
Las ideas del apogeo y de la decadencia
En Crítica de las ideas políticas argentinas (Sudamericana), Juan José Sebreli estudia los fundamentos ideológicos de las corrientes que dominaron el país
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El fracaso argentino es un enigma histórico difícil de descifrar. ¿Qué sucedió con una de las naciones más ricas del mundo, a comienzos del siglo XX, cuando cincuenta años después empezó una declinación paulatina, casi imperceptible, para luego entrar en una espiral vertiginosa que la llevó, a inicios del siglo XXI, al colapso?
El misterio de la caída económica debe buscarse, en parte, en otro enigma argentino: cómo fue posible que llegara al cenit un país que hasta los años setenta del siglo XIX era todavía relativamente pobre y atrasado, cuya expansión económica estaba obstaculizada por los malones, la escasez de mano de obra, la distancia, la ausencia de instituciones estables y también la desfavorable situación geográfica.
La conquista del desierto, la incorporación de tierras vírgenes, la inmigración, los nuevos sistemas de comunicación y transporte -el ferrocarril y el barco de vapor-, la aparición del frigorífico, que permitió el comercio exterior, habían ido solucionando aquellas desventajas. En 1876 partía de Buenos Aires, rumbo a Europa, el primer barco con carne congelada, iniciando un ciclo expansivo sin precedente. Este auge inusitado contribuyó al final del ciclo de las guerras civiles y a la difícil unificación del país, ya que la riqueza de la nación permitía subsidiar a las provincias improductivas. Con la federalización de Buenos Aires -en 1880- se establecieron, por primera vez, un Estado de alcance nacional e instituciones indispensables para una economía integrada al mercado mundial. La combinación de todos estos factores dio origen al gran boom económico, y entre 1880 y 1930 la Argentina ostentaba las cifras más altas de crecimiento económico y un producto bruto por encima del promedio mundial.
El pasaje de la modesta sociedad poscolonial a la próspera sociedad capitalista integrada al mundo provocó cambios sustanciales en el estilo de vida y las costumbres.
La abundancia no se limitaba, como después dirían los críticos de esa época, al goce hedónico de los bienes materiales por las clases altas. Junto al crecimiento económico se dio un desarrollo cultural que destacó al país del resto del continente. Hacia las primeras décadas del siglo XX, tanto la alta cultura como la industria cultural argentinas se difundían por todo el mundo hispanohablante: los libros, las revistas y el cine argentinos tenían un amplio público en España y América latina, los jóvenes latinoamericanos aspiraban a estudiar en universidades argentinas. Testimonio del esplendor de esa época quedó, casi como una ruina histórica, la ciudad de Buenos Aires, creación exclusiva de la oligarquía ilustrada, desde el decorado art nouveau del intendente Torcuato de Alvear, en los ochenta, hasta el escenario art déco de Mariano de Vedia y Mitre, en los treinta. La infraestructura, los servicios públicos, los medios de circulación y transporte, la urbanización y el embellecimiento, la apertura de avenidas, edificios públicos, monumentos, instituciones culturales y artísticas de fama mundial -el Teatro Colón- proceden de entonces y, aun cuando ya habían desaparecido los fundamentos de su riqueza, seguían asombrando a los viajeros: Jürgen Habermas la consideró una weltstadt; André Malraux la llamó "capital de un imperio que nunca existió". La oligarquía la había erigido como una escenografía fastuosa acorde con su protagonismo y, a la vez, como un monumento destinado a celebrar su triunfo.
Si Buenos Aires había sido un símbolo de las clases dominantes en su momento de grandeza, también lo fue de su decadencia. El futuro promisorio, el apogeo que se suponía no iba a terminar nunca, era una quimera, pero había sido suficiente para sentar los cimientos de una gran ciudad hecha para la eternidad, aunque su destino, entonces imprevisible, fuera quedar inconclusa. Las clases, o segmentos de clase, que sucedieron en el poder a la oligarquía ilustrada sólo vivieron en el corto plazo, sin tiempo para ocuparse de un proyecto de gran ciudad. Buenos Aires comenzó un proceso de deterioro cada vez más acelerado y a vivir de la nostalgia de un pasado de esplendor fugaz.
