
La violencia en las calles
Por Rodolfo Rabanal (para La Nación )
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La evidencia de que más personas mueren a diario abatidas en el curso de un asalto a mano a armada, o como víctimas fortuitas de un cruce de fuego entre policías y ladrones, o entre delincuentes y asaltados que han aprendido a defenderse por sí mismos forma parte hoy del duro panorama cotidiano que ofrecen Buenos Aires y el país entero, y hasta se diría que ocurre como si la escenificación del mal -un mal no metafísico, sino delictivo, craso y demoledor- hubiese escapado de los marcos ficcionales que antaño le conferían, al menos, dignidad literaria, para volverse mera desdichada estadística o motivo de estrategias disuasivas muy poco originales o incapaces, todavía, de imponer una solución duradera a un daño creciente.
De hecho, es difícil que hoy no conozcamos a alguien que haya sido asaltado una o más veces en el término de, por lo menos, dos años, o que haya sido víctima de algún intento de robo, o bien testigo impotente de un hecho de violencia en plena calle.
Vengadores urbanos
Además, empezamos a conocer al hombre corriente que resolvió tomar las armas como si fuera un pionero del Far West o el vengador implacable en un pueblo de justicia fantasma. Esta especie de Llanero Solitario rara vez vocacional (el ejemplo no sería precisamente el ingeniero Santos) encarna en un farmacéutico de Barrio Norte o en un quiosquero de Saavedra, personas normalmente inofensivas y pacíficas, convertidas de la noche a la mañana en defensores armados de su integridad personal, de la de sus familias y bienes materiales.
Esta otra novedad de la violencia en las calles (¿es justo habituarnos al maltrato criminal y responder con nuestras propias manos?) modifica nuestros puntos de vista respecto de la vida en las grandes ciudades y plantea nuevas preguntas sobre el destino gregario de la gente, sobre todo cuando ninguna clase social está a salvo del frenesí y la agresividad delictiva que se ha desencadenado como un azote, tanto sobre el marginado habitante de la Villa 31 de Retiro como sobre el próspero empresario de Barrio Parque.
La violencia de los asaltos, los excesos de crueldad y el hecho de que entre los integrantes de las bandas se encuentren chicos drogados cada vez más jóvenes pintan un cuadro de exclusión cuyos orígenes han de estar seguramente en los tres millones de personas desocupadas y semiocupadas que todos los sondeos, con diferencias poco importantes, coinciden en registrar. Si se piensa que esas personas carecen en la Argentina de todo sustento asistencial, no es demasiado complicado llegar a conclusiones que pongan el mayor acento en problemas sociales de difícil solución.
Hay algo profundamente desolador en esta especie de juego -patético- en que cualquiera es capaz de matar a otra persona para robarle doscientos pesos o un par de zapatillas deportivas de suelas acolchadas. Los móviles, a primera vista, son irrisorios e irrelevantes por su insalvable trivialidad: nunca se vieron tan absurdos, banales y patéticos objetos del deseo. A menos que, como suele ocurrir con escandalosa frecuencia, el motivo del crimen sea el hambre, y, entonces, ¿a quién atribuir la vergŸenza y la culpa? El hambre, es cierto, admite algunas subdivisiones: hay hambre tanto de droga como de pan, lo cual, en el fondo, quizá termine por formar parte del mismo problema.
El espacio vacío
Pero, además, ¿qué hace un excluido con su tiempo? Nadie mira tanta televisión como una persona desocupada; nadie se hunde tanto en fantasías nihilistas donde no queda espacio para la verdadera esperanza aunque sí, paradójicamente, para el tormento de los deseos insatisfechos. Este espacio, o vacío, de la vida civil ocupado tan sólo por la "telerrealidad" plantea un problema decisivo a las democracias modernas: si la finalidad de un régimen abierto consiste en asegurar el respeto de cada uno en el ejercicio de una libertad que borre todas las diferencias de oportunidades, ¿cómo hacer para que la realidad económica no desmantele la realidad política provocando humillaciones, amarguras y resentimientos entre los que quedan al margen del proceso de desarrollo?
Por ahora, las respuestas pertenecen al catálogo de las intenciones: la Justicia sigue siendo defectuosa o sencillamente inadecuada, el trabajo de los menos no alcanza a cubrir la necesidad de los más, y los niveles de desocupación fluctúan en un plano que todavía debe ser considerado motivo de grave preocupación. Por lo demás, la figura del héroe anónimo, aquel que hace justicia por sí mismo, no es un buen signo: pasar de la dimensión doméstica a la dimensión trágica significa asimilar una alteración brusca en las ideas que uno tiene sobre el valor de la vida, y quien mata a otro, aunque lo asista la razón y la justicia contemple favorablemente su actitud, ha de sentir que pisó un terreno al que nunca debió ser empujado.
Prójimo y enemigo
Como alternativa no desdeñable, prospera la tendencia a habitar suburbios protegidos, en medio de la naturaleza y lejos de los grandes centros urbanos. El estilo country ya es un hecho, pero no lo asisten todas las garantías: en muchos sentidos, es ésta una nueva forma de exclusión, cuya seguridad se torna crítica no bien se traspone la puerta de entrada. Por lo demás, el aislamiento podría fortalecer la idea del pensador francés Paul Virilio, para el cual hoy el verdadero enemigo es el vecino inmediato, el prójimo con el que compartimos el palier y cuyos ruidos y presencia inoportuna nos sacan de quicio porque pretende comprometernos y arrebatarnos de nuestro aislamiento. Nada más representativo de esta aberración que la casa con rejas, visible desde la autopista Arturo Illia, con las que un morador de la Villa 31 busca protegerse de sus propios vecinos. © La Nación





