Literatura en América Latina: escribir sin utopías

Después de la Feria del Libro de Guadalajara, una mirada a la actividad de autores y editoriales en la región muestra un abanico de opciones estéticas y temáticas, sin un proyecto literario común
Edgardo Scott
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11 de diciembre de 2016  

Ilustración: Martina Trachtenberg
Ilustración: Martina Trachtenberg

GUADALAJARA.- Primero lo que todos saben, lo que siempre se ha dicho, lo asertivo, lo inexacto, la representación: que la Feria del Libro de Guadalajara es la feria del libro más grande, más importante de la región. ¿Qué región? América Latina, aunque por motivos diversos, tanto Brasil como España estén desde luego incluidos. Ese gran evento, entonces, esa enorme feria del libro festejó por estos días sus treinta años. Y decidió, un poco razonable y fatalmente, que el invitado o la invitada de honor de su programa no fuera un país en particular sino la propia América Latina. Es decir que los autores, libros y mesas (2000 editoriales, 650 autores) fueran como embajadores de ese vasto territorio, de esa literatura y de esa idea o representación imaginaria, por cierto bastante desdibujada y esquiva, anacrónica, acaso indiferente.

No pareció que la muerte de Fidel Castro, acaecida durante la inauguración, modificara algo o siquiera subrayara algún discurso o intervención (de hecho y como contrapunto, fue casi un chiste de la historia que el homenajeado y encargado de inaugurar ese día la sección de América Latina fuera Mario Vargas Llosa). Pero también ese azar resulta una prueba de que las representaciones políticas e ideológicas para los escritores de la región se hallan a años luz de la búsqueda, incluso de la discusión o polémica, de un proyecto político común para los diferentes países que integran la región.

Hoy la representación literaria de Latinoamérica o América Latina parece hallar su anémico fundamento apenas en el idioma. No en la lengua, ni siquiera en el lenguaje. Así, despojada de una discusión o conflicto político común, en la FIL 2016 se percibió que Latinoamérica o América Latina -o lo que alguna vez se denominó y entendió y estudió por Latinoamérica o América Latina- es una región del planeta donde se escriben ficciones, utilizando variaciones leves, accesibles del castellano, y se recrean problemas endémicos, siempre un tanto folklóricos y hasta pintorescos: la admitida y consensuada pobreza, la violencia como dinámica criminal y policial, la fraternidad entre poder y corrupción, pero también la paulatina y al parecer irreversible adquisición y adaptación de los signos de la cultura estadounidense.

Los escritores latinoamericanos serán entonces latinoamericanos, o al menos serán vistos de ese modo, obtendrán aquel pasaporte, menos por ellos mismos que por una mirada o catalogación exterior. Y a partir de esa atribución, se propondrá una agenda, una lista de "temas" que serán esperables para la composición de ficciones en cada país. Narcotráfico, miseria, asesinatos; ahora más que nunca, femicidios. Y desde esa enunciación, desde esa posición se plantarán las cuestiones estructurales.

Dos orillas

"Tengo la impresión -dice Eduardo Rabasa, escritor mexicano, editor de Sexto Piso- de que tanto a nivel literario como editorial hay dos grandes movimientos, un tanto opuestos (que obviamente a veces se cruzan o tienden puentes del uno al otro). Por un lado, está la apabullante presencia de los grandes grupos editoriales, sumamente enfocados en la promoción de los grandes nombres consagrados, a través de ferias, festivales, entrevistas, premios, lo que en general podríamos nombrar como una maquinaria proclive hacia lo masivo y un tanto homogéneo (de nuevo, con notables excepciones). Y por el otro, un panorama vibrante, con editoriales independientes como Eterna Cadencia, Godot, Caja Negra, Hueders, la Diego Portales, Sexto Piso, Almadía, Tumbona, y muchas más, donde curiosamente se publican asimismo libros un poco más alejados de los usos estilísticos, narrativos e incluso temáticos del canon dominante."

Rabasa ve, en esas editoriales, "quizá por necesidad en parte, pero también por convicción, una vocación clara de tratar de llegar a los lectores por vías alternativas. Es muy difícil penetrar a gran escala en los espacios mediáticos que por lo general están copados por lo que podemos pensar como una suerte de establishment del mundo del libro, que para mí se muestra particularmente vertical, esnob y muy implacable a la hora de poner en práctica los mecanismos que aseguran que las cosas sigan siendo igual".

Con todo lo incómodo o demasiado categórico que pueda tener el diagnóstico o la mirada de Rabasa, eso no le quita agudeza y verdad. Hoy el campo editorial se halla escindido y en tensión entre los llamados "grandes grupos" y las también llamadas "editoriales independientes".

