiento más que la utilidad, la diferenciación más que la uniformidad, una educación focalizada en el alumno más que en el profesor. Pero al mismo tiempo, defiende una educación firmemente basada en el dominio de las diferentes disciplinas, que emplea pruebas, realiza evaluaciones y exige el mayor standard en el trabajo del alumno y del profesor. En todo este amplio espectro de temas y problemas, Gardner nos enseña a respetar y estimular la diversidad de enfoques y la pluralidad de representaciones mentales dentro de cada disciplina. Sabe que no hay trabajo solidario posible entre las disciplinas sin la creación de un fundamento riguroso en cada una de ellas. Pero no se hace ilusiones: la interdisciplina es un ideal. Hay experiencias educativas muy exitosas en el mundo que han fracasado al ser transplantadas. No existe, en definitiva, un modelo único en la educación.
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