Las noticias falsas

El mejor antídoto aplicable contra las fake news será siempre el ejerciciode un periodismo serio, riguroso y de calidad
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1 de julio de 2018  

Las tecnologías de la comunicación irrumpieron hace más de veinte años de forma tan arrolladora que dejaron enmudecidas a las instituciones políticas. Todo fue alabanzas por esa revolución aún en marcha, entre cuyos resultados asombrosos arroja el de una conectividad que ha vinculado a la humanidad más que en ninguna otra época de la historia. De un tiempo a esta parte, sin embargo, las noticias principales concernientes a internet refieren a cuestiones a las que los Estados y los individuos prestaron a lo largo de dos décadas mucha menos atención que en el presente.

En el centro del debate planetario se hallan las fake news, que se pueden traducir literalmente como "noticias falsas". Acaso sea preferible, por el carácter de las controversias, tratarlas como noticias manipuladas por quienes disponen de medios suficientes para que así sea en los dominios de la red global.

El gobierno ruso de Vladimir Putin ha sido señalado, más que cualquier otro, de haber abusado de procedimientos repudiables a fin de interferir en procesos electorales como los del referendo que ha llevado a Gran Bretaña a punto de abandonar la Unión Europea, o a Donald Trump a ingresar, contra la mayoría de los pronosticadores, en la Casa Blanca.

Fake news ha habido en todos los tiempos. A raíz de las crecientes demandas por poner coto a su florecimiento incontenible en todos los órdenes, han surgido voces de alerta sobre la prudencia con la cual se debe actuar en el establecimiento de regulaciones so pretexto de defender algunos de los grandes valores de las democracias jaqueadas.

Se hallan en juego, desde luego, tanto la intimidad de las personas y la necesidad de ponerlas a salvo de injurias y calumnias como el anhelo de articular procedimientos que protejan el orden público y el interés social de que las personas estén debidamente informadas. El tema es cómo lograrlo sin que se corra el riesgo de ahogar las calidades del sistema institucional y las libertades y los derechos públicos e individuales a los que se procura salvaguardar.

Un ejemplo es lo que sucede en Francia. El gobierno incuestionablemente democrático del señor Macron ha avanzado en un proyecto de ley con la voluntad de que haya mayor transparencia en las plataformas digitales. Autorizaría así a un juez a interrumpir la difusión de informaciones falsas y proporcionaría medios para silenciar los servicios de televisión de un Estado extranjero en lo que todos entienden constituiría una respuesta al accionar de cadenas rusas fácilmente dependientes del humor autoritario de Putin y útiles a las tácticas solapadas que se le imputan a este en Occidente.

Por buenas que hayan sido sus intenciones, cayeron sobre Macron críticas desde la izquierda y la derecha. "Cuando el poder comienza a definir lo que es la verdad -se le dijo-, la democracia está en peligro". "Si mañana cuestionamos las cifras de desempleo -refutó otro-, ¿será eso considerado fake news? ¿Dónde está el cursor entre la verdad oficial y la libertad de expresión?

Habrá que trabajar con mucho cuidado para que el remedio no sea peor que la enfermedad. Sabemos que es fácil ir contra las páginas desde las que se promueve la violencia, el odio racial y la prostitución, pero también que no todas ofrecen un blanco tan perfecto para la corrección moral y legal a la que aspira una objeción creciente frente al desmadre de las redes sociales.

Los comparendos de Mark Zuckerberg, cabeza visible de Facebook, ante el Congreso de los Estados Unidos y la Comisión Europea, han culminado con una reiteración de disculpas ya hechas en el pasado, y ahora referidas a la utilización específica de datos personales de los usuarios para ponerlos al servicio de agrupamientos políticos y de intereses comerciales.

Google ha debido actuar también, frente a la ola mundial de críticas y ha compartido de tal modo con Facebook la decisión, recibida con bastante aprehensión, de cambiar el rango de algoritmos a fin de rebajar la calificación de informaciones dañinas. ¿Por qué creer en la probidad de ese recurso?

Las respuestas que han dado a esta crisis de confianza y de escándalo en escala planetaria los gigantes informáticos demuestran que han comenzado a aparecer, después de todo, olas en un océano de aguas que estuvieron por largo tiempo increíblemente quietas.

Aunque perfectibles, y seguramente insuficientes, aquellas medidas han sido rectificativas de una manera de operar que se ha prolongado durante años. Por fuerza de nuevas tendencias, se abrirán seguramente otras cuestiones: temas impositivos, de abuso de posición dominante y vulneración de leyes básicas antimonopólicas -sin las cuales no habría mercados libres y competitivos-, y demás, pero entre todos deberemos seguir estimulando, como cuestión central, la capacidad crítica de los ciudadanos sobre lo que leen, ven u oyen.

Sin esa condición, las democracias son más frágiles de lo conveniente, en particular, ante populismos que jamás vacilan en exacerbar fantasías y valerse de mentiras deliberadas, o bien, del ocultamiento de datos que corresponde a la sociedad conocer, según lo prevé la Constitución nacional. Aquí mismo, en nuestro país, la temeridad de los Kirchner no solo falseó las cifras de su gestión, sino que sancionó, además, a economistas que habían probado la magnitud de lo que se adulteraba de las cuentas públicas.

El debate sobre las fake news realza el papel que cumple el periodismo profesional. Es eso un estímulo y un reto a la vez, pues lo coloca en situación de redoblar esfuerzos como probanza de sus valores. El mejor antídoto contra las mentiras deliberadas será siempre un periodismo riguroso y de calidad.

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