Lo que la Argentina puede aprender de la crisis de Chernóbil

Emilio Ocampo
Emilio Ocampo PARA LA NACION
La crisis argentina y Chernobyl
La crisis argentina y Chernobyl Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
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7 de agosto de 2020  • 00:33

El accidente nuclear de Chernóbil marcó un hito en la trayectoria que llevó al colapso de la URSS y el Pacto de Varsovia. La ineptitud y el dogmatismo de la "nomenklatura" y la inviabilidad económica del sistema comunista nunca se manifestaron de manera tan visible como en esa primavera de 1986. ¿Qué tiene que ver Chernóbil con la Argentina? La ineptitud de nuestra "nomenklatura" y la inviabilidad de nuestro sistema político-económico nunca se manifestaron con tanta claridad como en los últimos cuatro meses. Al igual que en 2002, la mala praxis gubernamental demostró ser un arma de destrucción masiva en el plano económico. En sus críticas al capitalismo, ni Marx ni Keynes imaginaron que un gobierno pudiera provocar una crisis como la que hoy aflige al país. Y la culpa no es solamente del coronavirus.

Un gobierno que se jactó de "científico" decidió adoptar el voluntarismo como política sanitaria

.Un gobierno que se jactó de "científico" decidió adoptar el voluntarismo como política sanitaria. Basado en una concepción marxista de la epidemiología concluyó que el Covid-19 era el virus de los ricos que habían viajado a Europa. Ergo, solo era cuestión de encerrarlos por un tiempo y todo estaría bien. La cuarentena no fue el error. Era necesaria para frenar el contagio. El error fue hacerla sin testeo, sin rastreo, sin aislamiento y sin establecer protocolos sanitarios que permitieran a la economía seguir funcionando. Es una cuarentena "boba" y sin estrategia de salida.

Los países del sudeste asiático son los que más saben cómo controlar pandemias. A mediados de marzo resultaba evidente que Corea del Sur, Taiwán, Singapur y Japón habían logrado contener el virus sin destruir sus economías. Uruguay también lo logró. Solo había que estudiar lo que hacían y tratar de emularlos. El gobierno de científicos en vez se enamoró de una cuarentena eterna controlada por un Estado parapolicial que provocó una contracción inédita de la actividad económica. La recesión fue particularmente letal para las pymes que de no haber sido por una empresa del sector privado que tanto el Gobierno como la dirigencia sindical se dedican a hostigar habrían mayormente desaparecido.

En materia financiera también primó el voluntarismo. Una vez más el Gobierno decidió enseñarle al mundo cómo se deben reestructurar las deudas soberanas. Solo un narcisismo infantil puede hacer creer a alguien que portarse como el enfant terrible de los mercados internacionales no tiene costos. Lo único que le enseñamos al mundo es que no debe confiar en que le devolvamos el dinero que nos presta, y por lo tanto si lo hace, debe cobrarnos tasas usurarias. Además, le enseñamos al ministro de Economía en qué consiste una renegociación de la deuda, algo que hasta el 10 de diciembre desconocía. El costo fue enorme. Luego de seis meses de negociaciones y media docena de ultimátums, se consiguió un acuerdo con los bonistas. Sin embargo, el país sigue sin rumbo económico y sin reformas a la vista.

Nuestros gobernantes han confiscado nuestros ahorros tantas veces que les parece normal confiscárselos al resto del mundo. Creen, o quieren hacerles creer a quienes los votan, que los acreedores externos son tres señores gordos de levita y galera negra que fuman habanos mientras elucubran cómo expoliarnos. En realidad son mayormente jubilados y ahorristas de Estados Unidos y Europa que no quieren que nos apropiemos indebidamente del fruto de su trabajo. Lo mejor que nos podría pasar es que las instituciones que gestionan esos ahorros aprendan de una vez que no hay que prestarle más dinero al Estado argentino, al menos mientras el Gobierno persista en aplicar políticas equivocadas.

Nuestra Constitución dice en su primer artículo que elegimos "la forma representativa republicana y federal" para gobernarnos. En realidad, a nivel provincial y municipal coexisten el feudalismo en sus variantes medieval, semiilustrada y patrimonialista, el narcopopulismo, el petropopulismo y, en el mejor de los casos, una protodemocracia. A nivel nacional, tenemos un Ejecutivo que con la excusa de la emergencia permanente avasalla al Congreso (con su propia anuencia) y somete al Poder Judicial.

En Estados Unidos, a los congresistas se los llama "representantes", dejando en claro que existen representados, es decir, quienes votan. En la Argentina, gracias a la "lista sábana" y el sistema electoral, quienes ocupan un escaño en el Congreso representan a caciques partidistas elegidos "a dedo". Con algunas excepciones constituyen una oligarquía que usa y abusa del poder para preservar sus prebendas y privilegios. No solo no nos representan, sino que compiten por obstruir, impedir, obstaculizar y encarecer cualquier actividad productiva con regulaciones, prohibiciones, tasas, contribuciones, retenciones e impuestos pergeñados por ellos mismos o por asesores que nunca se han tenido que ganar la vida productivamente. Luego se desgarran las vestiduras ante el inevitable aumento de la pobreza generado por ellos mismos.

El sistema económico que nos rige desde 1946 institucionalizó el divorcio entre remuneración y productividad, algo a lo que ni siquiera se atrevió el estalinismo. En vez supuestamente se guía por la "justicia social", que es la manera arbitraria en que la oligarquía político-sindical-empresarial decide cómo "dividir la torta". Con este sistema se invirtió la lógica del desarrollo económico, que consiste en que una proporción creciente de la fuerza laboral esté ocupada en actividades de alta productividad. En la Argentina tenemos cada vez más pobres que no trabajan. Alberdi decía que la pobreza es a la riqueza lo que la enfermedad a la salud. Combatir esta necesariamente implica fomentar aquella, mal que le pese a Francisco.

Nuestro sistema es tan perverso que castiga a los más creativos, más emprendedores y más talentosos y premia a los más corruptos, más inescrupulosos y más mediocres. La kleptocracia que gobierna parece no haber entendido que, llevado al extremo, el bandidaje es una estrategia subóptima. En vez de seguir el modelo de Kublai Kan sigue el de Mugabe. Terminará "comiéndose" un país raquítico.

La crisis de Chernóbil ilustra tres puntos importantes. Primero, el colapso puede ocurrir rápidamente. Pasaron cuatro años hasta la caída del Muro de Berlín y seis para que se disolviera la URSS luego de setenta años de existencia. Segundo, aunque costoso y doloroso, el colapso no necesariamente significa el apocalipsis, sino que puede significar una oportunidad de regeneración. Basta ver qué pasó en Polonia. En 1991 su PBI per cápita era 70% del de la Argentina; en 2020 será el doble. Tercero, la regeneración toma tiempo y, por ende, requiere constancia. Por otro lado, la experiencia de Venezuela demuestra que un colapso no necesariamente lleva a una regeneración, sino que puede terminar en la "muerte de los mil cortes". Para regenerarse, una sociedad no solo debe contar con reservas "morales", sino también poder engendrar una nueva dirigencia que, con un diagnóstico acertado, visión de largo plazo y capacidad de liderazgo, pueda encarar las reformas necesarias. "En la cancha se ven los pingos", dice el refrán. Si nuestra historia sirve de guía, hay algo de luz al final del camino. Además, esta vez ya tenemos la Constitución.

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