
"Los escándalos políticos son un fenómeno omnipresente"
El especialista en medios afirma que el mejor modo de combatirlos es crear líneas de conducta claras para los dirigentes
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NUEVA YORK.- El encuentro con John Thompson es en un café a pocas cuadras de Wall Street, en una tarde de calor intenso aumentado por la furia que sienten muchos norteamericanos hacia la pope de los artículos para el hogar, Martha Stewart, sobre la cual se centra el escándalo financiero del momento por insider information que le dio su agente de Bolsa.
"Esto es el mundo post-Enron. La sensibilidad de la gente hacia las instituciones financieras nunca fue de tanta bronca y resquemor; se perdió esa confianza que es lo único que permite que gran parte de las herramientas del capitalismo moderno funcionen, y ni quiero imaginarme lo que pasa al respecto en la Argentina", dice Thompson. Aunque él debería saberlo: a los 50 años, Thompson posiblemente sea el único académico de primer nivel internacional dedicado a una rama bastante particular de las ciencias blandas: la sociología del escándalo en sus tres ramas: financiera, sexual y política.
Profesor de la Universidad de Cambridge y autor de varios "clásicos" de la comunicación social, como Los medios y la modernidad (Paidós), Thompson acaba de ganar el premio Amalfi, que se otorga anualmente al mejor libro de sociología publicado en Europa, por Escándalo político. Poder y visibilidad en la era de los medios , texto que en la Argentina acaba de ser publicado por Paidós.
En él, Thompson argumenta que el comienzo del Génesis ya nos instruye sobre el Skandalon , el paradigma del pecado, su negación, la revelación de éste y la caída en desgracia que implica. En la era moderna, en cambio, los escándalos son, sobre todo, luchas sobre el poder simbólico que la confianza y la reputación dan -o quitan- a los personajes o instituciones públicas. El tema es que la revelación de lo que se quiso ocultar y las estrategias para tratar de cubrirlo se vuelven una parte integral del drama. Las llamadas transgresiones de segundo orden -las evasiones y mentiras del estilo "No tuve relaciones impropias con Monica Lewinsky"- tienden en general a volverse más importantes que el hecho que las originó.
Los casos particulares, de Watergate a Enron, pasando por cuanta aventurilla haya tenido cualquier diputado de provincia, parecen fluir de la condición genérica de la "visibilidad mediática": ese inevitable conflicto que se da con la inevitable unión de políticos que dependen de la publicidad de sus actos y declaraciones con los perros de caza de los medios que quieren dar a conocer sus "otros" tipos de actos y declaraciones.
"Paradójicamente, los franceses que parecen tan inmunes a los escándalos (en particular los del tipo sexual, si recordamos el harén de Mitterrand) son los que nos han provisto de las mejores herramientas para analizarlo. Emile Durkheim señalaba que aun en una sociedad de santos habría la misma proporción de pecadores porque los estándares subirían. Aún más al punto viene la teoría de Henri Bergson, que dice que la risa es la venganza de las masas sobre los individuos aventureros. El verdadero escándalo rápidamente se vuelve casi una broma global como cuando, en tiempos de Clinton, se decía que en una encuesta de mil mujeres a las que se les preguntó que opinarían de acostarse con el presidente, un 60 por ciento respondió: Ô¡No lo volvería a hacer!´, o las bromas crueles que hoy circulan sobre Enron", dice Thompson con el marcado acento que lo ubica del otro lado del Atlántico Norte.
-¿Por qué un académico de su prestigio se volcó a la prensa amarilla para estudiar el escándalo?
-Porque a pesar de la larga historia de escándalos que tenemos y la profusión de revelaciones de los diversos tipos de escándalos que hay cada mañana en las noticias, siempre me pareció increíble que no se hubiera realizado un estudio serio sobre el tema. Hay varias antologías publicadas que son informativas, pero que abordan de manera más bien light un recorrido por las reputaciones destrozadas de los distintos políticos y otras figuras públicas, y hay numerosos libros y artículos escritos por periodistas y personajes involucrados en los escándalos con distinto grado de insider information (información confidencial) que recuentan los episodios desde distintos puntos de vista. Sin embargo, prácticamente no hay trabajos de una perspectiva más analítica que busquen analizar la naturaleza del escándalo y las condiciones sociales que los determinan.
-¿Es un tema considerado demasiado frívolo para el mundo académico?
