
Menem, genio y figura de una infinita tentación
La Corte hizo valer la razonabilidad para desestimar la asociación ilícita impulsada por el juez Urso. Además, provocó un regusto amargo en las emociones sociales y desató la obsesión por el show político que caracteriza al ex presidente
1 minuto de lectura'
A los cinco meses resucitó de entre los muertos, subió a los cielos de La Rioja y se dice que pronto estará sentado en el Senado a la diestra de su hermanoEduardo. ¿Será cierto?
Amante de las desmesuras, imbuido de un sentido visceralmente teatral de la política, Carlos Saúl Menem pasó durante esta semana en tiempo récord de la condición de presidiario a la de candidato a presidente para el año 2003. Las horas le resultaron cortas para trocar su arbolada cárcel "ad hoc" de Don Torcuato por el entrañable balcón de la Casa de Gobierno de su provincia natal. Para trasladarse de un ámbito a otro usó un avión del gobierno riojano que él mismo piloteó. Una vez en la capital de su provincia, paseó en camión por calles atestadas de gente que quería tocar sus manos. Su remera de franjas amarillas hacía juego con el pelo suelto de su esposa y compañera Cecilia Bolocco. El vertiginoso show político se cerró con un torrencial discurso de barricada al uso peronista.Demasiado para un solo día.
Pero, ¿qué otra cosa podía pedírsele a quien siempre consideró la política como un despliegue de audacias con algo de aventura circense? ¿Qué otra cosa podía esperarse de quien conoce como pocos el arte de poner en escena una candidatura con el mejor despliegue posible de fanfarrias y oropeles?
El hombre que presidió los destinos de la Argentina durante más de una década ha regresado a la arena de las refriegas públicas: precedido por el fantasma de Facundo Quiroga opor un cortejo de banqueros de Wall Street -cada uno escoja lo que más le guste- marcha otra vez al encuentro de su destino, a veces cantando una chaya riojana, por momentos disfrazado de estadista del Primer Mundo, tal vez -en el fondo- riéndose un poco de sí mismo. Pero siempre dispuesto a saltar de un trapecio a otro bajo la lona del viejo circo de la política criolla para que nadie se aburra. Síganme, que no los voy a defraudar. Ni a ustedes ni a mis fieles comensales de la pizza con champagne.
Un sensato fallo de la Corte acaba de rescatar a Carlos Saúl Menem de la abusiva tipificación penal en que el juez Jorge Urso lo mantuvo encerrado durante cinco meses. El hecho de que un presidente de la República fuese visto como el jefe de una asociación ilícita siempre resultó un plato difícil de digerir para los argentinos que aprendieron a leer los libros de derecho bajo la lámpara de la razonabilidad. No de la razón, que es otra cosa, sino de la razonabilidad, ese principio superior e insoslayable al que todo ordenamiento jurídico se subordina por ley natural.
En junio último, cuando el ex jefe de Estado quedó reducido a prisión, dijimos en estas mismas columnas que cualquier mente sana y libre de prejuicios se resistía a aceptar la imagen de una suerte de Al Capone con bastón de mando y banda presidencial.
Pero no sólo a nosotros nos resultó excesiva la figura legal del gangster entronizado en la Casa de Gobierno. La mismísima Corte Suprema acaba de dejar sin efecto el aventurado encuadre delictivo de Jorge Urso. El martes último, Carlos Menem comprobó con emoción que la diosa Justicia había abierto para él, de par en par, los portones de la quinta que durante cinco meses enmarcó sus desvelos de presidiario VIP.
Yo adivino el parpadeo
¿Qué va a pasar ahora? Ya han empezado a pasar algunas cosas. El ex presidente, que hace dos años vio frustrado su sueño de perpetuarse en el poder mediante una segunda reelección, no demoró casi nada en trasladarse a La Rioja -tierra de amigos probados y fieles- para lanzar a los cuatro vientos, desde allí, su tercera candidatura presidencial. Su obsesión lleva el nombre de un tango de Gardel y Lepera: Volver . A Perón le pasó lo mismo. Es una tentación a la que los máximos líderes partidarios jamás oponen resistencia.
Agitadas turbulencias se divisan, desde ya, en el horizonte del justicialismo, donde por lo menos otros tres o cuatro postulantes se sienten también con derecho -y con ganas- de ocupar el sillón de Rivadavia no bien Fernando de la Rúa lo deje libre.
Menem -cualquiera lo sabe- no es hombre de renunciar fácilmente a sus aspiraciones. Se adivina, pues, una pelea bastante dura en el peronismo, máxime si se tiene en cuenta que entre los contendientes figura Eduardo Duhalde, uno de los más enconados adversarios internos del líder riojano. Unidos por una eficaz estrategia en 1989, cuando integraron el binomio presidencial que se alzó con la victoria, Menem y Duhalde transitan desde hace ya mucho por veredas separadas y ninguno de los dos tiene la más mínima intención de cruzar la calle. Analizado de manera lineal, el escenario político se perfila, pues, tenso y complicado. Cuatro o cinco candidatos peronistas para un solo sillón. La batahola por las candidaturas parece, en el justicialismo, inevitable.
