
Los límites de la imaginación
Por Fernando Sánchez Zinny Para LA NACION
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SE cuenta que hacia comienzos del siglo XX -y acaso, sin que haya certeza, por influjo del éxito que a la sazón tenía La guerra de los mundos-, un periódico londinense prohijó un concurso acerca de cuál sería el aspecto de los hipotéticos extraterrestres. Llegaron dibujos, hubo ganadores y ahí hubiese terminado la anécdota, en realidad, muy poco novedosa, pues no son más fantásticos los marcianos que los habitantes del infierno, acordes con las presunciones de Gustavo Doré.
Lo interesante -a estar por los imprecisos relatos sobre ese hecho- es que, en ocasión de compararse los trabajos, alguien sagaz habría observado que, en todos los casos, los concursantes no habían sino representado a hombres diferentes. Por ejemplo, esos seres imaginarios invariablemente tenían orificios por los que nutrirse y ver, medios de traslado y miembros prensiles. Habría sido ése el descubrimiento moderno de la vieja verdad predicada por la sofística: el hombre es la medida (y el prototipo) de todas las cosas.
En cuanto a extraterrestres, desde los antiguos selenitas a los personajes de la cinematografía ostentosa, pasando por el vetusto Flash Gordon, son simplemente hombres. Si nos aplicamos con cierto empeño a la búsqueda -es decir, si la hacemos con más exigencias de verosimilitud intelectual-, hallaremos que entre ellos hay también otros hombres menos aparentes, pero, asimismo, humanos. Seres no sólo provistos de nuestros sentidos sino poseídos, a la vez, por nuestras mismas pasiones: aman, odian, envidian, ambicionan, aspiran a mandar sobre todo y ante todo, exactamente igual que nosotros. Y hasta tienen instituciones y jefaturas, hacen la guerra, traman alianzas y las traicionan y -ya en el colmo- suelen tener pruritos de honor.
Y es comprensible que sea así, hasta por motivos retóricos, pues escaso o ningún interés tendrían narraciones que no estuviesen entretejidas con hebras pasionales de ese tipo. Pero una duda inmediata sobreviene: ¿podría la narración ser escrita libre de ese condicionamiento? ¿Podría ser escrita de manera diversa a como la conocemos?
La respuesta que se dé a esta pregunta entrañará no ya una propuesta atinente a la preceptiva literaria, sino una concepción acerca de la esencia del hombre; es, pues, absurdo intentar contestarla, así como cualquiera que se refiera a la finalidad de la sustancia. Pero, entre nos y en charla de ociosos, pareciera no demasiado audaz afirmar que no es posible, que el hombre no puede idear sino lo que conoce, que no puede imaginar ni soñar ni aguardar sino la realidad que ya ha visto, que no puede sino -a lo sumo- extender la mirada, como una suerte de brazo que se estira.
En especial, no puede ser sino la medida de todas las cosas, por lo que una de las manifestaciones de esa mirada extendida es la presunción de que los valores que la acompañan son universales, por lo que en todos lados habrá buenos y malos, hermosos y feos, generosos y perversos, amigos y enemigos. En todas partes, sobre todo, habrá procreación y sucesión y muerte y, después de ésta, el espanto de no existir.
Rilkeanamente, "el hombre hace a Dios a su imagen y semejanza" y se diría que la inevitabilidad de este proceso tapia de modo infrangible el derredor de la humanidad. Imaginar es imaginar el interior de ese ámbito, pensar el mundo es creer en su historia como un fenómeno cíclico al que seguiremos asistiendo de modo indefinido: el destino de los elegidos -acaso, todo destino, pues muy difícilmente habrá hombre que no se considere a sí mismo un elegido- consiste en crear gloria, riquezas y poder según los modelos difundidos por la tradición cultural, tornadiza a veces pero no demasiado, pues en todos lados y en toda época los que son siempre son y los que no son nunca son.
El hombre, al imaginar, se extiende: un horror más grande, una máquina más compleja, un amor más trascendente, pero todo atenido siempre al nihil novum sub sole.
¿Excepciones? Quizá, ¿por qué negar, de antemano, que existan? Aun en líneas siguientes se habrán de exponer un par de casos curiosos vinculados con la mitología comparada, pero hasta ahora la generalidad de las que se animaron a presumir de tales, tras muy someros exámenes se diluyeron en oratoria hueca y en engaños que, reconociblemente, la cultura se hace a sí misma: ensalmos, adivinanzas, sortilegios, talismanes, iluminaciones, fantasías estéticas, augurios, profecías y futurologías, se desarman enseguida, a unos pocos pasos de haber comenzado a andar y terminan reducidas a meros artículos de fe, indemostrables y consoladores.
Hasta aquí sólo dos casos concretos pueden citarse de imaginación liberada de los datos de la experiencia, sin que su discusión haya arribado a una concluyente demostración de falsedad. Uno son las leyendas sobre ogros, que se habrían anticipado en milenios a la idea decimonónica del pitecántropo y que obligan al racionalismo a postular la coexistencia, en algún momento, del Homo sapiens con el hombre de Neanderthal.
El otro es la tradicional imagen del dragón, por demás semejante a un dinosaurio si se le quitan las alas de murciélago y el fuego que sale por fauces y narices, algo en verdad inexplicable y estupefaciente. Estos serían los únicos casos en que podría sospecharse que la imaginación tiene comportamientos distintos a los de un espejo y, curiosamente, ambos se relacionan con la herencia de Darwin.
Pero este naturalista, ¿no habría sido, a su vez, un gran imaginativo, un inventor puro, anterior a toda referencia, el genuino creador de un árbol genealógico que nadie sospechaba? La respuesta es que sí, pero en el fondo no; al fin y al cabo desde siempre se viene comparando al hombre con el mono, Linneo definió a algunos de éstos como "antropomorfos" y en algún idioma de Borneo, orangután quiere decir "hombre de la selva". Como vemos, imaginación limitada.





