
Los ricos que mueren pobres
Falleció a los 82 años en una casa alquilada
1 minuto de lectura'
El 16 de noviembre de 1919 el perito Moreno despachó una carta al ingeniero Emilio Enrique Frey, que había sido su mano derecha en las comisiones de estudios para establecer los límites en el conflicto con Chile de fines de siglo XIX.
Frey, que habitualmente residía en su chalecito Los Cipreses -dos plantas de madera- en Bariloche y fue quien tres años después dirigió el Parque Nacional del Sud, recibió tardíamente la carta mientras realizaba mensuras de la vastedad pampeana. Precisamente le fue remitida a Victoria, territorio de La Pampa Central, como se llamaba entonces, y en donde Frey permanecía bajo las órdenes del director de Tierras Isidro Mazza.
Resultó la semana más dramática para los amigos de la Patagonia. Es que Francisco Pascacio Moreno vivió apenas cinco días y algunas horas más después de suscribir esa carta. Frey lo recordaba aún en algunas charlas desgranadas en cercanías del gran lago y a principios de los años sesenta (sobrevivió hasta el 29 de mayo de 1964, a los 92 años) como una anécdota poco digerible que lo ligó por siempre a la muerte del naturalista explorador. Es que la carta llegó a manos de Frey casi simultáneamente con la noticia telegráfica del fallecimiento del remitente.
Cuando años después -hacia 1934- se habló del posible traslado de los restos de Moreno hasta su querido paraje austral, Frey decidió restituir aquella carta como un testimonio que merecía conservar su familia. Lo hizo por medio de otra misiva -dirigida a Eduardo Vicente Moreno, uno de los hijos del perito- en la que relató cuál era el último viaje que Moreno pretendía hacer: un relevamiento regional destinado a proyectar obras progresistas que llevaran adelante el plan colonizador que había delineado el ingeniero norteamericano Bailey Willis. El doctor Mazza planeaba que este trabajo lo comandara Moreno, pero como no obtenía el respaldo gubernamental para el nombramiento, todo derivó en la decisión de concretar un viaje privado, para lo que Moreno vendió algunos de sus cuadros. Las dos cartas están reproducidas por Adela Moreno Terrero de Benites -nieta de Moreno- en su libro de memorias Recuerdos de mi abuelo (se complementa con lo escrito por sus biógrafos principales Aquiles G. Ygobone y Carlos A. Bertomeu, además de los libros del propio Moreno, últimamente reimpresos).
Viaje definitivo
Moreno había releído la carta antes de hacerla despachar por el correo y temió escandalizar a Frey porque acababa de reclamarle su máquina fotográfica dada en préstamo "porque me voy al Sur".
No quería perder tiempo. Procuraba los medios para el viaje que equivalía a desprenderse de sus únicos tesoros: pinacoteca y libros. Alquilaba una apartada casa de Palermo -Paraguay 4146, hoy un modesto edificio de departamentos- hasta donde había llegado un embargo por una deuda. En realidad sus bienes se habían disuelto. Todo lo había dado, incluso sus ahorros, destinado a los chicos pobres: les brindaba alimentación en la quinta paterna de la calle Caseros, nada menos que ocho manzanas que llamaron El Edén de San Cristóbal. Allí, su padre le construyó las salas de su museo privado y hasta allí llegó el ministro de Gobierno bonaerense Vicente Gil Quesada con su hijo Néstor, a rogar que se donaran las colecciones de Moreno a lo que sería el museo platense, cosa que hizo Moreno al regreso de uno de sus viajes patagónicos (corría el año 1877). En esa casa quinta -ya en los últimos años- instituyó el plato de sopa para doscientos chicos vecinos, corolario de haber creado los comedores escolares y las escuelas Patria.
