Luces, sombras, defectos y virtudes
Habrán notado lo ridículos que nos ponemos cuando alguien nos pregunta cuál es nuestro peor defecto. Algunos decimos que somos demasiado frontales. Otros, que son perfeccionistas. "Tengo muy mal carácter", admitirán los más esclarecidos. Pero nadie nunca me soltó un "soy una persona muy egoísta". En todos los años que vengo consultando (y consultándome) al respecto, jamás recibí una respuesta como "creo que no soy muy inteligente".
Aquél dice ser un poco autoritario, pero no reconocerá que su familia le teme, porque en realidad es un tirano o un violento. ¿Han oído a alguien confesar que es racista? ¿O un canalla mentiroso? ¿Insensible ante el dolor ajeno? ¿Pedante? ¿Agresivo? Nunca. Ni una sola vez.
Opuestamente, creemos ver muy claros los defectos de los otros. Ya saben: la paja en el ojo ajeno. Pero los nuestros ni los advertimos. El pusilánime de verdad está convencido de ser prudente.
Un dato más, antes de proponerles una idea que viene dándome vueltas desde hace años. Es raro que todos tengan la misma percepción de una persona. Uno verá virtud en la misma fibra en la que otro ve un defecto. Más todavía, en diferentes circunstancias el defecto se volverá virtud, y viceversa. Me explico. Ser una persona de acción no me parece gran cosa; antes de actuar, prefiero primero informarme bien y reflexionar. Pero eso sería catastrófico, por ejemplo, en un naufragio.
No es absurdo que creamos tener clarísimas nuestras virtudes, pero que solo nos adjudiquemos defectos tan, pero tan inocentes. Nos costaría bastante levantarnos de la cama, si el asunto fuera al revés. Ahora bien, ¿no podría haber una explicación alternativa para todo este runrún de los defectos y las virtudes?
Conozco una persona cuya capacidad de concentración es un prodigio. Eso sí, cuando se encuentra trabajando en algo, abstraída, puede descender una nave espacial en el jardín y nunca se enterará. Cuando anda con algo en mente (y siempre anda con algo en mente) va dejando luces encendidas y puertas abiertas, y, si pone a calentar agua para el café, se acordará una o dos horas después. Si acaso se acuerda.
De tanto observarla empecé a ver que las virtudes están buenas, todos querríamos ser talentosos, valientes, bondadosos, diligentes y generosos. Pero descubrí que las virtudes tienen también un costo. Tales costos quizá sean lo que llamamos defectos, y ese podría ser el motivo por el que nos cuesta tanto reconocerlos. Porque casi nunca son muchos. Ni son demasiado graves. No hay equivalencia alguna, además. De una virtud enorme (esa capacidad de concentración) deviene un defecto ínfimo, su distracción respecto de las pequeñeces de la vida cotidiana. Algunas de sus distracciones podrían provocar un incendio, pero esa es otra historia.
Estoy persuadido de que es posible evolucionar. Pero también creo que al buscar oportunidades de mejora –como reza el eufemismo de moda para señalar algo que hacés mal– habría que observar las otras dimensiones. El estratega infalible tal vez no preste atención a los detalles. Lógico. De otro modo no lograría ver el gran mapa; en ese caso, la mejora atentaría contra su principal virtud. Aplaudimos de pie al artista genial, pero ignoramos que esa sensibilidad sublime es también un calvario, y que de ese calvario provienen su excentricidad o su tendencia a aislarse. El perfeccionista quizá se vuelva malhumorado. El generoso podría ser suspicaz, y el valiente tornarse arrogante.
Nos dicen que debemos aceptar a los otros como son, sin intentar cambiarlos. Creo en eso, pero solo después de haberme equivocado mucho. Esas equivocaciones me enseñaron qué es el amor. Amor es cuando los defectos del otro no te enfurecen, sino que te dan ternura. El verdadero amor ha de ver, ahora que lo pienso, la trama inextricable entre las virtudes, los defectos y eso que lo une todo, el alma.