-Por supuesto. Para algunos, el escándalo simplemente debería ser dejado a los periodistas sensacionalistas y los programas de chimentos: es un tema tan trivial -o al menos así lo aseguran- que no merece la atención de académicos serios. Otros pueden ser menos despectivos, pero aun así consideran que estudiar al escándalo es preocuparse de lo superficial. Creen que el escándalo es la crema de la vida social, batida por periodistas inescrupulosos y organizaciones de medios que saben aprovecharse de las indiscreciones sexuales de los poderosos para hacerse de un dólar fácil. Peor aún, es la espuma que tapa lo que verdaderamente importa, sacando la atención pública de los asuntos importantes de la vida social y política como el desempleo, la pobreza, el hambre y las guerras civiles en lugares lejanos que rara vez aparecen en primera plana de los diarios, mientras que cualquier indiscreción sexual de un político acapara los titulares. Esta suspicacia del escándalo es comprensible, pero si deseamos hacer sentido de la prominencia que los escándalos han acaparado en la vida de las sociedades modernas, hay que dejar esos prejuicios de lado.
-¿Y entonces?
-Lo que yo creo es que si deseamos entender el auge del escándalo político hoy, debemos analizarlo en el contexto de algunas de las principales transformaciones que han marcado este cambio de siglo. Podemos entenderlo sólo si vemos que tiene sus raíces en una serie de desarrollos que tienen una larga historia y que han tenido un impacto duradero en la vida social y política. El principal de éstos, llanamente, es la naturaleza cambiante de los medios de comunicación, que revolucionó el grado de visibilidad de las figuras públicas y redefinió los límites de lo que era su vida privada. El escándalo se convirtió en una característica tan saliente de la vida cotidiana principalmente porque los individuos que entran en la arena pública están mucho más expuestos y por ende son mucho más visibles que lo que fueron jamás, y porque su capacidad para trazar una línea entre su persona privada y su actividad pública está mucho más limitada. En esta era de visibilidad mediática, el escándalo es un riesgo que constantemente amenaza con tragarse a individuos cuyas vidas están bajo el reflector público, que ellos mismos -además- intentan manipular para su propio beneficio con agentes de prensa, spin doctors y demás.
-Su estudio se basa en el mundo anglosajón. ¿Cuánto de esto se aplica al resto de los países?
-Una de las características más interesantes sobre el escándalo es su omnipresencia; de Japón a Brasil, de Italia a la Argentina, el escándalo es un fenómeno que sobresale siempre en el dominio público. Por supuesto, en las distintas nacionalidades tienen distintas características. Los escándalos sexuales típicamente juegan un papel mucho menor en la vida política francesa, italiana o incluso argentina que en la británica, mientras que, en distintos grados, los escándalos políticos de esos países en general han estado vinculados a la corrupción y el abuso de poder. Pero hay muy pocos países donde el escándalo de algún tipo no se haya convertido en un rasgo prominente de la sociedad contemporánea, y creo que el modelo analítico que propongo sirve para abordarlo en cualquier lugar.
-¿Qué puede tener de bueno el escándalo?
-Debemos ser prudentes en no asumir automáticamente que los escándalos siempre van a tener un efecto negativo en la vida pública, trivializando el debate público y distrayendo a la gente de los temas que verdaderamente importan. Por el contrario, muchos escándalos han echado luz sobre actividades ilícitas y han estimulado debates sobre la conducta y la responsabilidad de la gente que nos gobierna. En general, la mejor manera de responder a los escándalos políticos es creando una mayor transparencia en el gobierno, que deja un menor espacio a la suspicacia. Una segunda manera de responder positivamente a los escándalos es crear líneas de conducta claras para los políticos, en vez de los sobreentendidos vagos que son la tradición. Los otros puntos tienen que ver con los medios de comunicación: si bien los reclamos de privacidad de políticos o instituciones financieras pueden ser para defender sus propios intereses, el debate sobre los límites del periodismo debe ser encarado con fuerza. Si los escándalos pueden ser disparadores de todo esto, su efecto no es desdeñable.
-Pero pensando en la Argentina, ¿puede haber tal acumulación de escándalos financieros que el término ya deje de tener sentido?
-Hay un punto en el cual la acumulación de escándalos pierde toda proporción y ustedes ya pasaron ese punto en la Argentina. El uso del término escándalo ya no es apropiado por un problema de escala. La causa de un escándalo político tiene que tener algún tipo de tesitura moral, que si no existe no tiene sentido. La gente tiene que mantener la capacidad de sentirse indignada, no desbordada. O sea, se puede hablar de escándalos políticos como el Watergate, de escándalos financieros como Enron; pero si aparece información que se intentó ocultar sobre un genocidio masivo como el Holocausto, por ejemplo, la escala del desastre es tan grande que la palabra no es apropiada. Quizás algo análogo pueda aplicarse a la Argentina en lo económico, donde hasta hace un par de años podía hablarse de escándalos financieros; hoy no creo que tenga sentido.
-¿Enron, en cambio, sí es un ejemplo de escándalo financiero?