La larga crisis argentina -cuya culminación es la debacle actual- tuvo un doble carácter: económico y político. No se puede determinar si la crisis económica provocó la crisis política o viceversa, si se influyeron recíprocamente, si se retroalimentaron una a la otra. Ambas crisis fueron largos procesos graduales -por momentos imperceptibles-, aunque admiten puntos nodales, fechas clave, hitos: 1930 marca el inicio de la crisis política; 1950, el de la económica; los años 2001-2002, la conjunción de ambas en su clímax.
Es fácil explicar las causas coyunturales que provocaron la crisis en esas fechas puntuales, pero éstas respondían, a la vez, a condicionamientos estructurales que venían de lejos y eran más profundos y complejos. El huevo de la serpiente se incubaba desde mucho antes. En la década del diez, la del apogeo, ya era posible advertir las grietas del imponente edificio, aparentemente tan sólido. La crisis política comenzaba en el mismo momento en que se intentaba establecer la legitimidad del poder. La crisis económica también mostró sus primeros síntomas, en 1890, en medio de los fastos de una década gloriosa. Las causas serían similares en las sucesivas crisis, incluyendo la de 1989 y la de 2001: una sociedad empeñada en vivir por encima de sus posibilidades incurría en gastos que superaban las ganancias, consumía más de lo que producía. El déficit fiscal generaba deuda externa, los intereses de la deuda se pagaban con nuevas deudas o con inflación, hasta que -en períodos recesivos- se llegaba a la quiebra del Estado.
La clase dirigente, portavoz del liberalismo conservador y representante de la clase dominante -la burguesía terrateniente agroexportadora de la pampa húmeda, llamada por sus admiradores aristocracia o familias patricias y por sus adversarios oligarquía-, basó su éxito en el comercio exterior y en la inversión de capitales extranjeros, ambos ligados a una provechosa alianza con Gran Bretaña, la potencia por entonces hegemónica. La coyuntura del mercado mundial -alza de los productos alimentarios y baja de los industriales- era extraordinariamente favorable a la Argentina, y los grandes propietarios rurales agroexportadores supieron aprovecharla. El ciclo expansivo del capitalismo, con abundancia de capitales excedentes en los países avanzados de Europa, impulsaba a los empréstitos y a las inversiones en los países emergentes.
La división internacional del trabajo, considerada por los nacionalistas como causa de todos nuestros males fue, por el contrario, la condición ineludible para el insólito crecimiento de los ochenta.
El lado negativo de estas ventajas era la dependencia de factores externos que volvía a la economía argentina vulnerable a los cambios en el mercado mundial, a las fluctuaciones de la demanda y a las oscilaciones de precios en las relaciones de intercambio. La propia industria nacional dependía de este comercio, ya que los insumos eran importados.
Las circunstancias adversas se sucedieron: Gran Bretaña perdió su hegemonía mundial y, por lo tanto, se deterioraron esas particulares relaciones comerciales. Simultáneamente -como consecuencia de la Primera Guerra Mundial y de la crisis de 1929- disminuyeron los capitalistas europeos dispuestos a invertir en el exterior. El avance tecnológico que expandió la producción agraria y el número de países competidores provocó la inversión de la relación de precios en el mercado mundial; bajaban los productos agropecuarios en la misma proporción en que aumentaban los industriales.
La clase económicamente dominante que había sabido aprovechar las ventajas careció, en cambio, de habilidad para enfrentar las desventajas. El rápido enriquecimiento había creado un clima de optimismo megalómano, un sentimiento de omnipotencia que obstaculizó la adaptación a las nuevas condiciones adversas. El éxito prematuro, la ganancia fácil, condujeron al enceguecimiento y a los posteriores fracasos.
Debe descartarse la teoría conspirativa que culpabiliza a la oligarquía aliada al imperialismo por mantener al país en el estadio de productor de materias primas e impedir el desarrollo industrial. A los ingleses no les preocupaba demasiado la competencia de la incipiente industria argentina, como lo prueba la total falta de referencia a ese tema en los archivos del Foreign Office. Por otra parte, en el ámbito local no hubo antagonismos entre la burguesía ganadera y la industrial, más aún, ambas estaban vinculadas por estrechos lazos. Si la industria no logró predominar se debió a razones pragmáticas: no era plausible que la clase capitalista relegara una producción que le daba ganancias espectaculares y fáciles, para dedicarse a una aventura complicada, riesgosa y con menores rendimientos inmediatos.





