
Los mejores finales no siempre son felices
Una gran cualidad que tienen los libros es que a diferencia del mundo real, tienen un final
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Para empezar el nuevo año nada mejor que un libro de finales. Un libro como el de Pablo Bernasconi, Finales (Edhasa), donde el final no es una llegada, sino un punto de partida. La invitación al viaje de sus lecturas. El libro consta de 59 frases o párrafos o páginas finales de libros célebres de la historia de la literatura universal. No por célebres son los mejores ni los preferidos del autor. En todo caso, son finales que impulsaron a Bernasconi, en tanto ilustrador, a darles una imagen. Dibujar un final. No me refiero a hacer un dibujo, sino a desplegar una imagen que proviene de la condensación del punto final. Al menos, la que sustrae Bernasconi en este delicioso y sustentado libro.
Todos los libros elegidos, como una antología de finales, tienen una lectura visual en página impar, el trazo de su terminación. Desde la Odisea, del siglo VIII a.C., La Divina Comedia, Don Quijote de la Mancha, Macbeth, Fausto, Frankenstein hasta los más actuales, como No habrá más penas ni olvido, de Soriano, El amante, de Duras, La hora de la estrella, de Clarice Lispector, El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez o Seda, de Baricco.
El libro de Bernasconi es una caja de sorpresas de finales conocidos. Se lo puede leer como una guía suculenta de lecturas potenciales, con la ansiedad del final resuelto, o la propuesta del final mismo como anzuelo de principio. O, como libro nuevo, original, bello, pariente de sus anteriores (Retratos y Bifocal), donde reposar la mirada, para comprender la lectura visual de un final escrito.
El libro de Bernasconi es una caja de sorpresas de finales conocidos
Si existiera una página en blanco del lector donde se anota lo leído, la de Bernasconi empezaría con una ilustración. Justamente, uno de los últimos sueños que tuvo Cortázar –no me refiero a una fantasía, sino a un sueño real- fue la publicación de un libro propio, el mejor de los que había escrito, que sólo constaba de figuras geométricas.
En el prólogo de Finales, Bernasconi apunta algunas de sus motivaciones. Elijo al azar, varias de las que alcanzan la inusual lucidez de lo sensato y que revelan el apetito creativo de su autor:
"El hecho de leer el último párrafo atenuaba mi ansiedad"
"Aunque la idea apocalíptica de experimentar con el Fin nos resulte agobiante desde lo existencial, es perfectamente abarcable desde el arte."
"La literatura condensa y delimita algo que el pensamiento aristotélico no permitiría, y es habilitar el hecho de que las cosas empiecen y terminen en la nada."
"Una gran cualidad que tienen los libros es que a diferencia del mundo real, tienen un final."
"El hecho de leer el último párrafo atenuaba mi ansiedad"
Hay un párrafo en este mismo prólogo que incita al desciframiento del autor en tanto lector, como si pudiéramos hallar las claves de su biografía de lecturas. Sin dar nombres ni títulos, Bernasconi brinda pistas de la elección de los finales. Ésta no obedece a un ranking ni a una jerarquía crítica, sino a momentos personales de su relación con la lectura. "Siete libros me cambiaron (literalmente) la vida". No sabemos cuáles. Pero de esos 59 "dos pasaron del odio al amor profundo (...) tres leí en inglés, tres leí por obligación, cinco durante diferentes vacaciones, dos en un avión..." Concluye esta enumeración de experiencias de lectura con el libro detonador: "y uno me gustó tanto que me dio el coraje para encarar éste, mi libro."
En sintonía con el aparente arbitrio de sus lecturas, sumo mi azarosa apreciación de las ilustraciones que acompañan los finales: El sistema periódico, de Primo Levi, por el laberíntico dolor ilustrado; A sangre fría, de Capote, por el la tremenda tristeza del trigo; El viejo y el mar, en su hallazgo del acople entre bote y pez, como si en la estructura de una persecución se pudieran superponer las formas del perseguido y el perseguidor; Ana Karenina, por el ímpetu de la nieve y el vestido, en la belleza del cuadro. Y el "final" del coletazo, el mayor de la historia, el más perseverante e insondable: Moby Dick. Esa cola de la ballena blanca (más llena que blanca) que figura en la tapa del libro de Bernasconi. La cola que es principio del libro o el golpe del final.





