Las reinas de la moda viven de sueños y poder

Hugo Beccacece
Hugo Beccacece PARA LA NACION
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7 de septiembre de 2020  • 00:27

Miranda Priestley, la temible y admirable editora de modas interpretada por Meryl Streep en El diablo viste a la moda, es el espécimen femenino más acabado de dragon lady, es decir, una mujer que impone terror para que sus súbditos satisfagan las exigencias de perfección de la dominatrix. Netflix estrenó hace poco el documental Franca. Caos y creación, dirigido por Francesco Carrozzini, hijo de la protagonista: la adorada, controvertida y odiada, Franca Sozzani (1950-2016), responsable de la edición italiana de Vogue; una Miranda Priestley con humor y simpática.

Franca perteneció a una larga tradición de emperadoras de la moda internacional. En esa serie, además de la norteamericana Anna Wintour (aún en el trono), está la inalcanzable Diana Vreeland (1903-1989), que fue aún más allá de Vogue: montó exposiciones inolvidables en el Metropolitan Museum of Art. Esas mujeres visten o vistieron a media humanidad y definen la producción mundial de indumentaria. Viven muy bien, pero no son ricas: se alimentan de sueños y poder.

Franca Sozzani es de ese linaje. Se aventuró en un terreno inexplorado. Puso las fotografías de ropa en un contexto social y político. En 2010, hizo un número sobre el derrame de petróleo de BP en el Golfo de México. La bellísima modelo Kristen McMamy posaba en actitudes dramáticas con la cara, el pelo y un vestido de plumas, empetrolados. Franca también le dedicó una edición a la locura por la cirugía estética. Las modelos aparecían vestidas de gala o con lencería de lujo para entrar en el quirófano o salir de él, con la nariz, el pecho y el cuello, vendados. Asimismo le consagró un número a la violencia doméstica: en el suelo de las grandes residencias yacían beldades de cabelleras ensangrentadas y ojos divinos en compota. En la edición sobre la rehabilitación de las drogas, las imágenes muestran a las modelos inyectándose en una bañera o luchando contra enfermeros. El éxito más rotundo de Franca fue el "número negro" de Vogue (dos tiradas), íntegramente ocupado por hombres y mujeres negros, hermosos y de talento.

En la niñez y la adolescencia, los padres de Franca (alta burguesía) le inculcaron la idea de que debía ser una triunfadora. Ella era hermosa. Se casó muy joven. En las fotos de la ceremonia, ella y su padre tienen cara de enojo. Francesco le pregunta a Franca en la película por qué se casó. Respuesta: "Porque ya estaba vestida". A los tres meses, se separó. Entró como asistente en Vogue. Poco a poco escaló posiciones. Se llevaba muy bien con diseñadores y fotógrafos. El padre de su hijo fue precisamente un fotógrafo casado. Padre e hijo se llaman igual: "Francesco Carrozzini".

Franca fue madre soltera y se empeñó en criar sola a su hijo. Frente a éste, en un coche, le dice: "De chico, eras tan feo que estaba preocupada. Temía que siguieras siendo feo". Hoy, Francesco podría ser modelo masculino en Vogue.

Con orgullo, Franca declara: "Soy un genio para detectar a los genios". Se rodeó de los mejores fotógrafos. Bruce Weber le enseñó a apartarse del mundo burgués e imponerse. Steven Meisel creó las imágenes más audaces y políticas de la revista. Anna Wintour quedó como una editora comercial y conservadora. Para las ideas románticas, Franca tenía a Paolo Roversi. Peter Lindbergh partía de la mujer, no del vestido. Se confesaba enamorado de todas las mujeres. Lo estaba "un poco" de su editora.

Franca trabajó hasta el final de su vida. Era un ícono. A los 65 enfermó de cáncer y debió llevar una vida retirada. Murió a los 66. Dos años más tarde, su hijo Francesco se casó con Bee Shaffer, la hija de Anna Wintour. Ese matrimonio dentro de la realeza fashion fue, como el documental, una profunda declaración de amor filial de Francesco a Franca.

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