
Los jóvenes excluidos
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Juventud equivale a posibilidad: lo que una persona se propone ser o hacer tiene relación con los plazos que impone el tiempo vital, con el ritmo de la marcha de cada persona hacia la madurez.
Dicho de otro modo: hay una etapa estratégica para la capacitación y el estudio que no debe ser desaprovechada. Bien puede ocurrir que lo que no se haga en esa etapa ya no pueda concretarse mañana. La aspiración que no se satisface a tiempo, con frecuencia se convierte en sombra. La inevitable melancolía que esta reflexión suscita excede el espacio de la mera experiencia individual y adquiere relevancia social y hasta peso político cuando se registran o toman en cuenta ciertos datos desnudos de nuestro frustrante panorama actual.
Un informe de la Dirección Nacional de Juventud señala que en nuestro país el 30 por ciento de los chicos de entre 15 y 19 años no estudia: sobre esa base depresiva se articulan las restantes referencias de la encuesta que el organismo ha difundido. Se señala, por ejemplo, que de los casi 9.500.000 jóvenes de entre 15 y 29 años que integran la población del país, alrededor de un millón y cuarto -es decir, el 13,2%-, no estudian ni trabajan.
La estricta correlación entre carencia de recursos económico-sociales y abandono del sistema educativo es una constante de cualquier estadística. También lo es que el fenómeno tenga una incidencia particularmente alta en los niveles de desocupación y subocupación.
Los desafíos apremiantes que impone el proceso de globalización y la universalidad e intensidad del proceso de transformación tecnológica están encontrando a buena parte de nuestra población juvenil prácticamente indefensa, sin capacidad de reacción ni de adaptación a la cambiante realidad que le toca vivir. Con el agravante de que esos índices desfavorables se hallan en sostenido incremento. Y, además, con la advertencia de que en determinadas jurisdicciones ese nivel de gente joven que no estudia ni trabaja ronda ya el 20 por ciento del total del segmento.
Ese desalentador proceso de deterioro y exclusión social exhibe prácticamente las mismas características en las distintas regiones del país: abrumado el grupo familiar por la pobreza o la miseria, la deserción escolar sobreviene como un resultado enteramente lógico, pues el niño o el muchacho están en condiciones de ingresar en el circuito informal de trabajo por una retribución ínfima. Muy pronto, sin embargo, el empleador prescindirá de él y, después, le será cada vez más difícil conseguir otra ocupación. Finalmente, encontrar empleo para él pasará a ser una tarea poco menos que imposible. De esta secuencia deriva una multitud de hechos negativos y moralmente disgregadores, que se advierten -por ejemplo- en las durísimas dificultades que esas personas deben afrontar cuando desean constituir una familia.
La sociedad y sus instituciones deben tomar conciencia de este problema y, en lo posible, ayudar a remediarlo o, por lo menos, a atenuar sus consecuencias. La indiferencia no es moralmente aceptable: se trata, por lo general, de jóvenes a los que se les niega no ya el acceso a tal o cual trabajo sino la esperanza de ver concretadas en su ámbito personal, en mínima proporción, las promesas que el desarrollo ha difundido por el mundo. Nadie puede asombrarse si la reacción de esas personas deriva prematuramente hacia el desaliento, la desmoralización, la automarginación, la derrota vital.
Tampoco sirve ocultar el hecho de que, en multitud de casos, la sombría situación se torna irreversible. En líneas generales, lo que la sociedad puede hacer -y lo que seguramente hará para paliar el grave problema- es un cometido "a futuro", que apenas alcanzará para aliviar en algo a las actuales víctimas de ese proceso.
Cabe esperar que en un tiempo no lejano las estadísticas arrojen resultados más alentadores. Pero no se puede demorar demasiado en encontrar respuestas a los cuadros que la realidad social plantea. El joven que hoy se considera un marginado del sistema educativo será, seguramente, el adulto desesperanzado que mañana se sentirá expulsado del circuito de la producción y la generación de riqueza, como nuevas estadísticas lo harán notar. Romper ese círculo vicioso de la historia social, asegurando el acceso a la educación al mayor número posible de adolescentes y jóvenes, es uno de los grandes e irrenunciables desafíos que la Argentina tiene por delante.





