
Los límites de la tolerancia
Por Alfredo Vítolo Para LA NACION
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Desde que Voltaire escribió su Tratado de la tolerancia -por el crimen del protestante Jean Calas, cometido por instigación de un grupo de fanáticos católicos de Tolouse, en 1762- hasta los conceptos de Norberto Bobbio, a fines del siglo XX, han transcurrido casi 250 años y el tema de la tolerancia sigue siendo central en el debate de las ideas religiosas y políticas.
Los dos pensadores han sostenido que la tolerancia es la expresión de la libertad y la negación del fanatismo, base de las grandes civilizaciones y un derecho humano inalienable. Voltaire la concebía como hija de la razón y exigencia suprema de la sociedad, mientras que Bobbio la consideraba indispensable, por el respeto que se debe a la verdad de los demás, sin que ello signifique una renuncia a la verdad propia. Ambos la reconocían como la base del sistema liberal, entendido éste como el régimen de respeto por la libertad y los derechos individuales.
En los primeros años del siglo XX, mientras en todo el mundo el sistema liberal procuraba consolidarse como régimen político y ampliaba sus contenidos para complementar la libertad con los derechos sociales, debió soportar los embates del totalitarismo. El fascismo, el nacionalsocialismo, el comunismo y el autoritarismo, tanto militar como populista, fueron las expresiones totalitarias que ensombrecieron esos tiempos. Eran la contracara de la libertad y la negación de la tolerancia. Derrotarlos importó un gran esfuerzo, la pérdida de millones de vidas y la destrucción de importantes bienes materiales.
Tras la derrota de los totalitarismos comenzó una nueva lucha para que la libertad con tolerancia se convirtiera en el sistema político que garantizara los derechos individuales y sociales. Era necesario establecer si para consolidar el sistema debían fijarse ciertos límites que impidieran los abusos que suelen cometerse como consecuencia de un ejercicio irresponsable de los derechos.
Los filósofos y los tratadistas, casi unánimemente, coincidieron en que la tolerancia requería ser complementada con justicia, igualdad y solidaridad, valores que, en su conjunto, constituyen la equidad. Sin equidad es imposible la libertad. Nosotros, que compartimos esa posición, adherimos a las expresiones del rector de la Universidad de Padua Ferruccio Parri, emblemático líder de la resistencia, que, en oportunidad de reabrir la actividad académica, después del régimen fascista, dijo: "Los principios del liberalismo, premisa de toda vida civil, no son ya suficientes, porque difícilmente pueda existir una libertad plena allá donde la ascensión de los mejores no está regulada por iguales posiciones de partida". También pensamos que la tolerancia, en ciertas circunstancias, debe tener límites, como lo confirman Voltaire y Bobbio. El primero nos dice que un gobierno debe limitar la tolerancia cuando los hechos que se cuestionan son delitos, perturban a la sociedad o inspiran el fanatismo. Para el profesor italiano, el único criterio razonable para limitar la tolerancia es el que deriva de la idea de que ésta debe comprender a todos menos a aquellos que niegan su principio fundamental. Con todos se debe ser tolerante, excepto con los intolerantes.
Los argentinos, en la teoría y desde 1810, hemos proclamado la tolerancia como valor esencial de la política, pero en nuestros comportamientos hemos sido intolerantes. Siempre, o casi siempre, hemos dado prioridad al criterio de imponer por la fuerza lo que se creía mejor. La tolerancia ha estado ausente en la política argentina y el vencedor, sea en guerras internas, revoluciones o elecciones, se consideró con derecho a imponer a todos los demás lo que decidía o consideraba mejor, mientras que los derrotados quedaban a la espera de que les llegara su oportunidad de hacer lo mismo.
Ese todo o nada frustró la consolidación de un sistema de plena libertad y de respeto a la opinión de los demás. Como dijo el cardenal Bergoglio en su homilía del último 25 de Mayo: "Cuando el trayecto de la verdadera libertad comienza por la aceptación de nuestras pequeñeces, nos tapamos los ojos y llenamos nuestras manos con piedras intolerantes. Somos prontos para la intolerancia".
En la Argentina de hoy hemos vuelto a nuestra tradición intolerante. No se acepta el disenso, el que opina distinto es enemigo, y no adversario, no se ha complementado la tolerancia con la equidad. Faltan justicia y solidaridad y crece la desigualdad. Tampoco hemos fijado los límites del disenso y la protesta, lo que ha creado un verdadero caos social. Grupos marginales armados con palos y ocultando su identidad cometen diariamente delitos o infracciones. Invocando imprecisas o absurdas reivindicaciones, perturban el orden público, cortando calles y rutas y ejerciendo violencia sobre bienes públicos y privados.
Es urgente, si queremos convivir en paz, con libertad y en orden, revertir la situación. Hacerlo es obligación de la sociedad en su conjunto, pero la principal responsabilidad corresponde a la clase dirigente y, dentro de ella, al sector que ejerce el poder político, el que está en condiciones de impulsar las transformaciones necesarias y de enseñar con el ejemplo.





