Los mitos argentinos

Por Alberto Ades Para LA NACION
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27 de enero de 2002  

"He vivido 20 años en el corazón del mundo más civilizado y no he visto que la civilización sea otra cosa que la seguridad de la vida, del honor, de los bienes, de la persona." Esas palabras reflejan seguramente el sentir de muchos argentinos que en las últimas dos décadas abandonaron nuestro suelo privilegiado en busca de mejores horizontes en la tierra de sus antepasados. Sin embargo, no pertenecen esas palabras a uno de esos argentinos, sino a Juan Bautista Alberdi, quien allá por 1870 contribuía desde su exilio europeo a la conformación de una nueva sociedad argentina que premiara la inversión y el trabajo por sobre las batallas redistributivas que la habían aquejado desde tiempos coloniales.

El tiempo parece haberse detenido para nosotros. Hoy como entonces seguimos aquejados por conflictos largamente superados en todos los países civilizados. ¿A quién pertenece la recaudación impositiva? ¿Cuál es el rol de la banca? ¿Cuál la libertad de los ahorristas para proteger el fruto de su trabajo? ¿Cuáles los costos del proteccionismo comercial? Son todas estas preguntas que los países desarrollados o en vías de serlo ya no se hacen al inicio del tercer milenio.

Por el contrario, nosotros guiamos nuestras decisiones más fundamentales de política sobre la base de mitos largamente perimidos, cuya falsedad es indispensable desenmascarar para siempre si ansiamos que la Argentina abandone el hangar de la historia.

  • Primer mito: "El ajuste fiscal es una imposición de los mercados que el Estado debe resistir. Es función indelegable del Estado garantizar un ingreso digno a los empleados públicos y a los jubilados". Este mito se desmorona cuando se comprende que para gastar hay que recaudar, y que por lo tanto el gasto del empleado público o del jubilado es gasto que no podrá realizar el trabajador o el desempleado.
  • En las actuales circunstancias, "resistir el ajuste" es equivalente a recaudar mediante el impuesto inflacionario o la confiscación de ahorros. Para evitar esto es necesario comprender que no puede haber salarios públicos dignos mientras no lo sean los salarios de los contribuyentes. La realidad, por lo tanto, es que el ajuste fiscal deberá ser muy severo, exigiendo una profunda reforma del Estado y de la política, y el recorte de los salarios públicos nacionales, provinciales y municipales deberá estar mucho más en línea con el sufrido en el sector privado (que excede largamente el 13 por ciento).

  • Segundo mito: "La banca no puede limitarse a maximizar ganancias. Existe una función social que es ineludible satisfacer. El costo de los préstamos debe reflejar las disparidades regionales y sociales".
  • Este mito se desmorona cuando se comprende que los recursos que los bancos (tanto privados como estatales) prestan no les pertenecen sino que son propiedad de los depositantes, en su mayoría ahorristas de clase media.

    Como en cualquier país del mundo, el ahorrista argentino procura maximizar el retorno sobre sus ahorros para garantizar un futuro mejor para sus hijos. Obligar a los bancos a hacer beneficencia con el dinero de sus depositantes es la mejor manera de lograr que esos ahorros se fuguen a Uruguay o a Miami en busca de mayor seguridad.

  • Tercer mito: "El ciudadano argentino merece tener una moneda propia. Es tiempo de que la gente deje de pensar en dólares. Hay que empezar a pensar en pesos". Este mito se desmorona cuando se comprende que la premisa de la cual parte es falsa.
  • Lo único que el ciudadano argentino merece es disponer de un instrumento capaz de funcionar como medio de pago, unidad de cuenta y reserva de valor.

    Emisión e inflación

    Si los gobernantes argentinos administran la emisión del renacido peso con prudencia merecerán la confianza de los ciudadanos argentinos, que elegirán al peso como medio de pago, unidad de cuenta y reserva de valor.

    Esto les redituará a los gobernantes argentinos una recaudación de aproximadamente 0,5% del PBI por año como señoreaje.

    En caso contrario, los ciudadanos argentinos seguirán utilizando el dólar como medio de pago, unidad de cuenta y reserva de valor.

    Forzar la utilización del peso "porque los argentinos lo merecen" contribuirá a una mayor caída del ahorro nacional y fuga de capitales, algo que las futuras generaciones de argentinos ciertamente no merecen.

  • Cuarto mito: "Es función ineludible del Estado utilizar la política comercial en defensa del interés nacional. El Estado tiene el deber ineludible de utilizar la política arancelaria y fortalecer el control aduanero para contener el aluvión importador y fomentar la producción nacional".
  • Este mito se desmorona cuando se comprende que en los últimos dos años, período durante el cual nuestra cancillería convirtió nuestro crónico déficit comercial en un superávit de $ 7000 millones (que coincidió casualmente con el aluvión de capitales que se fugó del país), las importaciones se desplomaron 20,5%, retornando a los niveles de 1994. Como consecuencia de ello, las importaciones se redujeron en el 2001 a 7,5% del PBI, una cifra que más que la existencia de un aluvión importador evidencia una economía que se encuentra entre las más cerradas del planeta.

    Es bien sabido que en una economía pequeña como la argentina, el proteccionismo no resulta en una transferencia de recursos de los extranjeros a los nacionales.

    Transferencias de ingresos

    Cuando las autoridades argentinas protegen a un sector de la economía, tal protección genera una transferencia de ingresos en favor de ese sector.

    Pero el que paga la transferencia no es el productor extranjero del bien protegido, sino el productor nacional de los bienes no protegidos. Por eso, nuestra Secretaría de Agricultura estima que la política comercial (durante 1999) indujo transferencias en favor de los sectores sustitutivos de importaciones estimadas en $ 6000 millones.

    Casi el 60% de tales transferencias es soportado por el agro y la agroindustria, lo cual confirma que nuestra política comercial mantiene un fuerte sesgo antiexportador.

    La mitología económica argentina no se limita a los ejemplos mencionados. Pero desenmascarar estas ficciones constituye al menos un buen comienzo para la tarea que ha quedado inconclusa desde los tiempos de Alberdi: constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino. Mientras sigamos aferrándonos a tales mitos, la única salida seguirá siendo Ezeiza.

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