No olvidaba los paseos por el Bajo, donde había nacido el 31 de mayo de 1852. El alumbramiento sucedió en un primer piso de la esquina de Paseo Colón y Venezuela aún en pie, pero en tiempos en que desde esa segunda ventana hacia Belgrano se avistaba el río. Más tarde, la mirada fue hacia la laguna Vitel, tras la mudanza obligada después que atacó la fiebre amarilla y murió su madre, Juana, hija de Josué Thwaites, oficial de los invasores ingleses.
Pero en aquella semana trémula de noviembre presentía que, a los 67 años, eran sus energías las que flaqueaban. Por eso prefirió ceder a la nostalgia que sentía por la región de los lagos Huechulaufquen, Lácar y Nahuel Huapi.
Su viaje anterior a la región databa de seis años antes, cuando integró la comisión de agasajo al ex presidente norteamericano Teodoro Roosevelt, que aunque obeso y asmático, cruzó los Andes por el paso de Pérez Rosales para visitar Bariloche, precisamente el 30 de noviembre de 1913.
Pero esta vez a Moreno le pesaban los años y quizás intuía que para él había comenzado la cuenta regresiva. Por eso aclaró en la carta (premonitoriamente) que "quiero hacer lo que pensé realizar, aun cuando deje los huesos allí antes, a morir aquí en un conventillo". Como sabía que Frey no podía acompañarlo en la recorrida hasta que concluyera su trabajo en La Pampa o lo designaran en el Sur, le pidió "presentaciones e indicaciones para Nahuel Huapi en todos sus rincones. Espero salir de aquí a fines de mes o principios del entrante" le prometió antes de estampar el "Suyo, siempre".
Madrugada de noviembre
El desenlace llegó a las 5 de la mañana del 22 de noviembre de 1919. Lo cuidaba Néstor Gil Quesada, que suscribió como testigo el acta 1152 del 2º tomo de defunciones de la seccional 18 y de familia de aquel ministro que rogó las donaciones para el museo platense. El médico Alberto Aberasteguy diagnosticó angina de pecho, según consta en el expediente sucesorio (legajo 9757) con el que se trató de realizar los bienes muebles y pagar las deudas. Francisco Ratto confeccionó el inventario de los bienes, numerosos muebles y sobre todo bibliotecas, cerca de 2800 libros y toda una pinacoteca que remató J.C. Naón y Cía, que rentó los poco más de 45 mil pesos que se sumaron a algunos títulos de los que seguramente Moreno ya se había olvidado en el Banco de la Nación. No figuraron propiedades. Había donado las leguas fundacionales del Parque Nacional Nahuel Huapi y no hay indicios de una estancia que le habría pertenecido próxima al río Aluminé, donde Moreno padeció un trance nada divulgado y quizá tan amargo como su presidio a manos de la indiada de Shaihueque. Claro que el mayor de los sinsabores lo padeció en Chile cuando su esposa -Ana María Varela Wright- murió a las 10 de la noche del 1º de junio de 1897, de tifus, según sus biógrafos, y de un ataque cardíaco, de acuerdo con la certificación médica agregada al sucesorio de Moreno. Ya habían padecido la muerte de dos de sus hijos (Mariano, a los 2 años; José Francisco, a los seis meses).
Francisco P. Moreno vivió una viudez inmutable. Sólo estuvieron juntos doce años y se habían desposado en la parroquia de San Telmo el 11 de junio de 1885 (él de 33 años, ella de sólo 16) bajo la bendición del presbítero Eduardo O´Gorman. A su muerte, la mejor despedida la pronunció su amigo Clemente Onelli, pero fue notoria la ausencia de un homenaje oficial. Llegaría con los años, cuando sus restos cumplieron con segundas exequias y con lo que el propio perito aludía en la carta a Emilio Frey: que sus huesos quedaran en la lejana Patagonia. Para entonces, cuando fue llevado a la isla Centinela del Nahuel Huapi -el 22 de enero de 1944-, tras homenajes nacionales y de gran pompa, Emilio E. Frey estuvo allí para el último adiós. El de los amigos.





