Matrimonio con un muerto

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25 de febrero de 2004  

Los tiempos que corren no dejan de asombrarnos. El hombre parece decidido a tratar de ordenar la naturaleza a su antojo y a cumplir el viejo anhelo recogido en la frase "seréis como dioses". En unos casos, el hombre pretende sustituir o complementar el camino natural de la comunicación de la vida con procedimientos alternativos. En otros, se arroga con sorprendente ligereza el derecho de privar de la vida a la persona por nacer, especialmente cuando se trata de un ser minusválido o defectuoso. Se juega, en suma, con opciones y propuestas que bordean, en muchos casos, el límite último de la condición humana.

Pero siempre quedan nuevos márgenes para el asombro. Los corresponsales nos traen ahora desde Francia la última creación del ingenio legislativo o institucional: el matrimonio con un muerto. Se trata, créase o no, de un caso digno de Ripley. Según la crónica periodística, la joven Christelle Demichel, de 34 años, contrajo matrimonio con su ex novio, Eric, fallecido en un accidente de moto hace más de un año. La boda tendría efectos retroactivos a la fecha del fallecimiento del novio. El procedimiento para esta extraña ceremonia -se aclara- no es sencillo: es necesario enviar una solicitud al presidente de Francia, quien la deriva al ministro de Justicia. Este funcionario la envía al fiscal competente, a fin de que se compruebe que la pareja planeaba efectivamente contraer matrimonio antes de la muerte. Si se prueba ese hecho y si los padres del fallecido contrayente aprueban la boda, el fiscal eleva una recomendación y el presidente puede dictar un decreto autorizando el enlace.

El "matrimonio" así celebrado no incide en los efectos sucesorios ni tiene papel práctico alguno, ya que si la novia estuviese embarazada del causante, le bastaría hacer un ADN, y tendría la certidumbre de la filiación. Se trataría de un cambio de estado civil, digamos, sentimental. O tal vez con algún efecto jubilatorio o previsional, esto no está del todo claro.

En el derecho occidental, y por cierto en el nuestro, el matrimonio se basa en el consentimiento de los contrayentes, real, actual y efectivo, normalmente personal, y excepcionalmente a distancia, pero siempre sobre la base de que quien presta el consentimiento vive para poder expresarlo. La presunción de que un noviazgo previo garantiza el consentimiento, viola toda regla de sentido común. Pero, además, ¿qué clase de fines podría cumplir ese matrimonio? Se trata, obviamente, de dos contrayentes que no podrán tener convivencia alguna, más allá de las que hubiesen podido tener las partes en el pasado.

Por último, sería un vínculo indisoluble. En efecto, razonando por el absurdo en que nos coloca la noticia de este vínculo imposible para el buen sentido, es evidente que el matrimonio así creado no se podría disolver por muerte, pues el contrayente ya estaba muerto. Ni tampoco se podría disolver por divorcio, ya que no es posible divorciarse de alguien que ha dejado el mundo de los vivos. El contrayente muerto no podría ser culpable de nada, ni siquiera de abandonar el hogar, que nunca llegó a formar. Tampoco podría dar su consentimiento nuevamente para producir un hecho nuevo: por ejemplo, la separación.

Este "matrimonio" inexistente, para algunos nulo o imposible, es una muestra más de los extremos a que conduce la pretensión de apartarse de la naturaleza humana. Las leyes positivas deben recoger la naturaleza y reglamentarla del modo más respetuoso posible, sin fantasías ni creaciones de imposible sustento natural.

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