
Las puertas de Jano ¿se abren o se cierran?
A cada dios griego correspondía un dios romano. A la deslumbrante Afrodita, la deslumbrante Venus. Al belicoso Ares, el belicoso Marte. Al seductor Eros, el seductor Cupido. Pero los romanos también tuvieron un dios "exclusivo", que no conocieron los griegos. Su nombre era Jano.
Jano era el dios de las puertas. Su nombre todavía resuena en el inglés janitor, "portero". Lo característico de las puertas es su ambivalencia: a veces se abren, a veces se cierran. Por eso los romanos representaban a Jano mediante dos cabezas puestas de perfil que, tocándose por la nuca, miraban en direcciones opuestas.
Cuando las legiones salían de la ciudad en respuesta a algún nuevo desafío, las puertas de Roma permanecían abiertas hasta que los ciudadanos convertidos en soldados regresaran. Sólo entonces las puertas se cerraban detrás de ellos porque había llegado la hora de otorgarles el triunfo a los vencedores, pero también de llorar a los muertos. Por eso los romanos identificaban al perfil del Jano "abierto" con el futuro y al perfil del Jano "cerrado" con el pasado. Lo cual coincidía con el doble perfil de la condición humana, a veces concebida como proyecto y a veces como memoria. Matinal como la esperanza o vespertina como el examen de conciencia.
Desde el momento que fue un pueblo expansivo, imperial, Roma necesitó su dios Jano. No así Grecia, que no existió como una unidad histórica, sino como el recinto múltiple y plural de genios individuales nunca superados. De ahí que el gran periodista Indro Montanelli, cuando escribió la historia romana la llamó Historia de Roma, pero al escribir la historia griega la llamó Historia de los griegos. No hubo Grecia sino griegos. No hubo romanos sino Roma. Divididos por la policromía de sus ciudades-Estado, por la multiplicidad de la polis, los antiguos griegos nunca llegaron a ser una nación como la Argentina.
¿Pero cuál es el perfil de Jano que hoy prevalece en esta nación argentina que entre todos formamos? ¿Nos fascina el futuro o nos abruma el pasado? A luz de todo lo que pasó esta semana, la pregunta es forzosa: las puertas de nuestro Jano ¿están abiertas o se han cerrado? ¿Vivimos un período fecundo en proyectos o un período de luto y llanto?
Memoria y proyecto
Cuando Ortega y Gasset definió a la nación como "un proyecto sugestivo de vida en común", privilegió una de las caras de Jano. Y así era la Argentina que él visitó en las primeras décadas del siglo XX: una nación encandilada por un futuro de grandeza que prometía y prometía como esas "ruedas de la fortuna" que semejaban, según él, los molinos de viento de la pampa infinita, ese paisaje que no se empieza a mirar por el comienzo sino por el final, por el horizonte que invita al sueño y al proyecto.
Desde esta perspectiva, esos momentos en que una nación se ensimisma, se cierra, lame sus heridas y llora a sus muertos, son necesarios pero breves. El examen de conciencia ocupa apenas los minutos nocturnos que anticipan el descanso. A la mañana siguiente, impetuoso, el futuro volverá.
Y ésta ha sido la historia de las naciones que hoy exhiben los logros del desarrollo. Después de matarse por millones, franceses y alemanes concibieron el formidable proyecto de la Unión Europea. Después de matarse por cientos de miles, los españoles suscribieron los pactos de la Moncloa. A los Estados Unidos apenas los distrajeron grandes tragedias como la Guerra de Secesión, las dos guerras mundiales y Vietnam. Si siguen fieles a las puertas abiertas de su ambicioso proyecto, lo mismo les ocurrirá más temprano que tarde con las heridas aún sangrantes del terrorismo y la guerra de Irak.
Comparadas con estas hecatombes, ¿han sido nuestras heridas tanto más hondas que todavía nos tienen atrapados detrás de las puertas cerradas de la memoria? ¿O nos concentramos tanto en ellas porque nos hemos quedado sin un "proyecto sugestivo de vida en común" que nos impulse con fuerza incontenible hacia un futuro impaciente?
¿O se cree acaso que los argentinos de antaño no tenían en su memoria las espantosas matanzas entre federales y unitarios? Pero también tenían a Sarmiento. La Argentina que salía de su pluma y de sus sueños golpeaba para abrir las puertas de nuestro Jano. Dice el Evangelio: "Dejad que los muertos entierren a sus muertos". Pero a los muertos no se los entierra por falta de cariño o de respeto. Cuando los deudos rompen su dolora procesión, cuando marchan a la luz de un nuevo día, no ignoran ni olvidan a sus muertos: ejecutan al contrario su legado, tratando de darle sentido al sacrificio de los que los precedieron.
El tercer demonio
Dos teorías de la memoria, por ahora, nos desgarran. Según la que dominó en la ESMA el miércoles último, en los años setenta hubo un único demonio: las fuerzas desatadas de la represión sin reglas. Según la teoría que se le opone, no hubo un demonio sino dos: no sólo el demonio del terrorismo de Estado en el que incurrieron en forma inexcusable las Fuerzas Armadas, sino también el demonio del terrorismo sin Estado en el que incurrieron en forma también inexcusable los Montoneros, el ERP y las demás organizaciones subversivas armadas porque, venga de donde viniere, de la derecha o de la izquierda, todo terrorismo es repudiable como un crimen contra la humanidad.
Durante los años setenta, el terrorismo de Estado se cobró miles de víctimas. El terrorismo sin Estado, cientos. Ni los ideales juveniles de los victimarios ni su menor "eficacia" asesina liberan por ello a los ex integrantes de las organizaciones subversivas de su cuota de responsabilidad ni de la obligación moral de hacer, como lo han hecho los mandos militares, su examen de conciencia.
Unos dicen que hubo sólo un demonio. Otros, que fueron dos. Pero unos y otros olvidan la existencia de un tercer demonio entre nosotros: la violencia criminal que ya no ocupa la memoria de los años setenta sino las vivencias cotidianas de la presente década.
Con esta diferencia: que en tanto la violencia de los años setenta, con toda su crueldad, es irreversible, algo puede hacerse todavía contra la violencia de los años dos mil. Los asesinatos de subversivos y represores pertenecen irremediablemente al pasado. Debemos lamentarlos, pero ya no podemos evitarlos. Si nuestros gobernantes no concentraran su atención en quiénes merecen alabanza o condena por lo que pasó hace varias décadas, sino en reunir sus fuerzas para parar la furia del tercer demonio, a la inversa de las otras dos, esta tercera violencia aún podría evitarse. ¿O una mejor disposición de nuestros planes de seguridad no habría podido evitar, por ejemplo, el cruel asesinato de Alex Blumberg? ¿A cuántos otros Alex podríamos, todavía, salvar? ¿Qué parece importarle más, sin embargo, a la clase política? ¿Las muertes inevitables de los que ya murieron hace décadas o las muertes inminentes, pero evitables, de los que pronto morirán?
El tercer demonio es el más peligroso de todos porque es el único que sobrevive en la Argentina democrática. Para unirnos frente a él, empero, deberíamos cumplir entre todos una tarea todavía intacta: abrir de nuevo las puertas de Jano y salir a campo abierto en busca del futuro que alguna vez soñó Sarmiento y que nosotros, sus hijos pródigos, perdimos en el laberinto de nuestras recriminaciones.







