Los horneros son cosa seria
Por regla general, los gatos no se paran en dos patas y se dedican a dar zarpazos contra una ventana. Conscientes de que la dignidad no se negocia, los felinos evitarán una escena tan indecorosa. Por eso, cuando descubrieron que esa gata –de todas, la menos problemática, y muy apegada a mí– parecía haber perdido el juicio, fui convocado al lugar de los hechos, donde me esperaban noticias funestas.
–Hay algo del otro lado –me informaron. El tono era de sincera preocupación y la palabra algo fue pronunciada con temor mal disimulado. Noté varias otras cosas, aparte de la gata, que ahora aguardaba agazapada como un resorte. El vidrio esmerilado estaba salpicado de una sustancia oscura; barro, casi seguramente. Además, se veía una sombra opaca e inmóvil a un costado. Entonces, algo (recuerden el tono ominoso) aleteó fantasmal del otro lado del vidrio y la gata empezó otra vez con su danza esperpéntica.
–Era hora –dije, aliviado.
–¿Hora de qué?
–De que tuviéramos horneros.
Corrimos a ver el frente de la casa, y ahí estaban, en una ventana de la primera planta, recién comenzada la obra, los cimientos de un nido de horneros. Uno de sus responsables nos observaba con recelo, mientras del otro lado se adivinaba a la pobre gata; toda una lección sobre los puntos de vista, por cierto. Debajo del nido, la pared aparecía chorreada de barro, lo que suele ser motivo de queja. Pero no nos preocupó. Queríamos nuestro nido de horneros .
Pasaron, sin embargo, más de tres años hasta que una pareja (son monógamos y la relación suele durar de por vida) decidió instalarse en esta casa, lo que constituye para mí un misterio. Los he visto en otras viviendas, y ni el ancho del alféizar ni su orientación parecían un obstáculo. ¿Pero quién se atreve a adivinar los motivos de los pájaros?
En todo caso, no le falta aquí material a un par de horneros diligentes, y en solo unos días (en otras regiones puede llevarles un mes) tuvieron su domicilio completo, la gata desistió de cazar sombras, y muy pronto advertimos que la elección de esa ventana había sido providencial.
No sé si ubican el canto aguerrido del hornero. Digamos que no es un pájaro que se caracterice por su sentido del humor. Es lógico, considerando que es capaz de construir algo que pesa como cinco kilos, tiene una cámara interior protegida de los elementos para la crianza de sus pichones, puede durar años y no pocas veces le sirve de nido a otros volátiles. Es un tipo serio el hornero.
Tal vez por eso, se lo ve a menudo agitar las alas hacia atrás mientras ametralla el aire con una serie de advertencias cortas, agudas, sonoras y vehementes. Es común que haga esto a la mañana, junto a su nido. Pues bien, esa ventana está a dos pasos del dormitorio, por lo que ahora no corremos el riesgo de quedarnos dormidos. No, tampoco los domingos.
Menos afortunada fue la situación que vivió una querida amiga mía, cuando, cada día, nada más alboreaba, un hornero pertinaz se ponía a picotear una de sus ventanas. En el silencio límpido de la mañana, el indignado y territorial Furnarius despertaba a toda la familia. Así que una o dos semanas después me preguntó qué podía pasarle al puntual pajarito. Supuse o leí que tal vez estaba peleándose con su propia imagen reflejada en el vidrio. Después de algunos experimentos y un breve debate de ideas, mi amiga puso en el alféizar un pájaro de adorno, grande y metálico. ¡Para qué! No son tampoco de amedrentarse, así que a la mañana siguiente el escándalo incluyó una percusión latosa. Casi nos dábamos por vencidos, cuando le pregunté si no podía conseguir la figura de un perro o un gato, y quiso la suerte que tuviera una así en su inventario. La colocó en la ventana y desde ese día el hornero desistió. Un poco cascarrabias, pero industrioso e inteligente, es desde 1928 nuestra ave nacional. Cuenta Daniel Balmaceda que lo eligieron los chicos, entre otros motivos, por ser tan trabajador. Me consta.











