Las que ríen últimas... La hora del humor feminista
Películas, stand up, libros y series: la risa gana lugar y público como modo de hacer visibles los mandatos culturales sobre las mujeres
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En 2011, la escritora británica Caitlin Moran tomó por asalto la crítica y las ventas con un libro de título inquietante: How To Be a Woman, o como tradujo Anagrama, Cómo ser mujer. Quien no lo haya leído seguramente imaginará un libro introspectivo, con aire melancólico e intenso, en la tradición de ensayos sobre "la cuestión femenina" como Un cuarto propio, Memorias de una joven formal, La mística de la feminidad o El mito de la belleza. Dicho lector (o lectora) quizás se sorprendería cuando ojeara el índice y se encontrara con capítulos titulados "¡Me vuelvo peluda!", "¡Necesito un sujetador!" o el maravilloso "¡Soy gorda!". Para quien haya prestado atención a las feministas de la cultura pop en los últimos diez años, sin embargo, no debería haber ninguna sorpresa.
Hacer generalizaciones sobre "el feminismo" es ignorante, irresponsable y poco feminista: el feminismo es un movimiento de resistencia y una práctica teórica, y como corriente política y perspectiva conceptual tiene muchas formas de entenderse y expresarse. Pero hecha esa aclaración, podemos decir que las feministas que más fuerte pisan en el mainstream en la última década se diferencian de los íconos feministas de la cultura pop(ular) que las precedieron por su elección de la comedia y el humor como medio de expresión, o más bien, como tonalidad o estilo. La pregunta de por qué pasa esto conduce a interesantísimos debates sobre una cuestión más general: ¿cómo se llevan y se llevaron históricamente el humor y el feminismo? ¿Qué pueden hacer el uno por el otro? Ésta es la crónica de un matrimonio feliz y menos reciente de lo que parece.
Catarsis y resistencia
¿Hubo siempre humor feminista pero recién ahora tiene visibilidad o se trata efectivamente de un fenómeno nuevo? La respuesta es mixta: una esfera pública más receptiva hacia discursos que problematizan la opresión de género favorece no sólo la difusión del humor feminista, sino también su producción y la aparición de nuevas figuras. "El feminismo es cada día más protagonista, entonces me parece natural que haya un «humor feminista», así como puede haber «música feminista» o cualquier tipo de expresión como parte del momento que estamos viviendo. Lo que tiene a favor el humor es que es un medio muy accesible para exorcisar el dolor, la injusticia, y la desigualdad... así que kaplum, humor y feminismo hacen un maridaje perfecto", dice Charo López, actriz y parte del elenco de Persona, el show de stand up con impronta feminista que llena sala en Buenos Aires desde hace ya varios meses (en el que trabajan también Vanesa Strauch. Malena Pichot y Ana Carolina).
Charo resume la confluencia de estos dos factores: por una parte, se han conquistado progresivamente espacios y audiencias para discursos feministas. Por otra, el humor ha sido, en la historia, y para muchos colectivos oprimidos (el judaísmo quizás sea el caso paradigmático), una forma de intervención social, de catarsis emocional y de resistencia política.
Las mujeres no han sido ajenas a este recurso: la obra de Jane Austen, considerada una de las más grandes novelistas de todos los tiempos (incluso en los cánones más clásicos y menos sensibles a la inclusión de minorías), se caracteriza por la utilización sutil pero persistente de la ironía, y muchas de sus frases más punzantes se refieren a la condición femenina de su época ("Las mujeres solteras tienen una terrible propensión a ser pobres, lo que es un argumento muy fuerte a favor del matrimonio" o "Una mujer, especialmente si tiene la desgracia de saber alguna cosa, debería ocultarlo lo mejor que pueda"). Ya bien entrado el siglo XX, en los años 60 y 70, Nora Ephron se hizo famosa en el círculo intelectual neoyorquino por sus satíricas pero emotivas columnas, que se ocupaban de temas como el estigma de la fealdad en las mujeres, el rol de las mujeres en la política o los ridículos productos de belleza que las mujeres empezaban a comprar en masa. En los años 80, mientras Madonna combinaba su personaje de femme fatale con letras que ironizaban sobre el sexo y el poder como "Material Girl", las Gambas al Ajillo irrumpían en el under porteño con un humor negro como la noche, que socavaba desde lo ridículo y a veces desde lo asqueroso la forma supuestamente correcta de ser mujer y actriz, mujer y performer.
