
Los héroes de Cromagnon
Por Gustavo Bossert Para LA NACION
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Esa noche de espanto en Cromagnon miles de chicos respiraron el aire venenoso que la imprudencia o el crimen engendraron para ellos. Muchos, demasiados –uno ya sería demasiado–, son ahora un dolor para siempre de los argentinos y no hay palabras que alivien en los padres su pena de otro mundo. Otros, sofocados, con hilachas de oxígeno, en bocanadas últimas, llegaron a la calle y, aunque nadie hasta ahora ha evocado sus nombres, esos chicos, aquella madrugada, fueron ángeles y héroes. Ninguno de ellos dejó la esquina, no corrieron al refugio del hogar a celebrar la vida ni vivieron la alegría del milagro. Todos ellos, que salían del infierno, limpiaron un instante los pulmones y, sin dudas ni cuidado, volvieron a entrar.
Tanteando en la absoluta oscuridad, midiendo la respiración, hurgaron en las ruinas y, con fuerzas que ellos no se conocían y sumados a la abnegación de los bomberos, hasta la alta mañana sacaron y sacaron los cuerpos de los vivos y los muertos.
Conozco a dos de ellos. Dalmiro Chaín pasó aquellas horas infinitas rescatando a otros chicos, hasta que uno de ellos, a quien revivió practicando como pudo respiración boca a boca, se le murió en los brazos. Dalmiro ignora el nombre de ese chico, llevado en ambulancia quién sabe hacia dónde, y sin embargo ésa es para él, y quizá para siempre, una muerte personal, una amargura imprescriptible.
Cuando empezó el fuego, Fernando Lehmann, cerca del escenario, advirtió que jamás llegaría a la puerta de entrada; una multitud desesperada se interponía. Las otras puertas habían sido clausuradas por desidia o codicia criminal, la Justicia dirá. En el borroneo de las sombras y la fugacidad de esos instantes, Fernando vio o creyó ver a un músico que corría hacia atrás del escenario.
Trepó al escenario y buscó la salida que debía haber al fondo, chocó contra una pared, tanteando la siguió esperanzado hasta que volvió a chocar, el veneno empezaba a sofocarlo, se propuso respirar cada treinta segundos mientras pensaba con asombro que era absurdo morir de esa manera y siguió buscando el hueco que le devolvería el mundo hasta que una mano fuerte, de muchacho, abrazó su cintura, lo cargó de costado y con una mínima linterna atravesó un pasillo y llegó al aire, al oxígeno, a la claridad de las estrellas. Fernando se volvió para agradecer y abrazar al ángel de la guarda; no pudo; lo vio de espaldas entrando de nuevo en el infierno, para salvar a otros chicos.
Enseguida, Fernando fue a la puerta abierta al frente, y junto a los otros entró y salió mil veces rescatando a los que aún estaban encerrados.
En Dalmiro y Fernando evoco y reverencio a los héroes de esa noche cuyos nombres ignoro.
De la tragedia conocemos cada día acusaciones, frases de condena, estrategias políticas; por momentos, tengo la desesperanzada sensación de contemplar un picoteo en las cenizas. Casi no se ha hablado de la gesta colectiva y heroica de aquella madrugada. Y el alma precisa esos recuerdos para confiar en el destino y en la condición humana.
Junto a los nombres del dolor, tengamos en la memoria para siempre, como ejemplo de amor, el heroísmo de esos chicos que volvieron purificados del infierno.





