Las banderas centroamericanas
Por Alfredo Vítolo Para LA NACION
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Esta nota que escribo tiene cuarenta y tres años de atraso. A fines de 1961 viajábamos de luna de miel con mi mujer por Europa, y en Berna fuimos recibidos por un viejo y querido amigo de mi familia, el Dr. Pablo Singer, por ese entonces consejero económico de la embajada argentina en la Confederación Helvética. En uno de los paseos por los alrededores de la capital se incorporó al grupo el brigadier Llosa, embajador argentino ante el gobierno de Yugoslavia, que se encontraba de paso por Suiza. El brigadier Llosa había sido, hasta hacía poco, nuestro embajador en Costa Rica.
Durante el almuerzo se refirió a los estudios que había realizado en relación con la enorme trascendencia que había tenido en América Central la independencia argentina, la única que se mantenía incólume y servía de ayuda y ejemplo a las demás naciones americanas que, alrededor de 1820, luchaban por su libertad. Como consecuencia de ello, y en homenaje a la acción que desplegaba nuestro país, todas las banderas de las naciones de la región tenían los colores azul y blanco de nuestra insignia nacional.
Profundizando la investigación, pudo determinar que la idea la había tenido don Manuel José Arce cuando los salvadoreños lo nombraron jefe de las fuerzas nacionales que se oponían a la anexión de su país a México, en 1822. Al recordar los colores que enarbolaban los próceres argentinos, San Martín y Belgrano, como símbolo de libertad, comunicó su idea a doña Felipa Arazamendi, su esposa, y a su hermana, Antonia Manuela. Ambas mujeres, con seda blanca y azul, confeccionaron la bandera de la provincia de El Salvador, que, en ceremonia solemne celebrada en la iglesia catedral, con asistencia del pueblo y de las tropas, fue jurada y bendecida el 20 de febrero de 1822, después de la misa de campaña. "Con ella, como lábaro, se cubrieron los ejércitos salvadoreños hasta caer vencidos por la superioridad del adversario." Esto surgía del documento N° 10, caratulado "Los símbolos patrios", editado por el Ministerio de Cultura de la República de El Salvador, del que era autor el Sr. Francisco Espinosa. Agregó que esos datos fueron confirmados muchos años después en un artículo publicado en el diario La Prensa de esa nación el 29 de marzo de 1960, que había sido escrito por el conocido jurista e internacionalista Dr. Ramón López Jiménez.
También dijo que, proclamada en Guatemala la independencia centroamericana, y al constituirse la Federación que agrupaba a los países de la zona, la Asamblea Nacional Constituyente, por resolución del 21 de octubre de 1823, la adoptó como bandera común para todas las naciones federadas.
Al disolverse la Federación Centroamericana, a mediados el siglo XIX, todas las naciones que la habían integrado -Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua- mantuvieron, con algunas variantes, el azul y blanco en sus respectivas banderas.
Cuando el brigadier Llosa tuvo todos los datos debidamente confirmados, visitó al presidente de la República de Costa Rica y le propuso que se hiciese un acto patriótico de recordación, lo que de inmediato fue aceptado. Así es como se le impuso el nombre de Manuel Belgrano a una de las más importantes escuelas de San José de Costa Rica, en una solemne ceremonia a la que concurrieron el propio presidente y su gabinete. Nuestro embajador donó la bandera oficial y se descubrió una placa en referencia al acontecimiento.
El relato de Llosa me impactó y me comprometí a que tan pronto regresara a Buenos Aires publicaría un artículo al respecto, en razón del desconocimiento que los argentinos tenemos sobre este tema.
Cuando regresé a Buenos Aires, primero por falta de tiempo y luego por haber traspapelado los antecedentes, el artículo se fue postergando y nunca se publicó. Días pasados, revisando y ordenando mi archivo personal, me reencontré con la documentación, y, en cumplimiento de la promesa realizada, lo escribo a cuarenta y tres años de aquel almuerzo en la campiña suiza.
Los argentinos de hoy debemos conocer estos hechos y reflexionar sobre ellos. Podremos así comprender y valorar las gestas de mayo de 1810 y la declaración de la Independencia, el 9 de julio de 1816, cuando en precarias condiciones, sin recursos económicos y militares, sin apoyos externos significativos, pero con clara vocación por la libertad, un grupo de hombres pudo poner de pie una nación y convertirla en liberadora de pueblos hermanos a nivel continental. Nuestra epopeya libertadora confirmó en América Central, como lo había hecho en Chile y en Perú, los versos de nuestro Himno Nacional: "Se levanta a la faz de la tierra una nueva y gloriosa Nación".
Estos tiempos, transcurridos casi dos siglos, nos exigen recuperar la dignidad perdida y la confianza en nosotros mismos, sin dejar de considerar que somos parte de un mundo interdependiente.
Debemos volver a la cultura del esfuerzo y del trabajo, en una sociedad democrática, ética, solidaria y equitativa. Por el camino del privilegio, la frivolidad, la corrupción y el culto al dinero, no alcanzaremos el progreso. Bernardo Houssay, en 1940, citado por Alejandro Bunge en su obra Una Nueva Argentina, ya nos marcaba las pautas necesarias para recuperar nuestra grandeza: "Es preciso comprender que ha llegado la hora de restaurar la pureza de las instituciones republicanas y que para ello es imperioso abandonar las tendencias a la vida fácil y al lujo, la tolerancia a las transgresiones morales y la falta de sanciones. Es preciso inculcar en los argentinos la noción del deber, del servicio público y de la obligación imprescriptible de todo hombre de trabajar, y de trabajar bien. Hay que hacer comprender que hay deberes y no sólo derechos, y que no puede existir firmeza de cualquier régimen político si no se fundamenta en el patriotismo abnegado, la austeridad y rigidez en la moral pública, y en una voluntaria y sólida disciplina".

