Mi padre y el ritual del asado en familia
Mi padre era un gran asador. Los domingos a la mañana, ya fuera en un pueblo de las sierras o un barrio del Gran Buenos Aires, después de desayunar, escuchar la radio o leer el diario, empezaban los preparativos para el asado. Si no lo había hecho antes, limpiaba la parrilla con papel de diarios viejos, encendía un fuego pequeño en una lata, salaba la carne, separaba brasas. Al lado de la parrilla se había construido una mesa para apoyar las bandejas y tablas. Gatos y perros lo rondaban. Esos asados se convirtieron en leyendas domésticas cuando él murió, muy joven, durante los años ochenta.
Mis primos, un poco mayores que yo, recuerdan mejor algunos episodios de esas reuniones familiares. ¿Dónde comía mi padre mientras la carne se asaba? No recuerdo haberlo visto sentado a la mesa, aunque seguramente había una silla al lado de la de mi madre. De pie al lado del fuego, aún escuchaba la radio o conversaba con algunos de mis tíos que habían ido a hacerle compañía. Hablaban de fútbol, de política y del trabajo. Él llegaría más tarde al comedor, cuando ya mis tías habían retirado los platos y servían café. La distribución del trabajo por género en esos días se diluía. Cualquiera podía prestar un servicio: ir a buscar la soda a la heladera, condimentar las ensaladas, traer un limón o enjuagar los vasos. Era agradable sentirse útil en esas jornadas en las que mi padre reinaba.
De esos asados conservo el recuerdo de una habilidad suya que siempre me había asombrado y que jamás intenté imitar. En esa época imitar a los padres no estaba bien visto. Él apoyaba la carne en un pan francés cortado al medio, como si el pan fuera un plato, y de ahí comía lentamente. La lentitud es una hermosa herencia que recibí de su parte. Me sirve mucho para leer, para ver, para hablar, para comprender y también para comer. Una cualidad zen de mi padre todavía se impone o, mejor dicho, se filtra en las acciones cotidianas aunque pocas veces, como ahora, la asocio con él y sus gustos.
Después del postre, aunque en la sobremesa hubiera participado el presidente de la república (cosa que jamás sucedió), se iba a dormir la siesta. Se llevaba la radio portátil o un diario al cuarto donde, si era verano, las ventanas habían sido cerradas durante las horas de la mañana para conservar el frescor. “Este cuerpito se va al catre”, solía decir cuando, cada domingo, le preguntábamos a dónde iba después de tomar un mate o saborear una porción de budín de pan. No nos cansábamos de repetir ese gag.
Era también un gran lector de diarios y de todo aquello que, de a poco, empezaba a llegar con los diarios: colecciones de novelas policiales, diccionarios en entregas, fascículos de jardinería o de geografía ilustrados con mapas e imágenes de ciudades a las que nunca iríamos. Ese material impreso, al que considerábamos un tesoro, quedaba a salvo en una biblioteca de madera a la que luego se le adjuntó otra (y después otra). Los diarios se guardaban en un galponcito donde dormían dos gatos barcinos. Se usarían para limpiar la parrilla el domingo siguiente, encender el fuego y envolver los restos del asado que, más tarde, cuando los parientes ya se habían ido, comerían las mascotas de la casa con un entusiasmo tan estrafalario como agradecido.











