¿Chávez o Capriles?

Mariano Grondona
Mariano Grondona LA NACION
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16 de febrero de 2012  • 03:10

Hasta el domingo pasado , todo iba mal en Venezuela. En 1958 la democracia había renacido con Rómulo Betacourt, pero a lo largo de los años sus sucesores, la Acción Democrática de Carlos Andrés Pérez y el democristiano COPEI de Rafael Caldera, llegaron a cometer uno de los pecados que acechan al bipartidismo: hacerse demasiado amigos entre sí, a un punto tal que la sociedad dejó de verlos como "rivales" y empezó a verlos como "cómplices" de un sistema contaminado por la corrupción. Por eso en 1992, cuando el teniente coronel Hugo Chávez se alzó contra el sistema reinante, si bien su golpe fracasó, al mismo tiempo lo catapultó como un nuevo referente político que terminaría llegando al poder, por elecciones, en 1998.

Desde entonces, Chávez pasó a dominar la vida política venezolana sin una oposición digna de este nombre. En 2002, las fuerzas que lo resistían intentaron un golpe de estado que resultó frustrado. También recurrieron a la abstención electoral en 2005 por falta de garantías, pero todo lo que lograron con esta ingenua actitud fue despoblar el Poder Legislativo. Mientras tanto, Chávez se imponía en una reelección tras otra frente a la impotencia de una oposición fragmentada.

Esta secuencia catastrófica de acontecimientos, ¿se ha interrumpido el domingo pasado? La pregunta es válida porque esta vez los opositores a Chávez, en lugar de dividirse, celebraron elecciones primarias para ungir a uno solo entre ellos. De las elecciones del domingo surgió Henrique Capriles como candidato opositor para las elecciones presidenciales del próximo 7 de octubre. Chávez, como lo hecho sin cesar hasta ahora, será el único candidato oficial pero también le ha ocurrido algo que nunca le había pasado antes: tendrá enfrente a un único rival.

Ya en su papel de candidato de toda la oposición, Capriles suma otras ventajas. Mientras el golpe frustrado de 2002 y la imprudente abstención de 2005 representaban a la Venezuela de un pasado "prechavista", Capriles, que tiene sólo 39 años, anticipa un futuro "poschavista". Tampoco es el nuevo candidato un cerrado "antichavista", ya que promete preservar las conquistas sociales de las que se ufana Chávez. Capriles, en fin, no viene de ocupar simplemente bancas legislativas sino de gobernar el estado de Miranda, uno de los más poblados del país, y tiene, por lo tanto, experiencia ejecutiva.

¿Significa todo esto que, después de décadas en las que le fue "todo mal", Venezuela ha iniciado un nuevo período en el que le irá "todo bien"? Sí entendemos que a Venezuela le irá todo bien sólo si Capriles vence a Chávez en octubre, la respuesta sería dudosa porque, según las encuestas, ambos candidatos compiten cabeza a cabeza. Supongamos entonces que en el peor de los casos, gracias a la enormidad de sus recursos petroleros, Chávez consigue una victoria aunque sea ajustada en octubre. ¿Sería ésta una catástrofe comparable a las que venían ocurriendo? No necesariamente porque, aún en esa hipotética derrota ajustada de la oposición, en Venezuela habrá renacido un sistema bipartidario. Este será un gran adelanto porque el sistema bipartidario no consiste en que un partido gane fatalmente sino en que dos partidos tengan, por su equilibrio de fuerzas, la capacidad de reemplazarse uno al otro según pasan los años.

Gane entonces Chávez o gane Caprile, el 7 de octubre Venezuela podrá contar con la clave del desarrollo político: dos partidos competitivos, y ya no sólo uno, en la cima del poder. Pero si se ve perdido o al menos en peligro, ¿no intentará el presidente venezolano falsificar las próximas elecciones? Ya quiere registrar a los tres millones de venezolanos que votaron en las primarias de la oposición, violando así el secreto del sufragio. Si siguiera por este camino, empero, heriría de muerte su propia legitimidad. Podría concluirse entonces que, después de haberle ido en todo mal, a Venezuela ha empezado a irle bien por lo menos en "algo": la formación de un sistema bipartidario. Habida cuenta de la enorme influencia económica y política que ha tenido el modelo chavista en nuestra región, donde otros líderes de vocación autoritaria también pretenden monopolizar la vida política, nos hallamos por tanto ante una noticia tan importante como alentadora.

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