Extinction Rebellion. Una de las voces más nuevas del activismo ambiental

Con flamante sede en la Argentina, XR desdeña los eufemismos y propone la desobediencia civil en defensa del planeta
Martín De Ambrosio
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18 de enero de 2020  

Manifestación de XR en la Plaza del Parlamento de Londres, en octubre de 2018
Manifestación de XR en la Plaza del Parlamento de Londres, en octubre de 2018 Crédito: Francesca E. Harris/Extinction Rebellion

"Estamos dispuestos a ir presos si es necesario". Las palabras de Flavia Broffoni resuenan en la flamante sede de Extinction Rebellion (XR) de Almagro. Y agrega: "No es algo que busquemos, pero sabemos que está dentro de las posibilidades". Son los riesgos calculados cuando la desobediencia civil es el método para luchar contra el cambio climático y sus enormes consecuencias sociales. La búsqueda deliberada de XR es limitar los efectos de la emergencia climática, con un eslogan claro: si no actuamos ya, pero ya, vamos camino a la extinción masiva, no de especies -algo que ya está sucediendo, dicho sea de paso-, sino del propio ser humano. Esa es la premisa del movimiento nacido en Gran Bretaña y que la egresada de Ciencias Políticas de la Universidad Católica Argentina trajo a la Argentina.

"Ya no alcanza con la tibieza de otras organizaciones", dice Broffoni, quien cuenta que grupos de súper ricos, como el CEO de la red social Reddit (Steve Huffman), están disponiendo de buena parte de sus fortunas para prepararse para las consecuencias del fin del mundo, sea causado por el cambio climático u otra catástrofe relacionada. Y afirma que no es precisamente la excepción entre los empresarios de Silicon Valley. Son los llamados preppers, según los calificó la revista New Yorker, en nota de enero de 2017 (desde entonces se publicaron numerosos artículos al respecto; también se los llama survivalists).

De Londres al mundo

¿Y el resto de los humanos sin esa capacidad financiera? A ese resto se dedica XR, a quienes busca organizar y darles un cauce, dentro de los límites que habilita la democracia. A juzgar por el rápido auge y la popularidad de sus acciones, había un nicho que esperaba esa radicalidad. El origen y la carta de presentación de XR fue Londres donde -en noviembre de 2018- seis mil personas, de manera coordinada, cortaron cinco puentes de la excapital imperial en un inédito acto de desobediencia civil. Fueron detenidas más de mil. "El contrato social está roto, por lo tanto sobrepasar la inacción del gobierno y el flagrante abandono de lo que debería hacer no solo es nuestro derecho, sino también nuestra obligación moral, para rebelarnos y defender la propia vida", dijo entonces Gail Bradbrook, uno de los organizadores de la movida que ya llegó a las ciudades más importantes del mundo (de Berlín a Bogotá y de Nueva York a Sidney).

Lo cierto es que, a medida que se radicaliza la emergencia climática, también se radicalizan las organizaciones sociales que buscan ponerle un límite. Y, lo dicho, hay un público sediento de este tipo de organizaciones. En unos pocos meses de existencia, la versión argentina de XR -creada en abril de 2019- ya tiene 2500 personas dispuestas a actuar y doscientos miembros activos; además de la sede porteña, hay grupos locales en Córdoba, Rosario, Mar del Plata, Neuquén y otras seis ciudades; el debut en sociedad fue en mayo pasado, en una especie de happening en el Museo Nacional de Bellas Artes con treinta activistas desplomándose de repente.

A diferencia de las ONG ambientalistas clásicas, con décadas de trabajo y el peso de cierta tradición, no tienen miedo de espantar con un discurso extremo, ni de ahuyentar a posibles auspiciantes o socios de las clases medias. Un tema recurrente en el ambientalismo es no hablar del apocalipsis por una simple ecuación: ser conscientes de que es inexorable ("todos moriremos") lleva a la inacción. No obstante XR, basada en los informes científicos más estrictos reunidos por instituciones como el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) y la Plataforma Intergubernamental de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (Ipbes), deja claro que hay lugar para que el peor de los escenarios sea posible.

De hecho, algo de esas imágenes apocalípticas ya forman parte de la realidad. O qué otra cosa significan, por ejemplo, la obligatoriedad de usar barbijo por lo irrespirable que son muchas ciudades asiáticas, los incendios en Australia, las islas que están camino a desaparecer por el aumento del nivel del mar, las catástrofes por huracanes o inundaciones, solo para no excedernos en la enumeración. XR no tiene miedo de hablar de la extinción desde su mismo nombre; es una posibilidad que se baraja incluso para este mismo siglo. ¿Y la financiación? Llega de celebridades preocupadas, que aportan partes de sus ingresos.