Decime tu condena
Pero medir la excarcelación de Carlos Menem sólo con la vara de la guerra de las candidaturas sería quedarse en la corteza del problema, ignorando que lo más importante del pan es siempre lo que se esconde adentro:la miga, por lo general desconocida e inexplorada.
En la situación en que hoy se encuentra la Argentina, limitarse a ver la realidad desde afuera, atendiendo sólo a los indicadores superficiales o anecdóticos, es el mejor modo de equivocarse. Cada vez somos más los que pensamos que el país, a fuerza de sufrir, ha empezado a entrar en la adultez. La ñata contra el vidrio ya no basta: ha llegado la hora de meterse en el café y de explorar a fondo el meollo de la poesía discepoliana. Que consiste en tomar conciencia de lo que hemos perdido, de lo que ya no somos y alguna vez fuimos y de lo que todavía, si nos esforzamos, podemos llegar a ser.
Vista así, con una mínima vocación de profundidad, la salida de Carlos Menem de DonTorcuato suscita dos reflexiones importantes que no deben ser eludidas. La primera es la que se vincula con la señal de madurez que el Poder Judicial tiene la obligación de dar en este tiempo signado por la confusión y el desorden.
El impresionante desarrollo que han alcanzado las comunicaciones al impulso de la revolución tecnológica ha traído, como nadie ignora, luces y sombras. Entre las sombras no se puede dejar de mencionar la creciente tendencia de muchos sectores de la sociedad a sustituir a los jueces y dictar sentencia desde la pura emoción cada vez que hay un caso judicial resonante. El mecanismo es conocido: los mass media difunden desordenadamente ciertos pormenores de un affaire policial o político, y los televidentes o lectores se apasionan con el tema hasta erigirse en una suerte de tribunal informal o paralelo que termina pronunciando un veredicto improvisado de culpabilidad o de inocencia.
Cuando llega la hora de que la Justicia -la verdadera Justicia- dicte sentencia, los magistrados que tienen a su cargo esa misión empiezan a sentir sobre su piel la presión social. Es que las personas no siempre están dispuestas a tolerar que los jueces elaboren una sentencia diferente de la que ellas han dictado anticipadamente desde el living de su casa. Justicia de living o justicia de tribunal: ésa es la cuestión.
A fuego lento
El problema no es sólo argentino: en su libro La traición a la Ilustración , el ensayista francés JeanClaude Guillebaud llama la atención severamente sobre el peligro de un Poder Judicial demasiado condicionado por los medios o por la sociedad. Y llega a decir que si los jueces se dejan influir por las emociones del conjunto social, la humanidad corre el peligro de retroceder a los tiempos medievales, en los que una mujer era arrojada a la hoguera, acusada de bruja, sólo porque una mutitud de fanáticos lo exigía.
Una de las conclusiones que deja el caso Menem es, entonces, la saludable certeza de que el sistema judicial ha sabido privilegiar esta vez los principios técnico-jurídicos por encima de los desordenados reclamos de la multitud.
Es cierto que en el fondo queda en muchos paladares un regusto amargo por la sospecha de que en el período 1989-1999 hubo muchas cosas turbias que acaso no terminen nunca de salir a la luz. Pero esa es otra historia. Lo importante es que la Justicia ha actuado por las suyas y no ha tirado brujas a la hoguera. Celebrémoslo.
La segunda reflexión que la liberación de Menem nos inpira tiene que ver con el lugar que de aquí en más hemos de darles los argentinos, en nuestro cuadro político-institucional, al ribete folklórico, al pintoresquismo fácil. La gravedad de la hora que vive la Argentina impone el deber de revisar en profundidad el sistema político vigente, que ya no puede dejar espacio a los mesianismos y a las curas milagrosas. Sea que provengan del peronismo, sea que provengan de una Alianza de ocasión que pretende traer en los bolsillos los bálsamos de la felicidad.
El sistema político adulto que imaginamos para el futuro supone la previa celebración de un vigoroso acuerdo nacional del que ningún sector partidario, empresario o sindical quede excluido. Ese acuerdo debe identificar y enumerar las estrategias de Estado que todos los argentinos estamos dispuestos a compartir y respetar, y a dejar fuera de los debates electorales. Los españoles hicieron algo de eso cuando imaginaron y concretaron el Pacto de la Moncloa. Y cuando se dieron a sí mismos un sistema político confiable y sólido.
ConMenem en la arena, los argentinos debemos decidir, de una vez por todas, si el meridiano de la vida política nacional va a seguir pasando por un electoralismo fundado en efectismos acrobáticos o por el firme compromiso de todos de juntarnos en lo esencial y discutir únicamente lo cambiable y lo accesorio.
Otros pueblos lo han hecho. ¿Por qué no los argentinos? Bien está, entretanto, que Carlos Menem pilotee su avión y asuma el protagonismo exuberante al que nos tiene acostumbrados. También él debe ser parte de la mesa del acuerdo, por supuesto. Siempre que admita que morirse y resucitar es, en política, un arte al que todos tienen acceso, no un juego de polvillos mágicos reservado a un elegido y a su selecto séquito de amigos.





