La verdad sobre Venezuela

Por Janet Kelly Para LA NACION
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20 de diciembre de 2001  

CARACAS.-Cualquier observador que lea la gran prensa internacional pensará, probablemente, que Venezuela está hundida en una crisis profunda. Con un presidente excéntrico, que lideró un golpe fallido sólo para regresar a imponer su modelo, mezcla de socialismo cubano, dictadura latinoamericana de oropel y fervorosa prédica política, la pobre Venezuela parece condenada a la ruina.

En verdad, una paradoja la persigue: si los de afuera nos ven tan mal, quizá los venezolanos estemos perdidos, sea cual fuere la realidad que percibimos a nuestro alrededor. Por supuesto, la mayoría de las opiniones extranjeras acerca de un país provienen de fuentes locales. Un porcentaje desproporcionado refleja al reducido grupo que habla inglés, viaja al exterior y pertenece a la clase más rica: en suma, una muestra difícilmente imparcial. El poder de la prensa extranjera inquieta a los que se interesan por el bienestar de Venezuela, por cuanto las percepciones afectan las realidades, incluidas las inversiones extranjeras, las primas de riesgo sobre deudas, el turismo y la salida de capitales.

Son pocos los que sostienen que, con Hugo Chávez, todo anda de parabienes. Acosado por una oposición pequeña y desorganizada pero astuta y tenaz, que sigue todos sus pasos y pregona sus frecuentes tropezones, el índice de popularidad del presidente ha caído a pico: en 1999 superaba el 80 por ciento y hoy sólo llega a la mitad. Cualquier gobierno prevé un desgaste de su popularidad, especialmente en una sociedad con tantos problemas inmanejables: desocupación, criminalidad, alta mortalidad infantil, etcétera. A Vicente Fox en México, Fernando Henrique Cardoso en Brasil, Fernando de la Rúa en la Argentina y Alejandro Toledo en Perú tampoco les va muy bien en cuanto a popularidad, pero como parecen mejores ciudadanos de este mundo globalizado, no reciben la paliza pública que viene soportando Chávez.

Su popularidad se vino abajo a partir del 11 de septiembre, por obra de sus comentarios públicos y por la alharaca que armó el sector privado al publicarse 49 leyes dictadas por Chávez amparándose en sus poderes especiales, casi sin consultar a la Asamblea Nacional. Exasperados por su arbitrariedad, los empresarios anunciaron un paro de veinticuatro horas y expresaron serias dudas sobre una estrategia internacional que parecía más partidaria de Osama ben Laden que de George W. Bush.

A las elites venezolanas pronorteamericanas se les puso la carne de gallina cuando Washington llamó a su embajadora, Donna Hrinak, “en consulta” por las jugarretas, de aparente estilo castrista, del presidente Chávez. ¿Quién otro habría mostrado por televisión, en horas pico, imágenes de niños afganos muertos, mientras denunciaba el uso de métodos terroristas para combatir el terrorismo? Si el mundo está con los Estados Unidos o contra ellos, se diría que Chávez eligió el bando equivocado. Los intelectuales quizá puedan decir impunemente las cosas que él ha dicho; los jefes de Estado, no.

Hechos incontestables corroborarían la imagen de Venezuela que pinta la prensa internacional. Al cabo de tres años de gobierno de Chávez, persiste la pobreza, el índice de criminalidad es aterrador y los niños sin techo aspiran pegamento en las calles, pese a la ingenua promesa presidencial de darles alojamiento. Pero, ¿la situación es acaso mejor en Río de Janeiro? La diferencia radica en las expectativas y en la simpleza del propio Chávez, al creerse capaz de cambiar las cosas prontamente con una cachiporra hecha de buenas intenciones y una hueste de partidarios inexpertos (y, a menudo, oportunistas) invadiendo una burocracia estatal ya patética.

Pero otros hechos hablan claro. Las encuestas indican que sólo un 25 por ciento de los venezolanos califica al gobierno de “malo” o “muy malo”, aunque una mayoría abrumadora rechace la afición presidencial a monopolizar las ondas una vez por semana, y desplazar así a sus telenovelas favoritas. Lo ven demasiado agresivo, creando conflictos no deseados cuando lo que ellos quieren es paz y tranquilidad. Aun así, el 68 por ciento reconoce que Chávez puede resolver los principales problemas del país.

Ahorro del superávit

Rara vez se informa que tras veinte años con un 30 ó 40 por ciento de inflación media anual y picos superiores al 80 por ciento que pulverizaban los ingresos, los precios suben menos desde que gobierna Chávez. En 2001 hubo un 13 por ciento de inflación. Los venezolanos saben que el PBI experimenta un módico ascenso desde hace dos años. En 2001, el sector privado creció más del 5 por ciento, las ventas de automóviles se incrementaron un 50 por ciento y hubo una leve mejora en los niveles de empleo, especialmente en el trabajo “en blanco”. Luego de varias décadas de controles cambiarios y de precios, la economía lleva tres años disfrutando del comercio abierto, la libertad de precios y el libre cambio monetario. Los comercios están llenos de mercaderías. Caracas no es La Habana.

Por primera vez en la historia, el gobierno ha ahorrado el superávit de ganancias petroleras para los próximos tiempos flacos. La deuda externa es una de las más bajas de América Latina, si la comparamos con el volumen de la economía. La Asamblea Nacional está negociando una Ley de Seguridad Social que podría resultar razonable; respecto a la Ley de Educación, va pasando de un revés a la concertación de acuerdos entre las partes en pugna. Pero entonces, ¿por qué los mercados financieros internacionales califican a Venezuela como un país de mayor riesgo que el resto de América Latina, salvo la quebrada Argentina? Es un enigma.

Los críticos responden que el “populismo” de Chávez cederá ante una crisis, cuando la caída de los precios del petróleo se haga sentir. La insostenible salida de capitales, acicateada por las dudas en torno a Chávez, la democracia y el futuro del capitalismo, es de mal agüero para la estabilidad en años venideros. No obstante, con el gobierno gastando alrededor del 22 por ciento del PBI, las acusaciones de socialismo no surten efecto.

También afirman los críticos que la insistencia de Chávez en que el Estado siga siendo el accionista mayoritario en la producción petrolera ahuyentará a los inversores, aunque su Ley de Hidrocarburos sea más liberal que la antigua, en particular para los nuevos proyectos de explotación del gas natural y actividades derivadas. La Ley Agraria no difiere mucho de la anterior, olvidada en los textos durante cuarenta años; sin embargo, dicen que asfixiará las inversiones agrícolas y ganaderas, y que constituye un ataque directo a la propiedad privada.

¿Cuál es, entonces, la verdad acerca de Venezuela? Esa verdad es que el país encara cambios difíciles, mientras zigzaguea a través de negociaciones complicadas entre intereses legítimos y antagónicos. Ciertamente, sin una oposición fuerte, el gobierno de Chávez viraría demasiado a la izquierda; sin Chávez, carecería por completo de quilla. El equilibrio exige que los de afuera no desestabilicen la nave de un Estado que ya viene soportando una travesía turbulenta.

© Project Syndicate

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