Lola Mora, de la calumnia a la gloria

Por Pablo Mariano Solá Para LA NACION
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28 de mayo de 2003  

La fecha, jueves 21 de mayo de 1903. El lugar, la plaza Colón, en el Paseo de Julio, entre Cangallo y Bartolomé Mitre (actuales avenida Leandro N. Alem, entre Presidente Perón y Sarmiento). La escena, algunos funcionarios de gobierno, las bandas de música de los regimientos 2° y 10° de línea, mucho público y Lola Mora dispuesta a inaugurar su primera obra escultórica en la Argentina. A las 4 de la tarde, cuando llegó el intendente Alberto Casares, se dio comienzo a la sencilla ceremonia descorriendo la lona que cubría la fuente, al tiempo que dos operarios a las órdenes de la escultora abrían los grifos para hacer funcionar el juego de aguas. La concurrencia, emocionada, prorrumpió en vítores y aplausos, que aumentaron cuando la artista fue alzada por algunos hombres para que la viera la multitud. Diría LA NACION al día siguiente: "La gente rompió el círculo que hacía dos horas había formado y se abalanzó a la fuente para contemplarla de cerca, y las exclamaciones de admiración se escapaban de todos los labios".

Pasada la euforia inicial y acallados los sones de la marcha triunfal, Lola Mora se sentó en el borde de su monumento para recibir las felicitaciones del ministro del Interior, Joaquín V. González; de Carlos Pellegrini; del embajador en Italia, Enrique Moreno; de Ernesto de la Cárcova, Carlos Thays, Ernesto Tornquist; de los señores Bollini, Urquiza, Biedma, Mujica Farías, y tantos otros. La artista sonreía aliviada, disfrutando de la merecida recompensa. Seguramente se atropellaban en su memoria los recuerdos de su Trancas natal, la prematura muerte de sus padres, sus estudios en San Miguel de Tucumán, sus clases particulares de dibujo con Santiago Falcucci, la dificultad para exponer sus primeros cuadros tratándose de una mujer, el viaje a Buenos Aires en busca de nuevos horizontes, la beca del Estado para perfeccionarse en Europa, su maestro en el retrato Francesco Michetti, el descubrimiento de su verdadera vocación por la escultura en Roma, las lecciones de Costantino Barbella y de Julio Monteverde, y el éxito rápidamente alcanzado en Italia.

Lola ya había saboreado el placer de ganar concursos internacionales, recibir premios, vender sus obras a familias de la nobleza peninsular y leer elogiosas críticas en diarios europeos. De la mano de su amigo Gabriele D´Annunzio, había frecuentado el Café Greco, reducto de la bohemia romana, integrada por artistas e intelectuales de renombre. En Italia la llamaban "la argentinita de los cabellos peinados por el viento", pero en su amado país no se conocía su obra escultórica. Así pues, en agosto de 1900 volvió a Buenos Aires y le ofreció al intendente Adolfo Bullrich una fuente artística para ser ubicada en la Plaza de Mayo, por la que no cobraría honorarios. El Estado pagaría el material, el flete y los costos de instalación. El funcionario aceptó la oferta, tal vez sin muchas expectativas. En definitiva, ¿qué clase de monumento podría esculpir una mujer?

La piedra del escándalo

Un año y medio trabajó Lola en su casa atelier de la Via Dogali 3, en Roma, con sus ayudantes Bognoleto, Braga y Paganini, dando forma a su fuente. En el primer boceto aparecía el dios Nereo rodeado de sirenas y monstruos marinos, coronados por un obelisco trunco del que salía un chorro de agua. Este diseño fue pronto modificado por el que sería definitivo: dentro de una gran valva marina, tres caballos alados briosos sujetados por tres tritones; en el centro, un basamento de piedra y, sobre él, dos nereidas que sostienen otra valva, de la que surge triunfal Venus, diosa latina del amor sensual y la belleza.

Críticos de arte y periodistas que visitaban su atelier describían a Lola Mora como una mujer menuda, ágil y enérgica, de mirada intensa, que montada en caballetes o escaleras cantaba coplas norteñas al ritmo de los golpes de cincel. Vestía blusas sueltas de seda cruda, amplios pantalones gauchos, pañuelo bordado al cuello y una boina que apenas podía retener su indomable cabellera negra, ahora encanecida por el polvo del mármol de Carrara. Apasionada con su fuente, había postergado otros trabajos y solía robar sueño a sus noches.

Los distintos fragmentos de la fuente -37 toneladas embaladas en grandes cajas- viajaron en tren de Roma a Génova y, bajo la supervisión del embajador argentino en Italia, fueron embarcados en el vapor Toscana, que partió para Buenos Aires el 4 de agosto de 1902. Lola viajó en la primera clase del Duchessa di Genova, que arribó a la Dársena Norte el 30 de agosto.

