
Le Clézio, vida y obra
Silvia Hopenhayn Para LA NACION
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El escritor J.M.G. Le Clézio, a la manera del director de cine alemán Werner Herzog, es un caminante. Parece que anduviera siempre sobrevolando diversas regiones del mundo, por su altivez y su celeste y nebulosa mirada. Su manera de desplazarse, casi de empujar el espacio con el cuerpo, se relaciona con el impulso primordial que lo lleva a escribir y que lo ha llevado a viajar en busca de matices, en una suerte de indagación profunda y serena, propiciatoria de lo emergente.
Esto se corresponde con la primera etapa de su escritura, cuando exploraba las posibilidades formales del lenguaje en escritos sobre la locura, el sentido de las palabras, la materialidad de la vida.
Es como si antes de echarse a andar por el mundo se hubiera sumergido entre las palabras (las propias, las más antiguas) para extraer el sentido de la existencia, y como si una vez realizada esta travesía hubiera adquirido la consistencia suficiente como para viajar siempre ligero de equipaje.
Quizá por eso los libros de Le Clézio que son fruto de lo que se podría considerar el segundo período de su obra, tal vez menos reflexiva, son más escuetos, más hedónicos y también más "viajeros".
Estos libros suelen desarrollarse en lugares recónditos, y dan cuenta de rituales extraños y de personajes aislados del resto de la gente.
Pero vayamos a su primera etapa, la del atormentado e indomable Le Clézio. El degustador de las palabras, al tiempo que el detractor del mandato de esas mismas palabras.
Recién aparecido, en una magnífica traducción de la poeta Juana Bignozzi, El éxtasis material , publicado originalmente en 1967, permite comprender los motivos que llevaron a Michel Foucault y a Gilles Deleuze a admirar a un joven Le Clézio, que renegaba de la teoría y que, sin embargo, hacía temblar los pilotes de la propia lengua.
El libro consta de varios ensayos -poéticos, fervorosos, existenciales-, con reflexión autobiográfica. Así, lo que algunos místicos buscan en caminos telúricos, en la meditación trascendental o en los trances espirituales -e incluso en cierta experimentación con drogas alucinatorias-, Le Clézio lo encuentra en la lengua. Como si entre las palabras hubiera hallado un espacio vacante para luego poder estar en el mundo.
Dividido en tres partes -"El éxtasis material", "Lo infinitamente medio" y "El silencio"-, este libro parece una mochila de palabras que Le Clézio se cargó al hombro para arrimarse a los confines del ser, precisamente allí, donde las palabras y las cosas se desdibujan, donde "ya no hay nada para denominar? ya nada más hay para balbucear? donde están las ciudades que no han sido establecidas, los paisajes que no se pueden ver. Y donde todo lo que existe todavía duerme, atrapado por el vacío que lo sueña, estrecho, vasto, habitación ajena donde nadie todavía vive del todo".
Es una propuesta de viaje por lo indefinido, lo inconsistente, lo que aún no tiene forma, armándose de términos que van tramando el vacío. Como él mismo escribe: "Ninguna otra cosa, ninguna otra cosa para mí, sino el lenguaje. Todo se encuentra allí, todo concuerda allí. Vivo en mi lengua, ella es la que me construye. Poseo la palabra."
Le Clézio nos convoca como lectores testigos de esa posesión, haciéndonos partícipes de una posibilidad maravillosa: tramar la vida.
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