A sus 81 años, Jane Fonda fue detenida dos veces durante octubre en protestas contra el cambio climático, acusada de "obstrucción" frente al Capitolio de Washington. Según contó, la actriz sintió la necesidad de salir a quejarse tras ver el movimiento de jóvenes liderado por Greta Thunberg.

"¿Qué hace que personas, incluso de avanzada edad, estén dispuestas a hacerse encarcelar solo para demostrar cuán importante y dramático es para ellos el cambio climático?", se pregunta el profesor de la Universidad de Cumbria (Inglaterra), Jem Bendell, en una conferencia reciente en el Concejo Británico para Psicoterapia, titulada "Esperanza en tiempos de caos climático". Su foco es lo que llama la "ecoansiedad", y allí analizó que lo que se ve en estos días, en diversos lugares del mundo, es "gente manifestando su desesperación de manera conjunta, porque silenciar esa angustia es muy perjudicial". Citó un trabajo donde se afirma que hay 1/20 (o 5%) de posibilidades de que estemos extintos hacia fines de este siglo. Pero incluso antes de que eso suceda quizá podría haber una "solución" malthusiana, y que un porcentaje alto de la población mundial encuentre problemas para sobrevivir. "Es justo preguntarse qué haremos si la sociedad como la conocemos empieza a resquebrajarse", dice Bendell. Y se refiere también a la "terapia de ansiedad climática" y de la "desesperación transformadora". Otra vez: puede sonar extremo, pero eso indican los informes científicos, que cada vez son más abrumadores y van en el mismo sentido: urgencia, urgencia, urgencia. "Es nuestra Segunda Guerra Mundial, salvo que Alemania todavía no atacó Checoslovaquia", se dijo por lo bajo en una reunión organizada por distintas ONG en Buenos Aires a fines del año pasado. Ante ese escenario y la falla de mecanismos implementados en las últimas tres décadas, como las cumbres de cambio climático de la ONU, conocidas como COP, XR propone la rebelión pacífica para reclamar acciones contundentes.

Buscar respuestas

"Hay cálculos que dicen que si el 3,5% de la gente sale a las calles a disputar el espacio público, se logra la disrupción", dice Brolffoni, vegetariana, cuyos antecedentes no son la militancia socialista sino el macrismo, para cuya elección de 2015 trabajó a la vera del ahora diputado Juan Carlos Villalonga y el partido Los Verdes (también trabajó en la Fundación Vida Silvestre). Alejada del partido que gobernó hasta el 10 de diciembre, dio una charla TED en Tecnópolis hace unos meses, con singular éxito. Y es que últimamente ejemplos de la desobediencia civil y reclamos públicos no faltan, de Hong Kong a Ecuador, y de Chile a Colombia, por no citar los movimientos de acción ambiental como el de los jóvenes por el clima liderados -de hecho o por ausencia- por Thunberg. "Que los organismos no puedan funcionar, que se corten las calles con árboles, generar "artivismo' (la ocupación artística del espacio público como forma de irrupción no violenta). Mi sueño es un acampe festivalero con asambleas, ollas populares, si son veganas mejor, con la intención de construir un nuevo sistema, alternativo al capitalismo. Un piquete que no sea quemar gomas, pero que tampoco los funcionarios puedan ingresar a sus oficinas", dice.

La desobediencia civil pacífica tiene como obvio antecedente al movimiento de Mohandas Karamchand Gandhi (Mahatma), pero reconoce también antecedentes argentinos y exclusivamente ambientales: las peleas de Famatina contra la minería, la del barrio de Malvinas Argentinas en Córdoba en contra de la instalación de Monsanto o la de Esquel contra la minería; quizá se podría incluir a Gualeguaychú y las pasteras uruguayas (aunque este último caso tuvo un final agridulce). En todos los casos, remarca Broffoni, se cumplió la regla de más del 3,5% de los habitantes en las calles, lo que alcanzaría para generar políticas que escuchen esos reclamos.

Toda esta efervescencia es la expresión de una búsqueda que empieza a ser desesperada: la de un nueva dinámica mundial, que termine la sangría ecosistémica. Se viven tiempos interesantes, según el ya ultracitado refrán chino, lo que quizá sea en realidad una maldición.

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