Sin embargo, es innegable que es mucho más reciente la presencia en el mainstream de este tipo de subjetividades y expresiones. De Joan Rivers o Gabriela Acher riéndose de sus desventuras como princesas judías en edad de merecer en teatros para un par de cientos (con suerte) de personas a Tina Fey y Amy Poehler bromeando sobre la presión hacia las actrices para adelgazar en los premios Emmy, o Malena Pichot denunciando la violencia del piropo callejero en el primetime de Duro de Domar, definitivamente hay un trecho.
Uno de los exponentes más recientes de esta masificación es Trainwreck, la película dirigida por Judd Apatow en la que debuta como guionista y protagonista Amy Schumer. Schumer acaba de ganar un Emmy por su show Inside Amy Schumer, en el cual también escribe y protagoniza breves sketchs que se valen de un humor por momentos negrísimo e incluso escatológico para tocar temas que van del aborto o la anticoncepción a la industria de la belleza o el supuesto odio entre mujeres. Salida como muchas otras comediantes feministas del mundo del stand up, Schumer lleva a un nivel explícito la crítica social en un humor que no se pretende "culto" en sentido clásico, con referencias que los y las adolescentes pueden entender fácilmente.
Trainwreck (que no se estrenó en la Argentina pero sí en Uruguay, con el título Esta chica es un desastre) captura perfectamente el espíritu de estas feministas implacables pero cariñosas: es una parodia de la comedia romántica, género que ha sido pródigo en estereotipos de género y simplificaciones sexistas, pero sin tomar una distancia irónica cruel, sin dejar nunca de ser una comedia romántica. Schumer se para en un lugar emotivo e incómodo -pero por eso mismo honesto- para cuestionar desde adentro los modelos de feminidad vigentes.
La británica Caitlin Moran es una de las pocas representantes de esta "corriente" que ha incursionado en la literatura. Periodista desde los 16 años, nacida en una familia numerosa de clase trabajadora, con un paso virtualmente inexistente por la educación formal, su libro Cómo ser mujer es un ensayo con el que se propone inaugurar, con registro autobiográfico, "una nueva oleada de feminismo", en la que las mujeres nos animemos a mirar al patriarcado y reírnos en su cara.
No te tomes todo tan en serio
Es curioso que se acuse con frecuencia a las feministas de "tomarse todo demasiado en serio" o "no reírse de sí mismas", cuando todas estas artistas se caracterizan precisamente por poner en primer plano la propia ridiculez. En una entrevista que dio para Página12 en 2001 con ocasión de la presentación de Las Indepilables (crónica sobre la trayectoria de las Gambas al Ajillo), María Jose Gabin incluso lo resaltó como una diferencia con los clásicos capocómicos argentinos: "Es verdad que (los cómicos argentinos varones del momento) no se ríen de ellos mismos. Se ríen del otro".
