
Milagros de la TV argentina
Por Ramiro de Casasbellas Para La Nación
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La monomanía de los intelectuales, en estos tiempos, es aborrecer la televisión. Popper, el más liberal de los filósofos liberales, llegó a preconizar el establecimiento de alguna forma de censura por parte del Estado. Baudrillard, el más escéptico de los pensadores escépticos, nunca deja de encontrar motivo para burlarse de la comunicación televisiva. Sartori, en su reciente Homo videns , desnuda las calamidades políticas y culturales del omnipresente medio. Y hasta el benévolo Vattimo se permite señalar algunas reservas.
Creo que exageran. Al menos, la televisión argentina hace más aportes que daños. La nómina de sus contribuciones es extensa, pero aquí voy a referirme a una de las últimas: la que atañe al rescate de identidades, tema crucial de nuestros días y desvelo de filósofos, sociólogos, médicos, juristas, antropólogos, estéticos y políticos.
Duda metafísica
Desde la Antigüedad, el actor encarna a tantos personajes como le son confiados. La televisión, hoy, ha dado entre nosotros un cambio progresista a las reglas tradicionales del oficio. Ya no se trata, como en el escenario o el estudio de cine, de alternar los papeles con diferencia de años, y aun simultáneamente pero en medios separados: representar a X en el teatro, a Y en el film, a Z en la televisión (aunque era más común ser X en el teatro en 1999, Y en el film en el 2000 y así). Ahora se trata de representar a uno, dos o varios personajes a la vez, ante las cámaras de televisión, un adelanto que no merece sino el encomio, por su extrema originalidad.
En la serie Verano del 98 , la abuela de Benjamín, de Clara, de Cony y de Yoko partió a Buenos Aires desde Costa Esperanza, acompañada por su marido: iba a cuidar a una hermana enferma. Al cabo de un tiempo, el marido volvió a Costa Esperanza, solo. Nunca más se dijo nada de la abuela ni de la hermana enferma. Pero el observador perspicaz, que no cubre de infamia la televisión, supo la verdad: la abuela, sin dejar de serlo, se había convertido en madre italianizada de otra serie del mismo canal, Trillizos . Como los dos programas salen al aire con tres horas apenas de diferencia (este último, a las 19, y Verano del 98 , a las 22), el espectador tiene la oportunidad de adivinar qué ha pasado con la abuela y aun ensimismarse en la duda metafísica, ya que no lógica.
Otra de las criaturas de ficción de Verano del 98 , que había tomado los hábitos monjiles y partido al çfrica en misión de asistencia social, pronto reapareció en la Argentina, ya sin hábitos, transformada en la sobrina de un hombre rico y en la nieta de una especie de mecenas de la infancia desvalida cuyo reino es un granero ( Chiquititas ).
Pero nada iguala lo sucedido con un tercer personaje de Verano del 98. Bruno Beláustegui muere asesinado, unos días después de casarse, por orden de un exitoso villano. Sin embargo, no muere, como le había ocurrido al instigador un tiempo antes. Alguien lo salva y lo alberga en su casa. Ha quedado desfigurado por el ácido y oculta el rostro detrás de unas vendas que apenas le dejan libres la boca y los ojos.
Médico y amante
En un primer momento, Bruno era el mismo actor, después fue sustituido. La razón, casi sobrenatural, es muy simple: Bruno Beláustegui, médico, se había convertido en Sergio Acosta, abogado, para enamorar a Milagros (Mili) en la serie Muñeca brava . Todo al mismo tiempo: a las 13, Sergio vivía su aventura galante, y a las 22, Bruno -ahora con otra voz- sobrevivía a su desventura policíaca, en el sótano de la casa de su abuelo, temeroso de anunciarle a su mujer que no había muerto y que, sin vendas, con su cara de siempre, hacía la corte a una criada.
Estas situaciones hablan en favor de la televisión argentina y la ponen a cubierto del iracundo mensaje de tanto intelectual negativo. Los cambios de personalidades, lejos de insertarse en un discurso lúdicro, nos llevan a pensar en el rescate de la identidad humana -pero también cultural, ideológica, social, filosófica- y en el deber de practicarlo.
No es tan fácil convencer a los libretistas, eternos partidarios de la imaginación, de urdir estos episodios pertenecientes a la realidad ordinaria, ni lo es lograr que actores y actrices se avengan a representarlos, a encarnar tan disímiles personajes sin solución de continuidad, más aún en el caso de Bruno, descarnado por el ácido.
Dimensión tiempo
Pero la televisión argentina no detiene ahí su aporte al tema: como contrapartida al rescate de identidades, y quizá para hacer más patente su trascendencia, se ha empeñado además en la anulación de toda identidad o, si se quiere, en la unificación de las identidades. En ciclos tales como Versus o Teleshow , por citar sólo algunos, las preguntas de los esforzados animadores y las respuestas de los diversos invitados son siempre similares, cuando no análogas.
De más está decir que la televisión argentina tampoco rehúye el examen de los grandes asuntos teóricos, por ejemplo, el que versa sobre el tiempo: Verano del 98 aparece desde un año y medio atrás, lo que significa haber multiplicado por seis la duración de esa etapa de sólo tres meses. Si la serie -que es una ferviente alabanza del bien- continuase hasta el fin de 1999, y si adoptáramos la añagaza de que el siglo termina entonces, este verano de 1998 cesaría con el nuevo siglo y el nuevo milenio, lo que no es poco adelanto. Pero hay la posibilidad de que siga más allá, con la aquiescencia de las ligas de templanza y las organizaciones de solidaridad pública.
Ya hoy, sin duda, es el verano más largo de la historia humana, y tal vez de la prehistoria. Y esto, también, no es poco adelanto, desde todo punto de mira.




