
Las mil y una noches en Bagdad a oscuras
Por Neil Mac Farquhar The New York Times
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BAGDAD
Los miembros de la Orquesta Sinfónica Nacional iraquí (ellos, de etiqueta; ellas, de largo, y todos, de negro) acababan de ocupar sus lugares en la última noche de su semana de conciertos navideños, cuando la electricidad se cortó y la sala quedó en tinieblas. Por unos minutos, la función continuó en un ambiente onírico. Una nota del oboe flotó en el aire guiando a los músicos que afinaban sus instrumentos, hasta que pegaron a los atriles velas encendidas para iluminar las partituras. Iniciaron el concierto con una obertura. Luego, el tenor Emad Jamil cantó el "Agnus Dei" de La arlesiana , de Bizet. Pero al dar vuelta las páginas de sus partituras apenas legibles, el nerviosismo de los músicos fue en aumento: temían que las velas prendieran fuego al papel. No llegaron a tocar la última obra, un concierto para piano de Bach.
"Se diría que estábamos en los tiempos de Bach--bromeó más tarde Jamil con amargura-. Pero, al menos, pude sumergirme en la música y olvidarme de mí mismo. Por un rato breve, sólo hubo música. Es muy duro vivir pensando que pronto tendremos otra guerra."
La clase media, cuesta abajo
Bagdad solía enorgullecerse de ser la encarnación viviente de Las mil y una noches , una ciudad cosmopolita donde los refinados conciertos y funciones teatrales o de cabaret duraban hasta altas horas de la noche y la clase media mantenía a flote a todas las editoriales del mundo árabe. Desde que estalló la guerra de ocho años entre Irak e Irán, en 1980, los iraquíes han rebotado de crisis en crisis. Y tras la imposición de sanciones económicas a raíz de la invasión iraquí a Kuwait, en 1990, su otrora floreciente clase media ha recorrido a tientas una noche interminable con niveles de vida cada vez más bajos.
Ahora se ven aprestándose para una nueva conflagración en la que tienen poca voz. Responden aferrándose a los restos de normalidad, ora desafiantes, ora abatidos. "En la vida, el dolor tiende a durar un poquito más que la alegría. Así pues, intentamos tocar apenas la alegría para aliviar el dolor", dice Abdul Razak al-Alawi, que ayudó a fundar la orquesta en 1950 y la dirige desde 1974. En 1985, un misil iraní cayó sobre su casa y mató a sus dos hijos, un niño y una niña que cursaban la escuela primaria.
La mayoría de sus compatriotas buscan cualquier evasión breve, si bien hasta la comicidad tiende a girar en torno a su desesperación. Noche tras noche, colman el Teatro Nacional para ver Vagabundos, una obra que ironiza amablemente su conversión en una nación de mendigos. Los intelectuales se quejan de que la mayoría de las obras teatrales tienen argumentos endebles, una parte musical demasiado larga (duran hasta cuatro horas) y muchas payasadas. Los personajes más festejados son aquellos que reflejan los tristes cambios que trastornaron a un país ayer rico.
"Imagine cuán difícil es hacer reír a un pueblo después de veinte años de guerra y doce de sanciones", me dice Abed Ali Qaed, autor y director de Vagabundos . Y acota, jugando con un habitual comentario político: "La conspiración sionista-norteamericana contra nuestro pueblo consiste en matar nuestra capacidad de reír".
Se sienten atrapados en una zona en penumbra. El trueque programado de petróleo por alimentos, iniciado en 1996, alivió un tanto las sanciones draconianas de 1990, pero casi todo lo que Irak necesita comprar debe ser aprobado por la ONU. Sahar N. Kharrufa, profesor de arquitectura en la Universidad de Bagdad, advierte que sus estudiantes tienen una visión de la vida mucho más estrecha. "Jamás visitaron un museo, un teatro, un cine, una biblioteca. En general, la calidad de este tipo de lugares se ha degradado", explica. Preguntamos a su colega Abdul Sattar Jawad, director del Departamento de Inglés, qué significa para él la frase "cambio de régimen" (eufemismo con que el gobierno de George W. Bush alude al derrocamiento de Saddam Hussein). "Es una expresión de deseos -responde-. El verdadero respeto por los derechos humanos debería implicar el levantamiento de las sanciones de la ONU. ¿De qué sirve cambiar el régimen si traemos a otro grupo de traidores?"
No es fácil calibrar qué sentimientos provocan en Bagdad los dichos y actos del gobierno de Bush respecto a Irak. Efectué casi todas mis entrevistas en presencia de uno de los "pastores" del Ministerio de Información, que guían al rebaño de periodistas extranjeros. Sin duda, los iraquíes temen las privaciones que acarrearía otra guerra y pocos querrían ser súbditos de una colonia norteamericana. Pero al tomarlos desprevenidos en una playa de estacionamiento, un ascensor o un almacén, de pronto hablan sin tapujos: "Si no fuera por los norteamericanos, no se habrían vaciado las cárceles", dice un hombre, refiriéndose a la amnistía general de octubre. Otro señala un monobloque de cemento, típicamente deteriorado, y protesta: "Este debería ser el país más rico del mundo. Entonces, ¿por qué la gente vive así?"
Deseos a la luz de las velas
La historia de la única orquesta sinfónica iraquí sigue la misma trayectoria de desarrollo y decadencia. Fundada como un conjunto reducido, a principios de los años 70, ya era una orquesta completa de 70 músicos, incluidos entre 20 y 30 extranjeros. Hoy se ha reducido a unos 45. Las grandes obras sinfónicas exceden sus posibilidades. Ha vendido en el exterior la mayoría de sus mejores instrumentos. Las partituras de reemplazo son caras y difíciles de conseguir. Sus miembros fundadores ganaban 10 dinares (30 dólares) por mes; era un sueldo regio. Hoy ganan 25.000 dinares (12 dólares), un poco menos del costo de un nuevo juego de cuerdas. Todos tienen un segundo trabajo. Uno de los cornos es taxista. El único fagotista repara calefactores eléctricos. El tenor Jamil muele café.
Procuran dar un concierto por mes, pero a veces demasiados músicos faltan a los ensayos, retenidos por su empleo adicional. El público asiste fielmente a las funciones. "Todos los buenos músicos se han retirado o han emigrado. Aun así, esto es mejor que pasar una velada solitaria en casa, sin saber cuándo podrían cortar la electricidad", se resigna un sexagenario con varias décadas de asistencia asidua.
Momentos después, la sala quedó a oscuras. Antes de cantar, Jamil avanzó hasta el borde del escenario, dijo que la luz de las velas parecía bendecir esa noche y deseó a todos una feliz Navidad y un Año Nuevo mucho más dichoso. Desde las tinieblas, una voz respondió en inglés: "Todos siempre expresan deseos, pero nada cambia. Jamás".
(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)





