
Los ídolos de la ciencia
Por Antonio M. Battro
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El filósofo y canciller de Inglaterra Francis Bacon publicó en 1620 un libro revolucionario, Novum organum , que propuso "la gran restauración" no sólo de las ciencias de su tiempo, sino de la manera de conocer y de aprender en el futuro. Bacon creyó en el progreso del conocimiento y de la ciencia, y en el valor de una comunidad, de una fraternidad científica, para lograrlo.
Creó la metáfora de la "Casa de Salomón", el rey sabio que humildemente contemplaba la naturaleza y que sabía transmitir el conocimiento de las cosas en forma clara y directa "con el fin de que nuestros errores pudieran ser identificados". Sus ideas inspiraron la creación de la Royal Society, una de las primeras academias de ciencias de Europa.
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Hay una evolución del saber, decía, pero ésta debe superar una serie de obstáculos que llamó "ídolos" puesto que son objeto de veneración de los ignorantes y enemigos del progreso de las ciencias. Los agrupó en cuatro categorías.
- Los ídolos de la Caverna. Son los que dependen de la educación que cada persona recibe. Tenemos tendencia a interpretar todo a partir de las ciencias que mejor conocemos y practicamos, algunos captamos mejor las diferencias entre las cosas y otros las semejanzas; algunos somos amantes de las novedades, otros preferimos el pasado.
- Los ídolos del Foro. Dificultan la libre comunicación de las ideas, pues los hombres no siempre dominamos nuestras palabras y expresiones cuando las difundimos en público.
- Los ídolos de la Tribu. Nos aferran a una determinada concepción de las cosas y nos llevan a denigrar todo lo que se opone a ella.
- Los ídolos del Teatro. Inventan incesantemente fábulas y mitos; inducen a los "sofistas" a elaborar teorías especulativas sin fundamento; a los "empíricos", a generalizar a partir de datos sin verificar; a los "supersticiosos", a mezclar las creencias y confundir la ciencia con la fe.
Bacon pensaba que los ídolos del Teatro eran los peores pues contaminaban a los demás, pero si los pudiéramos eliminar combatiríamos mejor a todos ellos. Fue demasiado optimista, pues los mismos ídolos continúan con nosotros cuatro siglo después, con nuevos nombres o disfraces.
Podríamos sustituir algunos términos: caverna por especialidad, teatro por espectáculo, foro por publicidad, tribu por corporación, y comprenderíamos mejor las trabas propias de las ciencias de nuestros días.





