Los mártires no necesitan relato
No somos todos iguales. OK, esto quedaría muy feo fuera de contexto. Porque la corrección política –un enfermedad de origen microbiano que debilita las convicciones y confunde las ideas– sentencia que debemos decir todo lo contrario. Que somos todos iguales. Sí, ante la ley, en eso estamos de acuerdo. No importan nuestra religión, nuestras opiniones, el color de nuestra piel, nada. Somos humanos. Eso es todo lo que cuenta y ahí somos todos iguales, no tengo dudas. Pero no me refería a eso.
Me refería a nuestras conductas.
El relato político tiene algunos ingredientes característicos y tan antiguos como la civilización. El primero, y uno de los dos más importantes, es que existen personajes iluminados. Por algún motivo que nunca se explica –y esto, como se verá enseguida, es a la vez inaceptable y obsoleto–, cierta persona está por encima de las demás y jamás se equivoca. Si dice algo, es ley. Inapelable, temida y al mismo tiempo idolatrada, tiene razón siempre. Si mete la pata, la que está mal es la realidad.
Ahora bien, el problema no está tanto en que alguien tenga la verdad revelada (¿no era que nadie la tenía?), sino en que no haya ninguna explicación racional acerca de cómo obtiene esas revelaciones. La razón es bastante simple, y me disculparán de nuevo la incorrección: no hay ninguna explicación racional porque los personajes iluminados, simplemente, no existen. Habrá algunos más inteligentes, otros más talentosos para tocar la guitarra, y así. Pero el concepto del líder infalible es puramente mágico y se remonta a eras oscuras. No menos que la veneración y el temor reverencial que se les profesa.
Es un recurso con miles de años de antigüedad que caducó con el fin de las monarquías. Esto no fue la semana pasada, aclaro. Fue hace más o menos 200 años. Por otro lado, si alguien está por sobre los demás y su palabra es ley, entonces adiós a la tan correcta igualdad de los seres humanos. Esto debería ser lo más revulsivo de todo, pero, por algún motivo que siempre se omite, no parece causar rechazo. Somos todos iguales, excepto el líder supremo. Vaya.
Otro de los ingredientes clave de todo relato es el de relativizar las conductas que distinguen a la persona de bien del canalla; al recto del corrupto; al truhan del honrado. Para hacer esto, que no es fácil, se echa mano de una meta, una causa, una misión. Es tan trascendental esa empresa, que todo lo demás no importa. A veces esa meta de orden superior es más o menos clara. Otras, es un pastiche balbuciente de ideas difusas y estratosféricas. Pero, cualquiera sea su estilo, esa causa última y definitiva, casi siempre revelada por el antes mencionado personaje iluminado, sirve para justificar cualquier bellaquería. Para eso, como todo relato, necesita conflicto y tensión. Es decir, un enemigo, que es todo el que se opone a la causa. Misión capital más enemigo impío convierten a la decencia en un prurito de corazones débiles, incapaces de enrolarse en la lucha.
Así, el relato promueve e instala la idea de que somos todos iguales. Todos fabricamos relatos, servimos a un poder omnímodo (llegado el caso, de forma inconsciente, manipulados, como si fuéramos criaturas) y somos decentes solo cuando nos conviene. Toda persona tiene un precio, solo hace falta saber cuál es. Habrán oído esta frase, seguro.
Bueno, no. No es así. Cuando a Janusz Korczak, el pediatra y pedagogo polaco, le ofrecieron salvarse del Holocausto, se negó y marchó a Treblinka junto a los chicos del orfanato de Varsovia que dirigía. Pese a la insistencia de las autoridades nazis y de la resistencia, nunca abandonó a sus huérfanos y fue asesinado con ellos en un campo de exterminio.
No somos todos iguales. No da todo lo mismo y no todos tienen un precio. Ni siquiera cuando sus vidas están en riesgo.