-De libro de texto. Para utilizar la palabra escándalo debe haber algún tipo de transgresión que es ocultada y se descubre, y la naturaleza de esa transgresión tiene que tener algún tipo de dimensión moral. Enron es un ejemplo perfecto, porque además demuestra la importancia del contexto histórico e institucional: fue emblemático y sintomático de la inflación del mercado de valores de la década del noventa y la hiperespeculación que trajo. Y también de los juegos de poder que permitieron que mucha gente perdiera sus ahorros mientras los responsables se escurrían. Enron es un símbolo del fin de la burbuja financiera de los años noventa y la corrupción que materializó. Pero no sólo por eso fue un punto de inflexión a nivel mundial, sino porque, a causa del involucramiento de la auditora Andersen, trajo a la luz esta discusión sobre si se puede confiar no sólo en las instituciones financieras, sino también en las instituciones que se supone que deben controlar a esas instituciones financieras. De esta manera, todo el sistema se queda sin una de sus patas fundamentales que es la confianza; lo mismo que ocurre cuando la clase política se queda sin ella. Sólo que, entonces, el principal barómetro son las elecciones, que son periódicas: pero las acciones de las compañías pueden subir o bajar todos los días. Es interesante ver qué va a pasar.
-Pero en los próximos meses, ¿qué tipo de escándalos predominarán? ¿Podría haber existido un caso como el de Clinton-Lewinsky después del 11 de septiembre?
-Yo creo que a partir del nuevo escenario internacional, los escándalos se mantendrán, pero el tipo de escándalo predominante será distinto. No elimino la posibilidad de nuevos escándalos sexuales -el de Gary Condit y su pasante, incluso, se mantuvo-, pero es difícil pensar que en este nuevo escenario de patrioterismo pueril haya muchas acusaciones de este tipo, que lucirán casi frívolas. Más bien, habrá excesos en materia internacional. Y, como siempre, las grandes guerras de desprestigio se verán en las elecciones. La confianza y la reputación siguen siendo las bases de la política. Eso es garantía de que tendremos escándalos para rato.
Perfil
- John B. Thompson nació en Estados Unidos, pero a los 18 años cruzó el Atlántico para estudiar en Inglaterra, y nunca más se movió de ese país europeo.
- Completó sus estudios de grado y su doctorado en la Universidad de Cambridge, dondehoy es profesor de Sociología y miembro del Jesus College.
- Si bien viaja a Nueva York seguido, su modo de hablar y ademanes son puramente británicos, y luce más cómodo con toga y birrete en un antiguo claustro que en jeans y zapatillas en las calles de Manhattan. Además, no le gusta
- ni el béisbol ni el fútbol americano.
- Es el principal editor de Polity Press, una división del gigante británico Blackwell, dedicada a los textos académicos. Anthony Giddens, Jürgen Habermas, Peter Burke, Pierre Bourdieu, Jean Baudrillard y Roger Chartier son algunos de los autores que publica regularmente.
- Fanático del fútbol, acaba de lanzar una colección dedicada al análisis de figuras populares realizado porintelectuales distinguidos. Por supuesto, el primer libro que encargó será sobre David Beckham, encarado como ídolo mediático más allá de sus habilidades con la pelota.
- El reconocido internacionalmente por su libro Los medios y la modernidad.
- Fue la primera persona en la Universidad de Cambridge que se dedicó al estudio de los medios de comunicación, y a pesar de cosechar todo tipo de galardones del establishment académico, aún hoy es considerado un rebelde.
- Su libro El escándalo político. Poder y visibilidad en la era de los medios recibió el premio al mejor texto de sociología de Europa. Según el diario británico The Independent, se trata de una obra maestra. "En un clima de perpetua indignación moral como el que vivimos existe un extraño placer en leer un texto sobre el escándalo que no sermonea ni denuncia a los políticos corruptos y periodistas inescrupulosos. El trabajo de Thompson es virtualmente una enciclopedia sobre el escándalo, pero sobre todo una abarcadora teoría sobre el tema, manteniendo una distancia sana pero compasiva sobre héroes, payasos y víctimas por igual", se asegura en la reseña del diario británico.
Confianza erosionada
"La Argentina es un objeto de estudio apasionante hoy para cualquiera que se dedique al escándalo político. Porque los sucesivos hechos erosionaronla confianza de manera brutal en todo el sistema. La confianza es un bien escaso, que se construye con mucho esfuerzo y de a poco. Cuando sedestruye radicalmente,nadie sabe si se puede restaurar. Rarar vez se logra en un político, en todo un sistema es un desafío sin precedente. Creo que tomará mucho tiempo y esfuerzo, y un nuevo pacto social construido sobre la base de un grado de apertura y transparencia que demuestre que hubo un quiebre y que se están reconstruyendo las instituciones desde plataformas más sólidas y distintas. Si esto no ocure, cualquier sacudida puede ser mortal, si es que ya no lo fue."





