
Las relaciones más íntimas
Por Félix Luna Para LA NACION
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La relaciones argentino-uruguayas son las más íntimas y entrañables que puedan concebirse.
Es lógico que sea así pues los orígenes históricos de la región instalaron una comunidad tan fuerte de sangre, afectos e intereses comunes como hay pocos ejemplos en el mundo. La Banda Oriental formó parte del Virreinato del Río de la Plata y siguió a Buenos Aires en su iniciativa revolucionaria de 1810: sólo Montevideo, dentro del territorio oriental, mantuvo una actitud opositora a la Revolución. Y aunque Artigas y los sucesivos gobiernos porteños tuvieron graves discrepancias y pese a la ocupación portuguesa de buena parte de su suelo, cuando los orientales pudieron expresarse libremente en el Congreso de La Florida (1825) quedó clara su voluntad de integrar la Republica Argentina como una provincia más.
La guerra contra el Imperio del Brasil encontró unidos a paisanos de una y otra banda, y jefes argentinos y orientales comandaron alternativamente el Ejército Republicano. Más tade, ya constituida (1829) la República Oriental del Uruguay, los lazos se multiplicaron. Fue el líder del partido Blanco, Manuel Oribe, quien encabezó las fuerzas rosistas que derrotaron a la Coalición del Norte en 1840, y fue ese mismo jefe quien puso sitio a Montevideo, donde los exiliados argentinos constituían el nervio de la lucha contra el dictador porteño.
La caída de Rosas no puso fin a estas afinidades. Los blancos buscaban el apoyo de Urquiza, y Mitre, por su parte, ayudó y recibió ayuda de Venancio Flores y su partido Colorado. Cada hecho político importante acaecido en la Argentina tenía su eco en el Uruguay y viceversa. Por eso, Gabino Ezeiza saludaba al "heroico Paysandú" sabiendo que tocaba una fibra delicada de la sensibilidad rioplatense, que se estremeció de indignación cuando una escuadra brasileña bombardeó a los sanduceros hasta la destrucción de su ciudad, en 1865.
Yrigoyen y Herrera
En décadas posteriores, esos hilos invisibles continuaron tendiendo puentes entre las dos patrias. Los derrotados de las patriadas de Aparicio Saravia buscaban amparo en suelo argentino, así como los radicales encontraron refugio en la tierra oriental. No fue casualidad que una de las pocas visitas que recibió Hipólito Yrigoyen en su breve viaje a Montevideo en 1932 fuera la de Luis Alberto de Herrera, el caudillo del partido Nacional.
Esos vínculos hicieron que fueran pocos los conflictos entre los dos países. Uno de ellos fue generado por la peregrina teoría de Estanislao Zeballos, canciller de Figueroa Alcorta, cuando pretendió que la soberanía argentina sobre el estuario se extendía hasta donde llegaran sus aguas, con lo que resultaría que las damas que se bañaban en Pocitos o Carrasco estaban metiendo su pie en jurisdicción argentina... Otro conflicto, rápidamente solucionado, ocurrió durante la presidencia de Justo, quien supuso cierta complicidad entre el gobierno de Montevideo y algunos radicales de vocación revolucionaria. Pero desde luego, los problemas más graves fueron los que empañaron las relaciones bilaterales durante las dos primeras presidencias de Perón.
Innumerables hostilidades desató el líder justicialista contra el Uruguay: no toleraba que los opositores a su gobierno, exiliados en el vecino país, desarrollaran libremente sus actividades. Ni siquiera la entrevista (1948) con el presidente Luis Batlle Berres frente a la histórica playa de la Agraciada, donde desembarcaron los 33 Orientales, pudo mejorar las relaciones. Fue la única oportunidad en que el pueblo oriental se sintió ofendido por sus vecinos. Todavía se recuerda en Colonia del Sacramento el espectáculo de decenas de amas de casa que salieron con cepillos y trapos de piso a limpiar el muelle de donde partió de regreso una delegación de la CGT que había ido a hacer proselitismo a la antigua ciudad...
Perón y el Uruguay
Pero es de justicia señalar que en su tercera presidencia Perón rectificó su actitud frente al Uruguay. Su voluntad fue decisiva para que se firmara el tratado que delimita las respectivas jurisdicciones sobre el río de la Plata. Con anterioridad, siendo presidente Frondizi, se concretó el tratado de límites sobre el río Uruguay, una vieja fuente de litigios. "No hagan cuestión de principios jurídicos o de actos posesorios; trabajen con los colegas uruguayos como si fueran socios que tienen que arreglar pacíficamente sus cuentas. Cedan si ellos insisten en algun punto, para que nosotros podamos hacer lo propio con otro y ellos cedan", fue la sabia instrucción que dio en aquella oportunidad aquel gran embajador argentino en Montevideo que fue Gabriel del Mazo.
Hay circunstancias en la vida de los pueblos que vienen impuestas por la historia, la geografía y, sobre todo, por la lógica y el sentido común. Si hay dos países que no pueden desentenderse, esos son Argentina y Uruguay. Uno puede imaginar, con ánimo pesimista, un conflicto con otros países vecinos: con Uruguay es inimaginable, es una aberración, excede hasta la más sombría y descabellada ficción.
Queda, eso sí, como posible, un solo conflicto que en realidad es un enfrentamiento. Que los resquemores y lo tiquismiquis que existen inevitablemente entre vecinos se canalicen y limiten a las gambetas que hacen veintidós muchachos durante una hora y media,una o dos veces por año, es una auténtica felicidad. Una de las tantas felicidades que nos depara esa realidad profunda constituida por nuestros dos países: un mismo pueblo expresado en dos Estados.