Esto sucede ya en toda la región. No casualmente, durante esta edición de la Feria, Víctor Malumián y Hernán López Winne, editores argentinos del sello Godot, presentaron ¿Independientes de qué?, un libro donde compilan y relevan las experiencias de decenas de editores independientes latinoamericanos que forjaron sus editoriales a lo largo del nuevo siglo. La convivencia, tensa o no, entre editoriales "independientes" y editoriales "grandes", en verdad parece devolver a la escena literaria no sólo, o no tanto, políticas o estéticas diferentes sino la ponderación de hasta qué punto incide lo nacional, lo propio de un país o la semejanza y las estrategias internacionales. Las editoriales grandes son editoriales que tienen casas en los diferentes países de la región, mientras que las editoriales independientes suelen partir y desarrollarse sobre todo desde sus países de origen, pero también buscando una proyección internacional.

Otra de las invitadas especiales, la argentina Ariana Harwicz, explica que "más que ver una idea de literatura latinoamericana o una idea común, en términos estéticos, lo que percibo son algunas líneas políticas y de discurso en común. Por ejemplo, el movimiento de Ni Una Menos y su relación con el feminismo; aunque no veo tanto de qué manera se hace eco eso en los escritores hombres. Por otro lado, todavía está el imaginario del boom latinoamericano, que sigue siendo una referencia, un horizonte de lectura para los lectores europeos; cuando hubo o pareció haber una unión, una utopía, un proyecto literario y a la vez político. Pero eso hoy está desintegrado -como está desintegrada, en otros términos, con otras realidades, la Unión Europea-. En el contexto de la muerte de Fidel Castro, habría que preguntarse cómo se articula hoy en América Latina lo estético y lo político".

Por su parte, el paraguayo José Pérez Reyes observa el panorama con cierto optimismo. "Es una gran muestra de toda una suma de ficciones, donde la fragmentación e incluso la confusión generan buena literatura. Eso puede comprobarse tanto en las diversas antologías como en todas las charlas de la FIL; hay diversidad y vitalidad en la región", dice.

El "no boom"

Para celebrar, o a propósito de la efeméride y los 30 años, la FIL dispuso mesas en torno a dos grandes temas. Lo anticipado: "Viva América Latina" y "Ochenteros". Los "ochenteros", por supuesto, son aquellos autores nacidos en los años 80. En el programa de la FIL, se lee: "Escritores sin etiquetas; ni nietos del boom, ni del posboom, ni discípulos del crack, simplemente diremos que son jóvenes que experimentan, que se atreven, que están atentos a la dramática realidad de sus países, voces a descubrir de la nueva literatura latinoamericana".

De modo que no sólo la denominación sino también la justificación que reunió a autores que van desde Carlos Fonseca hasta Mauro Libertella, de Paulina Flores a Camila Fabbri o Arnoldo Gálvez, se afirma por la negativa, se manifiesta con un sentido deshistorizante. Así, lo que podría o no señalar una generación, sus límites, sus condiciones de existencia y visibilidad, se vuelve una hueca referencia etaria no tan distinta en su intención y expresividad de los compilados de temas o hits musicales que las radios agrupan por décadas.

¿Y en el exterior de la FIL? El predio se halla frente al Hilton y otras cadenas hoteleras internacionales. El cruce de las avenidas, sobre todo por las tardes, muestra uno de los males de cualquier ciudad latinoamericana contemporánea: un irritado, violento y peligroso caos de tránsito. No alcanzan los semáforos ni los policías que tratan de interpretarlos. A su vez, para entrar en la FIL, además de pagar la entrada se debe pasar un control hecho por gendarmes idéntico al de cualquier aeropuerto. Por último, si se camina un par de cuadras, alejándose del predio, más allá de los puestos de comida callejeros, tan típicos y significativos de México, enseguida hay un shopping y un barrio residencial, donde casi todos los frentes de las casas están rematados con cercos electrificados o alambres de púa.

Guadalajara queda en Jalisco, el árido estado donde nació Juan Rulfo. De hecho, la revista de su universidad se llama Luvina, como el mítico cuento, aquel imborrable pueblo fantasma del que no se vuelve. Se cumplieron treinta años de la FIL. Treinta años que obligan a recordar una vez más que los números redondos y las efemérides no definen un acontecimiento, que las efemérides, más que celebrarse, siempre deberían ser ocasión de sospecha, lectura y análisis bajo la imprescindible luz de la historia.

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