Pero en su tierra la esperaban desagradables sorpresas: una comisión municipal negaba a la Intendencia la autorización para pagarle a Lola los 5000 pesos que restaban del contrato pactado. Y, más grave aún, los desnudos de la fuente resultaban tan sensuales, voluptuosos y escandalosos para la moralina porteña de comienzos de siglo, que impedían su emplazamiento en la Plaza de Mayo, frente a la Catedral. Se sugería ubicarla en los terrenos de la antigua Estación Central de Ferrocarriles, en el Matadero del Sur (futuro Parque de los Patricios), en la plaza 6 de Junio (hoy plaza Vicente López) o en cualquier otro arrabal frecuentado por compadritos y lo suficientemente alejado del Centro como para no ofender a los "ciudadanos honorables" con semejante exposición de pornografía marmórea.

Tan ruidosa fue la polémica por la inmoralidad de la Fuente de las nereidas que otras críticas no menores se vieron opacadas por ella. Como los insistentes rumores que ponían en duda que Lola fuera la verdadera autora del monumento, al no existir antecedentes de escultoras profesionales en nuestro país. Para desmentirlos, la artista completó en Buenos Aires muchos detalles de su obra a la vista del público y la prensa. Así lo explicaba ella en un reportaje: "A propósito traigo algunos trozos, como ser una cabeza, una mano, etcétera, para que me vean trabajar en público, a fin de echar por tierra ciertas calumniosas versiones que me mortifican". Varias fotografías de Lola Mora esculpiendo su fuente son un testimonio irrefutable de su talento y honestidad.

Otro motivo de debate fue el tema mitológico del monumento. En una época en que la estatuaria porteña incluía tantos bustos de próceres, estatuas ecuestres y monolitos conmemorativos, no pocos se preguntaban qué tenía que ver con nuestra historia una fuente que simbolizaba el nacimiento de una diosa de la mitología grecorromana. Lola Mora entendía que la cada vez más cosmopolita Buenos Aires merecía enriquecer su patrimonio con obras de arte de tema universal, y su fuente, lejos de simbolizar hechos de nuestra historia local, hurgaba en las raíces culturales de Occidente. La fuente bien podía estar en cualquier gran ciudad del mundo. De hecho, cuando el boceto fue conocido en Roma, el municipio de Filadelfia (Estados Unidos) ofreció una suma elevada para que la obra integrara el pabellón de dicha ciudad en la Exposición de Saint Louis, y antes de ser embarcada en Génova, el alcalde de San Francisco quiso comprar la fuente por la suma de 150.000 francos. Lola desechó ambas propuestas.

Elogios calurosamente machistas

Tras varias entrevistas con el intendente Bullrich, la escultora consiguió cobrar el dinero reclamado. Y, finalmente, después de proponer el emplazamiento de la fuente en diversos sitios periféricos, se decidió, por gestión de Bartolomé Mitre, su ubicación en el Paseo de Julio, a metros de la Casa de Gobierno. Allí se levantó una estructura de madera, dentro de la cual Lola pudo ensamblar y hacer los últimos retoques a su obra maestra.

Una semana después de la inauguración, Leopoldo Lugones escribía para el diario La Tribuna una detallada crítica artística sobre la fuente. En una pintoresca manifestación del machismo imperante en la sociedad, el escritor reconoce sus escasas expectativas antes de conocer la obra, previniendo "el casi seguro desencanto. Sin duda la mujer vale siempre más por su traje que por su cabeza, y cuesta suponer excepciones a ley tan imperiosa". Sorprendido por la calidad del monumento (a pesar de ciertas críticas de estilo), dice Lugones: "La impresión dejada por esa fuente es de obra de varón. Su resolución, su gallardía son varoniles, así se entremezcle, embelleciéndolas, cierta molicie femenil que es como la armonía flotante del conjunto". Concluye su nota con un mensaje a la escultora: "Señorita, gracias a Ud. encuentro posibles las mujeres de talento. ¡Qué talento tiene Ud.!" Nótese cuán discriminatorios pueden ser los elogios.

La Fuente de las nereidas , trasladada en 1918 a la Costanera Sur, ya vivió un siglo rodeada de polémicas, críticas y escándalos. Conoció épocas de esplendor y de abandono. Varias restauraciones intentaron curar sus grietas. Para protegerla de los daños que sufren muchos monumentos públicos, alguna vez fue enrejada y desde el año 2000 luce presa en una curiosa cárcel de cristal. Ya nadie discute su tema mitológico ni se escandaliza por sus desnudos. Los pocos que aún ponen en duda el talento artístico de Lola Mora lo hacen, en muchos casos, desde posturas fuertemente ideologizadas o desde el mero resentimiento. Hoy es políticamente correcto disimular todo residuo de machismo.

Desde el día 21, organizado por el gobierno de la ciudad de Buenos Aires, está desarrollándose un mes de homenajes para conmemorar los cien años de la fuente, el primer monumento esculpido por una mujer que se inauguró en la ciudad, y el único cuyo nombre fue popularmente opacado por el de su autora. Porque aunque se llame Fuente de las nereidas , todos la conocen como la sensual "Fuente de Lola Mora".

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