Linchamientos, del embrutecimiento social al fascismo

Eduardo Fidanza
Eduardo Fidanza PARA LA NACION
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5 de abril de 2014  

Embrutecimiento social no es un término del análisis sociológico, sino el nombre de un fenómeno observable, cuando ciertas conductas colectivas equiparan a los seres humanos con las especies animales más agresivas. En un amplio arco de registros, la violencia de género, las barras bravas, la prepotencia en el tránsito, las riñas y peleas callejeras, la protesta social inorgánica y destructiva, constituyen ejemplos de este hecho, que atraviesa el tejido social y tiende a naturalizarse. Paralelamente con el embrutecimiento corre la manipulación. Sobre ésta sí se ha escrito mucho en los manuales, pero acaso ninguno supere la condensación del diccionario, que la define como una intervención hábil y a veces artera en la política, el mercado y la información, distorsionando la verdad o la justicia al servicio de intereses particulares. Embrutecimiento y manipulación se potencian mutuamente, hasta constituir una maquinaria infernal que borra los contornos del sistema político y la ciudadanía. No se trata de un fenómeno vernáculo, es un virus destructivo que acecha a la democracia global.

Embrutecimiento y manipulación son, a mi modo de ver, el contexto de los linchamientos que conmueven a la Argentina. Sin embargo, pareciera que estos hechos corren aún más la frontera y avanzan hacia un límite antes desconocido para nosotros. Me refiero a la conducta fascista, a un "viva la muerte" tolerado o justificado por amplias franjas de la sociedad y por ciertos demagogos, y llevado a la práctica -hasta ahora- por grupos informales de vecinos descontrolados. Asoma allí, como un huevo de la serpiente, el embrión de los escuadrones de la muerte y de tantas organizaciones terroristas a lo largo del mundo que privatizan la violencia en los intersticios del fracaso estatal.

El fenómeno del linchamiento contiene una secuencia bien estudiada por la psicología social del fascismo. Nace de la frustración, se vale del prejuicio y el estigma, busca chivos expiatorios, avanza hasta el odio y culmina en la violencia. Las masas movilizadas por Hitler y Mussolini eran espoleadas por traumas reales o imaginarios en busca de una nueva identidad, cuyo requisito pasaba por la destrucción de supuestos enemigos, responsables de la desgracia colectiva. El pueblo judío constituye el significante histórico del objeto de la agresión. El antisemitismo no fue, sin embargo, un invento de los nazis, sino una artera manipulación -para usar el diccionario- de frustraciones profundamente arraigadas en ciertos estratos de la sociedad europea. Más de cincuenta años antes de Hitler, el socialdemócrata Herman Bahr, escribió, refiriéndose a la conducta de los sectores de clase media baja: "Puesto que no pueden alcanzar el éxtasis del amor buscan el éxtasis del odio... Poco importa a quién se odia. El judío resulta conveniente, eso es todo..."

Este argumento no da la razón a Cristina y su alusión a La noche de los cristales. Por el contrario, pretende llamar la atención sobre su hipocresía y la de otros dirigentes, colocados a su derecha. Antes de asustarse por el "éxtasis del odio" que implican los linchamientos, ella apañó a Luis D'Elía, notorio apologista de ese sentimiento, y a individuos como Mario Ishii, que acaba de justificar el asesinato de delincuentes a manos de hordas vecinales. Ante la locura social, el kirchnerismo no resiste el archivo y revela que su progresismo es de pacotilla. Empezó con la intención de mejorar la política y concluyó aliándose, por razones electorales, con lo peor de ella, que se expresa en muchos enclaves municipales del Gran Buenos Aires, donde los funcionarios conviven en armonía con la corrupción policial, el narcotráfico y las más diversas formas del delito.

Ciertos aspirantes a la presidencia tampoco se salvan de la manipulación, expresada en la demagogia y la simplificación de los problemas. Desafiar, como lo hizo un intendente massista, a un miembro de la Corte Suprema a que baje a la calle para enterarse "de lo que piensa la gente" y cese de defender a la delincuencia, constituye el germen del despotismo. Denostar el Derecho, oponiéndolo banalmente al enardecimiento social, es una actitud fascista, un modo de utilizar la frustración colectiva, dejándola librada a sí misma por fuera de las instituciones. El nuevo populismo de "la gente" debe ser revisado antes de que se convierta en una lápida para la democracia.

Por último, los medios audiovisuales masivos, en especial los noticieros de televisión, no pueden lavarse las manos de este desastre. Ellos eligieron visibilizar la sangre antes que las razones, la anécdota en lugar del trasfondo. Largas horas dedicadas al morbo, muy pocas a la contención de la angustia y al esclarecimiento de la inteligencia.

El delito que azota al país es sistémico y se debe a múltiples factores: desigualdad, narcotráfico, corrupción policial y política, falta de educación, deficiencias en la Justicia y el sistema penitenciario, entre otros. Sólo atacándolos simultáneamente, mediante políticas de Estado, podrá disminuirse la inseguridad. Esto es trillado y es obvio. Si la elite del poder no quiere verlo, se seguirán sumando víctimas y la sociedad se precipitará cada vez más al autoritarismo.

© LA NACION

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