Pero entonces, ¿qué cambió en estos años? ¿Por qué nos sorprendemos de que la esfera pública finalmente haga caso a estas mujeres talentosísimas, en la literatura, el cine, la TV y el stand up? Porque ciertas imágenes y preconceptos sobre el feminismo -que, hay que decirlo, todavía circulan y mucho- solían ubicar a las feministas en la vereda opuesta. Diana Maffía, doctora en Filosofía y activista feminista (hoy directora del Observatorio de Género en la Justicia del Consejo de la Magistratura de la Ciudad de Buenos Aires), explica el complicado rol de "la aguafiestas" que le tocó a las feministas históricamente en relación con el humor machista que, en un momento no muy lejano, monopolizaba la cultura: "El humor se basa en los estereotipos, y las mujeres somos víctimas dilectas para encorsetarnos en personajes estereotipados. Las mujeres producidas por el humor son suegras insoportables, esposas agrias e inútilmente celosas, mujeres lindas y jóvenes sin cerebro a las que sólo interesa el dinero y no tienen proyecto propio, feas destinadas a no conseguir novio y por eso fracasar en la vida y así siguiendo. Las feministas no sólo no nos reímos de esos chistes, sino que objetamos su eficacia. Impugnamos a quienes se ríen porque reírse supone que aceptan las generalizaciones implícitas en ellos, y al hacerlo somos las principales aguafiestas: porque el chiste está destinado a resultar divertido y nuestro dedo índice cambia el código del intercambio hacia la crítica ideológica", explica.
Pero la cultura no es inmune al cambio social. La primera diferencia clave a la hora de entender este fenómeno es ésa: cambió el mundo. El feminismo está cada vez más presente, lo que implica, por una parte, que hay un público que conoce ese código y que por eso puede entender y reírse de ciertos chistes. Por otra, que el clásico humor machista, aunque sigue teniendo sus abanderados y un público fiel, no es recibido de la misma manera. Sigue habiendo gente que lo consume, pero por cada persona que lo festeja hay hoy, además, un "aguafiestas", como decía Maffía, que no solamente protesta o critica: no se ríe.
Por casualidad o no, el tipo de humor que más de moda se ha puesto en los últimos años es muy afín al feminismo por eso de reírse de las miserias propias más que de las ajenas. El stand up, que tiene en Buenos Aires su gran epicentro latinoamericano y está viviendo un indiscutible auge alrededor del mundo, se presta mucho más a un humor que apela e incomoda por lo honesto más que por lo genuinamente agresivo.
Cambió el mundo, cambió el humor, ¿cambió el feminismo? Esta tercera pregunta es mucho más difícil de responder porque, otra vez, "el feminismo" no existe como entidad unívoca. Pero se puede aventurar que, a medida que las feministas profundizaron sobre la idea de que "lo personal es político", sentencia fundacional del feminismo radical de los años 70, una parte de las reflexiones y la atención se han volcado a mostrar las opresiones culturales que las mujeres sufren todos los días: los estándares de belleza imposibles de satisfacer, los mandatos sobre el sexo, el matrimonio y la familia, los estereotipos en los que las mujeres son encasilladas en el mundo laboral y mucho más. No debe ser azaroso que la visibilización de estas pequeñas luchas cotidianas que tanto se prestan a ser ridiculizadas (o como decía Caitlin Moran, a que nos riamos en su cara) coincida con el furor de esta generación de humoristas.
"Con el tiempo las feministas encontramos en la vía del humor un código de complicidad con otras mujeres, y además un modo no agresivo de hacer críticas a veces muy profundas a las relaciones opresivas y a la visión androcéntrica del mundo. Y allí sacamos lo mejor. Allí podemos reírnos y nuestra risa puede ser crítica a la vez", sigue Maffía.
No se trata entonces sólo de denunciar, sino de acompañarse, en sintonía con un valor que las feministas rescatan desde hace décadas y del que el humor es un excelente vehículo: la "sororidad", la hermandad entre mujeres o solidaridad de género. Este lazo no se da solamente entre feministas militantes o entre comediantes que trabajan juntas, sino también entre una autora y su público: mujeres de distintas edades y extracciones sociales se identifican con los padecimientos de estas artistas y se sienten acompañadas.
"Igual, más allá de que está buenísimo poder decir algo que deje pensando más allá de la risa, no hay estrategia", aclara Pichot. "Soy feminista y hago humor. Es lo que me sale y lo que me divierte".








