
Líder de horizontes amplios se busca
Alejandro Poli GonzalvoPara LA NACION
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CUATRO corrientes políticas principales explican la historia argentina desde la Revolución de Mayo: el federalismo (1820-1861), los conservadores (1862-1916), el radicalismo (1916-1945) y el peronismo (1946 hasta la fecha). Y en todas ellas, con la excepción del peronismo todavía vigente, la transición hacia la siguiente etapa de poder fue encabezada por un líder surgido del propio seno de la fuerza política dominante. Urquiza, el lugarteniente más poderoso de Rosas, convencido de la necesidad de iniciar la demorada etapa de la organización nacional, lo derrotó en Caseros e impulsó la sanción de la Constitución de 1853, con el apoyo de Alberdi y de Gutiérrez entre otros antiguos enemigos, que supieron comprender su cambio. Otros, como Sarmiento y la provincia de Buenos Aires, tardaron bastante más tiempo en darse cuenta del giro copernicano que estaba dando la historia y se le opusieron con vehemencia. Fue finalmente Mitre quien logró controlar a los porteños y sellar el acuerdo con Urquiza que le dio al país décadas de extraordinario progreso. Urquiza fue considerado traidor por los federales y murió asesinado por mano de sus antiguos seguidores.
Roque Sáenz Peña afrontó en minoría a los grupos más conservadores que se oponían a promover la ley de sufragio universal y secreto (sancionada en 1912 bajo su inspiración) y alentó a sus correligionarios a formar un gran partido nacional para enfrentar al radicalismo de Yrigoyen. Su muerte prematura privó a los conservadores de su líder natural y fueron derrotados en las urnas. Sin embargo, Sáenz Peña tuvo más fortuna que Urquiza y fue reconocido como el arquitecto que inauguró la nueva época de la República democrática.
Por su parte, Arturo Frondizi hizo su carrera política en el radicalismo combativo que se opuso con dureza a Perón cuando éste estaba en el máximo apogeo de su poder. En el campo del pensamiento, sus ideas provenían del nacionalismo económico y del antiimperialismo. Esos antecedentes antiperonistas a ultranza no lo inhibieron para sellar un pacto con Perón –proscripto y exiliado en el exterior–, ganar las elecciones en 1958 y llevar adelante un programa de gobierno que renunciaba a su bagaje intelectual anterior. Con una clara visión del mundo de posguerra, Frondizi dejó atrás su origen radical y fundó el desarrollismo, haciendo un intento a fondo de insertar a la Argentina en las políticas que engrandecían a Occidente. Su capacidad estratégica no fue comprendida y fue derrocado, pero hoy se reconoce su legado y su valentía para impulsar el cambio.
Junto a estas figuras que lograron dejar su sello indeleble en la historia, se pueden citar a otros grandes protagonistas de esas mismas corrientes políticas que buscaron sin éxito modificar las tendencias predominantes: Dorrego, que desde un federalismo doctrinario se oponía al caudillismo de su tiempo; Federico Pinedo, un conservador que impulsó las reformas económicas de los años treinta, dando nacimiento a la intervención del Estado, y que fue autor del Plan de Reactivación Económica de 1940, no aprobado por el Congreso, donde delineó con precisión una nueva estrategia de crecimiento acorde con los cambios que había sufrido el escenario internacional; Raúl Alfonsín, que desde un revitalizado radicalismo lideró una vasta coalición de ciudadanos que anhelaban la democracia para derrotar al hasta entonces imbatible peronismo pero perdió el poder a caballo de la hiperinflación.
Nos resta referirnos al peronismo. Que hasta la fecha ha realizado dos intentos fallidos de modernizar su pensamiento e impulsar desde su seno su propia superación. Primero, el intento de Perón en 1973 de moderar la lucha política y reconciliarse con sus enemigos políticos. Que terminó rápidamente con su muerte. Segundo, el viraje de Menem desde un crudo populismo hacia una mayor racionalidad económica que, sin embargo, cometió errores garrafales como incrementar sideralmente el endeudamiento para cubrir abultados déficits fiscales y el desempleo. En esos dos intentos parciales, el peronismo mostró signos de modernización aunque, a la postre, su raíz nacional populista (vertebrada en los sindicatos y en los intendentes del conurbano bonaerense) abortó toda posibilidad de cambio. Si creemos en las enseñanzas del pasado argentino, sólo podremos pasar a una nueva gran etapa de poder político si desde el seno del propio peronismo surge una figura que lidere la transición hacia el siglo XXI. Es lo que han hecho Felipe González en España, la Concertación en Chile, Lula da Silva en Brasil, Alan García en Perú y el Frente Amplio de Mujica en Uruguay: figuras todas de primer nivel que han comprendido que debían superar la estrechez de sus ideas originales, buscar consensos y políticas de Estado de muy largo plazo y resueltamente apoyarlas a pesar de todos las críticas recibidas, en muchos casos, de sus antiguos compañeros de ruta.
El peronismo, en su rancia versión kirchnerista, está hoy en el poder dispuesto a perpetuar sus peores prácticas políticas. Pese a ello, en el seno de su vasto conglomerado de poder, el peronismo federal presenta un discurso renovador que no convence en absoluto a una gran proporción de ciudadanos no peronistas; como en el caso de Sarmiento, los viejos conservadores o el radicalismo de Balbín, no confían en el cambio que proponen y en las cosas que dicen. Pero bien escuchadas, allí está la semilla de una posible transformación de las agrias disputas actuales en una democracia institucional y madura.
¿Será el peronismo federal que lidera Duhalde el encargado de materializar la transformación del peronismo y a la postre de abrir una nueva era política en la Argentina? ¿Apostaría Alberdi por Duhalde como apostó por Urquiza en la hora más difícil para hacerlo?





